Una noche, hace muy poco, dos mujeres, una de China y la otra de México, entraron a la terminal de autobuses Greyhound del centro de Tucsón. Se veían perplejas y cansadas, y cada una llevaba una bolsa transparente de plástico y un sobre grande color amarillo, además de algunas pertenencias personales.

No conocían a nadie en la prácticamente vacía sala de espera. Ninguna hablaba inglés.

Pero al cabo de algunos minutos, Vicki Kline y Jean Boucher amablemente recibieron a las dos temerosas mujeres.

Los dos son voluntarios, quienes dan la bienvenida a las personas que salen de las instalaciones del centro de detención de inmigrantes en Eloy, Arizona. Cinco noches a la semana un vehículo del gobierno llega a la estación Greyhound, ubicada en un edificio temporal localizado entre la Interestatal 10 y el Tribunal Federal, y ahí dejan a los inmigrantes ahora en libertad. Se les libera únicamente con las pertenencias que llevaban cuando se les detuvo.

No les entregan nada más, sólo sus documentos de libertad en un sobre manila.

Es por esta razón que algunos voluntarios de Tucsón del Proyecto de Reincorporación (Restoration Project) se han comprometido a ofrecer ayuda y, más importante, una amistosa sonrisa.

“Están libres”, dijo Boucher.

Algunos de los inmigrantes no necesitan o no quieren ayuda, explicaron Boucher y Kline. Pero la mayoría sí.

“Algunas personas no saben cómo utilizar un teléfono o no hablan inglés”, continuó Kline.

El Proyecto de Reincorporación  es un grupo pequeño basado en la fe religiosa que ofrece respiro y hospitalidad a los inmigrantes como María García. Ella fue puesta en libertad por el centro de detención y estaba viendo cómo podía regresar a su casa en la Ciudad de New York. 

A García se le había detenido en Eloy durante dos meses después de haber sido aprehendida por la Patrulla Fronteriza por entrar de forma ilegal a Estados Unidos.

Autoridades de migración pusieron en libertad a García bajo tres mil dólares de fianza. En New York, donde ella ha vivido durante 11 años, se enfrentará a una audiencia judicial para determinar si puede quedarse en el País. García, quien había huído de un esposo violento, comentó que está solicitando asilo como víctima de la violencia doméstica.

Cada inmigrante que llega a la estación Greyhound tiene su propia historia, apuntaron Boucher y Kline.

Boucher comentó que recientemente él conoció a una mujer de California que había estado detenida por un mes. Ella estaba en una fiesta en Fresno. Alguien llamó a la policía y éstos exigieron la identificación de todos los presentes en la fiesta. La joven mujer había vivido casi toda su vida en los Estados Unidos, pero no era ciudadana norteamericana.

La policía de Fresno llamó a los agentes de ICE (Autoridades de Inmigración y Aduanas) y la enviaron a Eloy.

“Cada vez hay más personas de California aquí”, indicó Boucher.

Los inmigrantes que llegan a la estación de autobuses vienen de una gran variedad de países y de todos los continentes, señalaron los voluntarios. Algunos son detenidos por varias semanas y otros por más de un año. Algunas personas cruzaron la frontera sin documentos y otras más son víctimas de la tortura política.

“Nos dicen muy poco, pero lo que nos han dicho sobre su experiencia continúa anonadándome por cómo los tratamos”, reveló Boucher.

En la instalación de Eloy, administrada por la compañía Corrections Corporation of America, cada una de las mil 500 camas está ocupada, dijo Lindsay Marshall, directora ejecutiva de El Proyecto Florence, el cual ofrece servicios legales gratuitos a los inmigrantes detenidos en Eloy y Florence. Y hay mil 500 camas más en otras cuatro instalaciones en Florence. Las personas detenidas ahí son puestas en libertad en Phoenix.

El día en que son puestos en libertad, los inmigrantes pasan horas en espera de sus documentos. García narró que ella esperó casi seis horas en una celda de detención antes de salir de Eloy. Cuando llegó a Tucsón después de las 9 de la noche, lo único que ella había comido desde el desayuno fue un sándwich de jamón y queso y una naranja, explicó.

Boucher y Kline dijeron que ellos y otros voluntarios ayudan a los detenidos en libertad con la motivación de poderles dar otra imagen de los Estados Unidos.

“La gente sólo necesita a alguien que se siente con ellos”, aseguró Boucher, quien tiene planes de entrar a una licenciatura.

Kline, trabajadora social  recientemente llegada de Baltimore, comentó que los voluntarios no pueden borrar la experiencia que los inmigrantes viven desde su detención, aprehensión y puesta en libertad, “pero sí podemos ser acogedores”.

Contacta a Ernesto Portillo Jr. al netopjr@azstarnet.com o al 520-573-4187

Volunteers reach out to migrants in transit

On a recent night, two women, one from China and other from México, walked into the downtown Greyhound bus terminal. They looked bewildered and tired, and each carried a clear plastic bag and a large yellow envelope, plus a few personal belongings.

They knew no one in the near-empty waiting room. Neither spoke English.

But within minutes, Vicki Kline and Jean Boucher gently greeted the two scared women.

The two women are volunteers who welcome immigrants released from the Eloy immigration detention facility. Five nights a week a government vehicle arrives at the Greyhound station, housed in a temporary building squeezed between Interstate 10 and the federal courthouse, and deposits the freed immigrants. They are released with the belongings they had with them when they were detained.

They are given nothing else but their release papers in the envelope.

That’s why a few Tucson volunteers with the Restoration Project have stepped in to offer assistance and, more important, a friendly smile.

“They’re free,” said Boucher.

Some of the immigrants require no assistance or don’t want help, said Boucher and Kline. Most do, however.

“Some people don’t know how to use a phone or don’t speak English,” said Kline.

The Restoration Project is a small, faith-based group which offers respite and hospitality to immigrants like María García. She was released from detention and looking to return to her New York City home.

García had been detained in Eloy for two months after being apprehended by U.S. Border Patrol for illegal entry.

Immigration officials released García on a $3,000 bond. In New York, where she has lived for 11 years, she’ll face judicial hearings to determine if she can remain in the country. García, who had been evading an abusive husband, said she is seeking asylum status as a domestic violence victim.

Each immigrant who arrives at the Greyhound station has their own story, said Boucher and Kline.

Boucher said he recently met a young woman from California, who had been detained for a month. She was at a party in Fresno. Police were called and demanded identification from partygoers. The young woman, who had lived nearly her whole life in the U.S., was not a citizen. Fresno police called Immigration and Custom Enforcement agents and she was sent to Eloy.

“More people coming here are from California,” said Boucher.

The immigrants who arrive at the bus station come from an array of countries and continents, the volunteers said. Some are detained for several weeks and some for more than a year. Some are illegal border crossers and some are victims of political torture.

“They tell us very little, but what they have told us about their experience continues to dumbfound me on how we treat them,” Boucher said.

In the 1,500-bed Eloy facility, operated by Corrections Corporation of America, every bed is filled, said Lindsay Marshall, executive director of The Florence Project, which provides free legal services to immigrants detained in Eloy and Florence. There are another 1,500 beds in four facilities in Florence. Detainees from Florence are released in Phoenix.

The day they are released, detainees spend hours waiting for their paperwork to be completed. García said she spent nearly six hours in a holding cell before leaving Eloy. When she arrived in Tucson after 9 p.m. all she had eaten since breakfast was a ham and cheese sandwich, and an orange, she said.

Boucher and Kline said they and other volunteers are moved to help the freed detainees to give them another view of America.

“People just need somebody to sit with them,” said Boucher who plans to enter graduate school.

Kline, a social worker recently transplanted from Baltimore, said the volunteers can not erase the experience that the immigrants go through, from apprehension, detention and release.

“But we can be welcoming.”