Años antes de que Tucsón fuera distinguida como Ciudad Gastronómica por la UNESCO y de que los gourmets locales descubrieran panes artesanales, y años antes de que el futbol se convirtiera en un deporte popular en esta ciudad, Sabino Gómez dedicó su tiempo y talento a crear delicados panes y pasteles mexicanos y a fundar una de las primeras ligas de futbol amateur de la ciudad. Era esposo, padre, abuelo y hombre de negocios.

Gómez murió el 9 de noviembre de 2017. Tenía 80 años.

Lo veía de vez en cuando en La Fresita, un pequeño restaurante de comida mexicana en West St. Mary’s Road, donde ayudaba detrás del mostrador. Lo saludaba como “Don Sabino”, dándole el título de respeto y admiración.

En enero de 2009, escribí una columna en inglés sobre él que fue publicada en el Arizona Daily Star. Aquí la reproducimos en español.

Sabino Gómez se levanta desde antes del amanecer, amasa y crea todo tipo de formas. Cuando el pan dulce sale del horno de El Rio Bakery, el aroma llena la pequeña panadería del oeste de la ciudad.

Hay moñitos, elotes, los llamados leños, cuernitos, conchas -conocidas en Tucsón como pan de huevo- y birotes.

Por casi 40 años en El Rio, y varios más antes de eso, Gómez ha hecho repostería mexicana y tortillas desde la panadería en el Barrio Hollywood, en North Grande Avenue.

Pero Gómez ha hecho más que sólo producir deliciosos panes, los cuales aprendió a hacer en Jalisco, México. También ha desarrollado a panaderos más jóvenes que mantienen el ritual y el papel que juegan las panaderías mexicanas de Tucsón en nuestra vida cultural y culinaria.

“Él es el máster”, dijo Griselda Villa Vargas, quien junto con su esposo, Guillermo Vargas, compró El Rio a fines del año pasado e invitó a Gómez a continuar con su arte mientras él lo desee.

“Esta es su casa”, dijo Vargas.

Gómez abrió la Panadería El Rio en 1971 en una esquina a un lado de la Iglesia Católica Santa Margarita y frente a Grande Tortilla Factory, por la calle donde se ubica Pat’s Drive In, tres lugares emblemáticos del barrio.

No pasó mucho tiempo antes de que El Rio se convirtiera en un ícono del barrio.

Por supuesto, el trabajo no fue fácil. Pero Gómez encontró la forma de hacerlo.

“Me encanta hornear. Es difícil, pero hay algo especial en crear pan”, dijo Gómez, quien llegó a Tucsón a principios de los años sesenta, cuando tenía 24 años. Aprendió a hornear siendo joven y trabajó como panadero en Cananea, Sonora, antes de venir a Tucsón.

Encontró trabajo en Lujan’s Bakery, que estaba en South Fourth Avenue. Pero su carrera como panadero casi se descarrila al poco tiempo de haberse instalado en Tucsón: Fue deportado a México.

Vivió en Nogales y trabajó en una panadería. En 1965, Gómez, quien después se hizo ciudadano norteamericano, regresó a Tucsón con el permiso de trabajo y volvió a Lujan’s.

Esa era una de las varias panaderías mexicanas reconocidas de la ciudad.

Otras eran Ronquillo’s Bakery, en la Placita de la Mesilla en el centro y después en South Fourth Avenue. La Cave’s Bakery, en South Sixth Avenue, cerca de 22nd Street, y Urrea Bakery, que estaba en South 10th Avenue.

Cuando Gómez abrió su negocio, tenía una fuerte competencia, pero puso su sello personal a su repostería mexicana.

Su huella iba más allá de las conchas y los cuernos.

A mediados de la década de los sesenta, Gómez -aficionado al futbol desde que lo jugaba cuando era joven- y varios otros fanáticos formaron una de las primeras ligas de futbol en Tucsón. A finales de esa década se creó una liga de equipos múltiples entre inmigrantes y estudiantes extranjeros de la Universidad de Arizona que jugaban cada semana en Menlo Park.

Con una gorra blanca de las Chivas del Guadalajara, su equipo favorito, Gómez dijo que hornear es su vida, pero jugar futbol era su sueño. Sin embargo, fue sobre la levadura y la harina donde Gómez construyó su reputación.

La más conocida de las otras panaderías inspiradas por él es La Estrella Bakery, en South 12th Avenue y West Nebraska. Es propiedad de un sobrino suyo que aprendió el arte con Gómez. Pero hay varias más.

“Me hace sentir orgulloso”, dijo Gómez refiriéndose a los panaderos mexicanos que fueron sus aprendices.

Gómez continúa como maestro.

En 1999, aceptó una oferta para vender El Rio. Pero recuperó esa panadería cuando el comprador dejó de hacer los pagos.

Luego, en noviembre, Gómez vendió la panadería a los Vargas, que están ampliando el negocio para incluir un pequeño restaurante. Los nuevos dueños le pidieron que se quedara a transmitir su conocimiento.

“Tenía que volver”, dijo. “Eso me ejercita”.

Ernesto “Neto” Portillo Jr. es editor de La Estrella de Tucsón. Contáctalo en netopjr@tucson.com o al 573-4187.