Con Dios y con el diablo

La doble moral de los contrabandistas permite al padre Prisciliano Peraza rogar por la vida o la liberación de alguien, o al menos sacar información
2013-06-08T00:00:00Z 2013-06-08T18:23:41Z Con Dios y con el diabloPerla Trevizo La Estrella De Tucsón Arizona Daily Star
June 08, 2013 12:00 am  • 

Poco después del amanecer, Mercedes Aguilar llega al refugio para inmigrantes en Altar para ayudar a hacer el desayuno. En la entrada, se encuentra a un inmigrante de Durango cubierto de sangre.

La monja le ofrece a José Bolaños un baño y comida caliente, y le limpia las heridas.

"Lo dieron por muerto", dice mientras le limpia la sangre de la cara. "Pero por suerte alguien lo recogió y lo trajo acá".

"¿Te golpearon la cabeza con una piedra?", le pregunta a Bolaños mientras le levanta el cabello oscuro para ver la gravedad de sus heridas.

La mitad de su cara está hinchada, la nariz le está sangrando y tiene varias heridas abiertas en la cabeza.

Pero no quiere decir mucho.

"Es duro", comenta.

Bolaños llegó a Altar hace dos meses y ha tratado de cruzar a Estados Unidos varias veces.

Comenzó a vender paletas para ganar algo de dinero, pero la mafia le exigió dos mil dólares. No pudo pagar.

"Tuvo suerte", dice Aguilar. "Muchas veces se los llevan y nunca se sabe de ellos".

Bolaños dice que rogó por su vida. Aunque está sangriento y golpeado, está feliz.

No lo mataron.

Mucha Negociación

El padre Prisciliano Peraza dedica gran parte de su tiempo a negociar con los cárteles a favor de los migrantes.

Al principio, trataba de acercarse a los capos como cristiano, razonando sobre el bien y mal.

Pero sólo se reían.

Ahora hay un entendimiento de palabra entre él y los cárteles.

Mientras negocian, él enfatiza que no se va a beneficiar de la liberación de los inmigrantes, que sólo quiere mandarlos a su casa.

Les dice que haría lo mismo si fuera el hijo o hermano de ellos.

Le ayuda a negociar si se aproxima un bautismo o primera comunión en la familia de un miembro del cártel. Aunque sean delincuentes, quieren la bendición del sacerdote.

"No quieren salarse", dice Peraza.

Sin embargo, sabe cuándo hablar y cuándo callar.

"Dicen que el pez muere por la boca", comenta mientras señala a las camionetas cargadas de inmigrantes que se dirigen a la frontera, dejando una nube de polvo atrás.

"Es por eso que la gente no habla. Es por eso que no hablamos".

Después de llevar a Bolaños al hospital público para que le hagan puntadas, Peraza quiere hablar con los responsables.

Quiere averiguar si la seguridad del inmigrante se puede negociar o si es hora de que Bolaños se dé por vencido y regrese a casa.

Puntos de cruce designados

Antes, la gente podía cruzarse a Arizona por donde fuera y cuando fuera. Ahora sólo lo pueden hacer por los puntos designados por los cárteles.

Los inmigrantes y residentes de Altar dicen que le temen más a la mafia que a los cuatro mil agentes de la Patrulla Fronteriza que vigilan el Sector de Tucsón.

Peraza estima que al 70 por ciento de los que pasan por la ciudad se les han violado sus derechos humanos de una manera u otra.

Tan pronto como los inmigrantes llegan a Altar, pierden su libertad. Los contrabandistas les dicen a dónde ir, cómo vestirse y cuándo partir.

Algunas de las casas donde los albergan tienen candado por fuera para que los inmigrantes no salgan en busca de otro coyote.

En El Sásabe, Peraza para en una casa de color rosa con un patio delantero grande y cercado.

La gente del pueblo la llama "Big Brother", el nombre del programa de televisión en el que un grupo de extraños viven en una casa y se filma todo lo que hacen.

"Soy el sacerdote del pueblo", les dice a unos 100 inmigrantes que están apeñuscados en el patio, mientras esperan que les instruyan cuándo cruzar.

"He venido a bendecirlos", les dice mientras lo rodean.

Se quita el sombrero de vaquero sosteniéndolo con la mano izquierda mientras que con la derecha les echa la bendición.

"Que Dios esté con ustedes siempre", dice.

"Y con tu espíritu", responde el grupo.

"Que Dios los guíe, mis hijos", les dice, "siempre y cuando no se mueran en el desierto".

Parte de la ciudad

El padre Priscy, como le dicen los lugareños, se ha convertido en parte del pueblo.

Sus fuertes lazos con la comunidad lo han mantenido a él, y a cientos de inmigrantes, vivos. Eso junto con el Blackberry que mantiene sujetado a su cinturón.

En su oficina detrás de la iglesia de Nuestra Señora de Guadalupe están las fotos de los inmigrantes y los niños de Altar, que él considera como sus sobrinos.

No hay una sola casa en el pueblo donde no le ofrezcan una taza de café.

Tiene acceso a lugares donde otras personas no lo tienen, y ha trabajado duro para ganarse esa confianza.

"Si uno sabe que hay un lugar prohibido", dice, "hay que ser muy astuto para aprender cómo llegar ahí".

Lo logró conociendo a cada familia, recordando sus cumpleaños, visitándolos cuando alguien está enfermo y asesorándolos durante los tiempos difíciles.

Puede señalar cada casa que sirve como albergue para los inmigrantes que están en espera de cruzar la frontera, incluso aquellas que no tienen letreros. Conoce los vehículos utilizados por los cárteles.

Peraza se describe a sí mismo como un vaquero y amante de los caballos. Pero desde pequeño sabía que quería ser sacerdote.

Después de la preparatoria, fue a la universidad para estudiar derecho, una carrera muy popular en ese entonces.

Pensó que su llamado al sacerdocio era sólo una fase. Pero siempre lo tenía en mente. Eventualmente abandonó la universidad y entró al seminario.

En su primera asignación como sacerdote en Rayón, un pequeño pueblo cerca de Hermosillo, Peraza vio a los migrantes del sur de México trabajando en los viñedos y campos de calabacitas.

Vio cómo los estafaban, las condiciones deplorables en que vivían, los transportes tan inseguros en que viajaban y cómo los obligaban a trabajar hasta el agotamiento.

"La migración es una forma de esclavitud", comenta.

Empezó a aconsejarlos. Ustedes tienen derechos, les decía. Incluso cuando están lejos de casa.

Contacta a Perla Trevizo en ptrevizo@azstarnet.com o al 573-4213. En Twitter: @Perla_Trevizo.

Shortly after sunup one recent morning, Mercedes Aguilar arrives at the migrant shelter in Altar to help fix breakfast. At the entrance, covered in blood, is a migrant from Durango.

The nun offers José Bolaños a shower and a warm meal, then she starts to clean his wounds.

"They left him for dead," she says as she scrubs dried blood from his face. "But luckily someone picked him up and brought him here."

"Did they hit your head with a rock or something?" she asks Bolaños as she pushes back his dark hair to see the extent of his injuries.

Half of his face is swollen, his nose is bleeding and he has several open cuts on his head.

He won't reveal much.

"It's tough," he says.

Bolaños arrived in Altar two months ago but has failed repeatedly to cross into the United States.

He started selling popsicles to earn some money, but the mafia demanded $2,000. He couldn't pay.

"He's lucky," Aguilar says, "A lot of times they pick them up, and you never see them again."

Bolaños begged for his life, he says, and was spared. Although bloody and bruised, he's happy.

They didn't kill him.

Lots of Negotiation

Peraza spends a good chunk of his time negotiating with the cartels on behalf of migrants.

At first, he tried to approach the drug lords as a Christian, reasoning about what was right and wrong.

They just laughed at him.

Now there's an unwritten agreement between him and the cartels.

While bargaining, he emphasizes that he won't benefit from releasing the migrant: He simply wants to send him or her home.

He tells them he would do the same if it was their son or brother being held captive.

It helps if there's a baptism or first communion coming up involving someone in a cartel member's family. Criminals or not, they want the priest's blessing.

"They don't want to jinx themselves," Peraza says.

Still, he knows when to talk and when to keep quiet.

"They say the fish dies by its mouth," he says as he waves at the vans loaded with migrants heading for the border, plumes of dust behind them.

"That's why people don't talk. That's why we don't talk."

After taking Bolaños to the public hospital to get stitches, Peraza wants to talk with whomever is responsible.

He needs to figure out if the migrant's safety can be negotiated - or if it's time for Bolaños to give up and go home.

Designated crossing points

Before, people would cross into Arizona wherever and whenever. Now they can do so only at points designated by the cartels.

More fear the mafia more than they fear the 4,000 Border Patrol agents guarding the Tucson Sector, immigrants and residents in Altar say.

Peraza estimates that 70 percent of those who cross through town have their human rights violated in one way or another. As soon as migrants arrive in Altar they lose their freedom: Smugglers tell them where to go, how to dress and when to leave.

Some of the boarding houses have locks on the outside to keep would-be crossers from leaving to find another smuggler.

In Sasabe, Peraza stops by a pink house with a large, fenced front patio. Townspeople call it Big Brother, named after the television show in which a bunch of strangers live in a house, their every move caught on camera.

"I'm the town's priest," he tells about 100 migrants crammed in the patio, waiting for instructions on when to cross.

"I came to bless you," he tells them as they gather around.

He takes off his cowboy hat and holds it with his left hand while making the sign of the cross with his right.

"May God be with you, always," he says.

"And with your spirit," the group answers in unison.

"May God guide you, my children," he tells them, "as long as you don't die in the desert."

Part of the town

Padre Priscy, as the locals know him, has become part of this town.

His strong ties to the community have kept him - and hundreds of immigrants - alive. That and the Blackberry smartphone he keeps strapped to his belt.

In his office behind Our Lady of Guadalupe Church are photos of migrants and the children of Altar, which he considers to be like his nieces and nephews.

There's not a household in town where he's not offered a cup of coffee.

He has access to places other people don't, and he's worked hard to win the trust that makes that possible.

"If you know there's a forbidden place," he says, "you have to be very astute to learn how to get there."

He got there by getting to know each family, remembering their birthdays, visiting when someone is sick and counseling them during rough times.

He can point out every boarding house for migrants waiting to cross the border, even those that aren't labeled. He knows the vehicles used by the cartels.

Peraza describes himself as a cowboy and a lover of horses. But he's known since he was a boy that he wanted to be a priest.

After high school, he attended the local university to study law, a popular degree back then.

He thought his calling to the priesthood was just a phase. But it was always in the back of his mind. Eventually he dropped out of college and enrolled in the seminary.

In his first assignment as priest in Rayón, a small town near Hermosillo, Peraza saw migrants from southern Mexico working in the vineyards and squash fields. He watched as they were cheated out of promised pay, housed in deplorable conditions, shuttled to work in dangerous vehicles and forced to work to exhaustion.

"Migration is a form of slavery," he says.

He began to advise them. You have rights, he would tell them. Even when you're far from home.

Contact reporter Perla Trevizo at ptrevizo@azstarnet.com or at 573-4213. On Twitter: @Perla_Trevizo

Segunda de tres partes

Próxima edición

Los números de migrantes ha disminuido pero el riesgo sigue igual

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