De Guatemala a Delaware, toda una vida

2014-07-31T10:30:00Z 2014-08-08T13:41:50Z De Guatemala a Delaware, toda una vidaPor Perla Trevizo La Estrella de Tucsón Arizona Daily Star

Como parte de su cobertura de la llegada de miles de familias centroamericanas a Estados Unidos, la reportera Perla Trevizo quería explorar las razones complejas por las cuales estas mujeres dejan sus países junto con sus hijos pequeños. Trevizo conoció a Karen Soto, una joven madre guatemalteca, en la estación de autobuses Greyhound y la acompañó, a lado del fotógrafo Mike Christy, hasta su destino en Delaware, a más de 3 mil kilómetros de Tucsón...

Delmar Soto salió de su natal Guatemala cuando su hija Karen era sólo una bebé y su hijo Marcony aún no nacía.

Primero intentó salir adelante trabajando en la construcción en México, volviendo a casa sólo para conocer a su hija Karen. Años más tarde, se fue a Estados Unidos antes de que su hijo Marcony cumpliera su primer año de vida.

Delmar estuvo en este país durante la mayor parte de la infancia de sus hijos, cosechando tomates en los campos de Florida y deshuesando pechugas de pollo en las plantas avícolas de Delaware. Quería darles educación a sus hijos, ofrecerles la oportunidad de un mejor futuro.

Pero eso no fue suficiente.

Regresó a su casa, pero con el tiempo sus hijos empezaron a hablar de irse. Marcony todavía era un adolescente cuando perdió la esperanza. El año pasado, a la edad de 17 años, hizo el peligroso recorrido por el desierto de Arizona, se dirigía a la misma planta de pollo en la que Delmar trabajó.

Ahora es el turno de Karen. Pero esta joven de 22 años de edad no viaja sola; a este engañoso viaje trae consigo a su hija Lizeth, de 6 años.

La familia Soto proviene de un pequeño pueblo rodeado de colinas verdes y vegetación, a unos cuantos kilómetros de la frontera con México. Igual que sus vecinos, son agricultores que cultivan principalmente papa y maíz. Si llueve lo suficiente, Delmar puede ganarse unos 200 dólares cada cuatro meses vendiendo sus papas.

Karen y Marcony pasaron su niñez en una pequeña casa de adobe con techo de paja. Como estufa, la familia utilizaba tres piedras con una parrilla encima.

No tenían mucho, pero tampoco las demás familias a las que conocían. Más de la mitad de los 15.5 millones de habitantes de Guatemala vive en la pobreza, y 15 por ciento de ellos llevan a casa menos del equivalente a 1.25 dólares por día. El dinero que envían los migrantes, principalmente desde Estados Unidos, es la principal fuente de ingresos de la nación.

Con Delmar lejos, Karen y Marcony fueron criados básicamente por su madre, quien frecuentemente estaba enferma. Karen recuerda haber visto más de una vez cómo unos hombres bajaban a Verónica en una camilla por la colina en busca del médico más cercano, en una ciudad a más de una hora de distancia.

A los 5 años, Karen se convirtió en la pequeña ayudante de mamá. Mantenía la casa limpia, recogía leña para cocinar y cuidaba a Marcony cuando su mamá estaba muy enferma para hacerlo ella.

Sus muñecas eran de trapo, sus trastecitos de latas de sardinas y piedras huecas. A ella y a las otras niñas de la comunidad les gustaba jugar a ser modelos. No tenían vestidos llamativos ni modernos, pero usaban suéteres amarrados a la cintura.

A casi 5,000 km de distancia, su padre no se enteraba de nada de esto.

No tenía idea de qué les gustaba comer a sus hijos o a qué les gustaba jugar. No sabía nada de sus talentos o de sus sueños.

“Papi”, le preguntaban cuando él los llamaba a una caseta telefónica, “¿cuándo vas a venir?”.

La primera vez que Delmar vino a Estados Unidos fue en 1996, tenía 25 años y dos hijos, justo cuando surgía la inmigración de guatemaltecos. Un acuerdo de paz había puesto fin a la más larga y violenta guerra civil en Centroamérica, que dejó 200 mil muertos y cientos de miles de desplazados. Pero después de años de violencia y de miedo, la economía de Guatemala estaba en las ruinas; el precio del café había caído.

Delmar, como muchos de los hombres de su país, no encontró oportunidades en su tierra.

Salirse no fue la primera opción. Fue la última.

Se fue por cuatro años, primero a Florida y luego a Delaware, donde había oído de plantas avícolas en las que pagaban 8 dólares la hora.

Después de haber estado un año de regreso en casa, volvió a irse a Delaware, esta vez por cinco años.

Las dos veces cruzó por el inhóspito desierto de Arizona, que según sus amigos ofrecía más oportunidad de escabullirse de la migra –le dijeron que los agentes de la Patrulla Fronteriza estaban prácticamente hombro con hombro en ciertas partes de Texas y California.

En 2006 volvió a casa, esta vez para siempre.

“Mis hijos me necesitaban”, dijo. “Querían que estuviera ahí para ellos”.

Al principio, tenía miedo de haber tomado una decisión equivocada. El dinero que había ahorrado se acabó muy pronto.

Pero había logrado sus dos objetivos: que sus dos hijos fueran a la escuela y construir una casa de bloque. La familia se mudó de su comunidad a Tacaná, una ciudad de aproximadamente 80 mil habitantes en el departamento de San Marcos, de donde proviene la mayoría de los inmigrantes de ese país.

Si nunca se hubiera ido, le habría tomado unos 30 años ahorrar para construir su casa de cuatro cuartos. Y no se imagina de qué otra forma hubiera podido conseguir los 3 mil dólares que necesitó para que Karen y Marcony llegaran a la preparatoria.

La educación básica en Guatemala es gratuita, pero la mayoría de los estudiantes de preparatoria tienen que pagar cuotas de inscripción, uniformes, útiles escolares y transporte.

Pero a pesar del sacrificio de su padre, los dos hermanos graduaron frente a un futuro que se avizoraba tan sombrío como el que una vez vio su padre. No hay empleos para los jóvenes, especialmente en educación.

“Por cada puesto en educación”, dijo Marcony, “hay 200 personas compitiendo por él”.

Karen, quien tuvo a su bebé a los 16 años, probó suerte como niñera en Cancún, México, para ayudar al sostenimiento de sus padres y de la niña. Pero eso sólo duró cuatro meses –extrañaba mucho a su hija y lo que ganaba no hacía que valiera la pena estar lejos.

Tres años después, todavía sin trabajo, la desesperación la invadía.

Guatemala tiene uno de los índices de feminicidios más altos del mundo, en muchos de los casos con víctimas que son raptadas, torturadas y mutiladas. Y la violencia había llegado a Tacaná. El cuerpo mutilado de una mujer fue hallado en el bosque. La gente empezó a no salir por las noches.

Entonces, Karen escuchó el rumor: el gobierno de Estados Unidos estaba dando a las mujeres con niños la oportunidad de ir a Estados Unidos.

A diferencia de su hermano, ella no tendría que caminar durante días y noches por el desierto, donde más de dos mil 200 personas han muerto en la última década.

Ella no tendría que huir de los agentes de la Patrulla Fronteriza.

Todo lo que tenía que hacer era pagarle a un pollero para asegurar su viaje por México en un camión hasta llegar a la frontera. Ahí, ella voltearía y se le indicaría el camino.

Si alguna vez habría de irse, este era el momento.

Su travesía

En su camino a una nueva vida en Estados Unidos, Karen llevaba consigo una Biblia azul de bolsillo y dos cambios de ropa para ella y su hija, todo compactado en su bolsa de mano con estampado de cebra. En la bolsa del pantalón llevaba un paquete de chicles en el que anotó con garabatos el número de teléfono de su hermano en Delaware.

Ella y Lizeth se levantaron temprano el 2 de julio para alcanzar el camión de las 8 a.m. que las sacaría de la ciudad.

Sus padres y abuelos las acompañaron en la primera parte a Motozintla, Chiapas, más o menos a una hora.

Ya se habían despedido en Guatemala y habían prometido no llorar.

Resignado, Delmar le pidió a Karen tener cuidado. “Espero que logres todo lo que deseas”, le dijo a su única hija.

Él no quería que se fuera y que se llevara a la niñita que los llama papá y mamá a él y a Verónica. Ellos criaron a Lizeth como si fuera su hija, para que Karen pudiera terminar la preparatoria.

“No entiendo qué pasó”, dijo Delmar, perplejo de que las cosas hubieran tomado este rumbo. “Yo intenté ofrecerles un futuro para que pudieran tener un vida mejor”.

Pero su hijo se había ido, y ahora su hija y su nieta se iban también.

Había fracasado.

“¿Cómo es posible?”, se cuestionaba, “que no pude estar con mis hijos y ahora ellos no pueden estar conmigo?”.

Karen sintió la misma tristeza.

“Se me rompió el corazón”, dijo. “Pero traté de pensar que todo esto sería por algo. Que el sacrificio valdría la pena”.

Muchas veces los migrantes son extorsionados o golpeados, a veces secuestrados o violados a lo largo de un viaje que es controlado por el crimen organizado y por funcionarios corruptos.

Karen tuvo suerte. Dos veces fue interrogada por agentes de migración y de la policía durante su viaje de tres días hacia la frontera, y las dos veces la dejaron ir.

Le había dicho una y otra vez a Lizeth que no hablara con nadie, así que cuando los oficiales subían al camión la niña cerraba los ojos y se hacía la dormida.

La única vez que intentaron presionar a Karen para que admitiera que era de Guatemala, ella insistió en que era mexicana hasta que se dieron por vencidos y la dejaron en paz.

Madre e hija llegaron a Altar, Sonora, alrededor de las 5 a.m. del 5 de julio. Las tiendas de esa ciudad, unos 270 km al suroeste de Tucsón, tienen todo lo que los inmigrantes necesitan para su viaje: calcetines, gorras, mochilas, pantalones camuflados y unas pantunflas hechas ahí que se colocan sobre los zapatos para no dejar huellas.

El contrabandista al que ellas contrataron las llevó a una de las casi 100 pensiones, lugares decadentes donde los migrantes descansan y se dan un baño antes de cruzar la frontera.

Estuvieron en una habitación con cuatro camas –dos personas en cada una. Karen no pudo dormir. No había aire acondicionado y ella no estaba preparada para una temperatura tan alta.

Esa tarde, ella, Lizeth y otras cinco personas fueron llevadas a pie por el desierto mexicano para evadir a las autoridades, y los dejaron a todos en la frontera.

“Nomás sigan caminando”, les dijo el guía. “La Patrulla Fronteriza los encontrará muy pronto”.

Les prometió que sería una caminata de 10 minutos.

Con sólo un galón de agua para ellas dos, el grupo empezó a caminar. Karen no sabía dónde estaban, pero los documentos que le entregó después la Patrulla Fronteriza dicen que estaban cerca de Lukeville.

En cierto momento creyeron escuchar carros cerca. Como les habían dicho, aventaron el celular que el guía les había dado para algún caso de emergencia.

Era falsa alarma. Siguieron caminando. Estaba oscureciendo. Empezaban a cansarse.

“Tengo hambre”, se quejó Lizeth. Desesperados, trataron de bajar unas tunas para comérselas, pero en el desértico suelo sólo cayeron unas demasiado verdes, incomibles. Las que ya estaban maduras se aferraban al cactus.

Con sus 22 años, Karen era la mayor del grupo. Con ella iban cinco adolescentes, una de ellas embarazada y otro de tan sólo 13 años.

Tuvo que hacerse cargo.

“Vamos a buscar el teléfono”, les dijo, “y buscamos un lugar dónde dormir”.

Encontró un sitio que se veía despejado de ramas y cactus e improvisaron un pequeño campamento. Con Lizeth –quien es de la mitad de su estatura- arriba de su pecho, Karen pasó la noche despierta mientras los demás dormían. Si veía un alacrán, víbora de cascabel o una araña de las que le habían advertido, estaría lista.

Segunda parte: "Si te regresan, es el peor fracaso".

Contacta a Perla Trevizo al 573-4210 o en ptrevizo@tucson.com. En Twitter: @Perla_Trevizo.

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