Rosa Lucatero y Rubén Verduzco saben que son personas bendecidas. Ha pasado un año desde que este matrimonio abrió su restaurante Carnitas La Yoca, en South Six Avenue, frente al Hospital de los Veteranos.

Su restaurante, en el que se sirve comida de su estado natal, Michoacán, es resultado de la perseverancia y el azar.

“En parte ha sido suerte, pero nosotros hemos trabajado duro”, dijo Verduzco, de 36 años.

Para la pareja, ha sido casi un milagro.

Vinieron a este país sin autorización legal. Su segundo hijo tiene autismo, Verduzco perdió su empleo en la construcción. Los códigos de construcción de la ciudad y las regulaciones del condado en salud fueron una telaraña de confusión cuando se preparaban para abrir el restaurante.

Y Verduzco pasó casi un mes en un centro de detención de migrantes.

El que hayan logrado cumplir sus metas y resolver sus problemas es un testimonio de la fortaleza y resistencia de la pareja. No se echaron para atrás. Se sentían motivados porque querían una mejor vida para ellos mismos y para sus dos hijos, Kevin y Richard.

Ahora ambos tienen un estatus legal. Su hijo está superando las expectativas que todos tenían de él y asiste a clases regulares. Y su restaurante –el cual abrieron en el Día de los Santos Reyes, el 6 de enero del 2016- ha sido exitoso. A los comensales les gustan las carnitas de puerco y de buche.

Incluso escoger el nombre del restaurante fue un poco cuestión del azar. Verduzco fue a las oficinas de la ciudad para registrar el nombre que había elegido inicialmente: Carnitas Santa Ana, como se llama el lugar de donde es originario. Pero el nombre ya estaba registrado. Y en un momento de creatividad, Verduzo decidió ponerle La Yoca, que es el sobrenombre de su hermano.

Su aventura empezó mucho antes. Verduzco trabajó junto a su padre, quien vendía carnitas. Lucatero trabajó haciendo tortillas de maíz. Ellos se conocieron siendo adolescentes, y él quedó flechado. Tanto, que cuando los papás de Lucatero la enviaron a California, él la siguió a Santa Bárbara.

Para poder costearse la vida en esa lujosa ciudad costera ambos tenían dos empleos. Pero no lograban salir adelante.

La pareja dejó California para venirse a Tucsón en busca de un lugar menos caro y con más oportunidades. Llegaron hace 10 años en un Honda Accord ’91 con Kevin, su primer hijo, su ropa, una televisión y sus sueños.

Ella consiguió un trabajo limpiando habitaciones de hotel. Él trabajaba en la construcción. La vida era mejor.

Rentaron una casa de una recámara y después ella quedó embarazada de su segundo hijo. Pero a principios del 2008, el mismo día en que ella dejó de trabajar para tener al niño, Verduzco perdió su empleo en un recorte a causa de la recesión económica.

Ella volvió a trabajar tan pronto como pudo, pero su sueldo no era suficiente. Como a mediados de año, un amigo sugirió que Verduzco vendiera carnitas afuera de su casa. A Verduzco le daba vergüenza, pero la verdad es que su comida y las tortillas de su esposa eran un éxito.

Él empezó a cocinar y a hacer comida para fiestas de amigos y también de desconocidos. Pero eso terminó cuando Verduzco fue descubierto por un inspector de la ciudad que canceló la cocina de su casa.

Sin embargo, el inspector hizo algo valioso: le sugirió a Verduzco comprar una carreta de comida y le explicó cómo obtener los permisos.

Estacionaron su carreta de carnitas en la intersección de East Ajo Way y South Country Club Road, y una creciente legión de clientes los siguió. Después llegó el diagnóstico de autismo de Richard. Una vez más, ellos buscaron respuestas y ayuda y lo llevaron a terapia.

Nada era sencillo para esta pareja mientras trabajaban y cuidaban a sus hijos. Algunos días tenían ganas de tirar la toalla, pero esa no era una opción.

Entonces, llegó el 10 de octubre de 2010. A una cuadra del lugar donde después abrirían su restaurante, dos agentes de la Patrulla Fronteriza detuvieron a Verduzco mientras manejaba. Él dice que no cometió ninguna infracción. Eso fue unos meses después de que se aprobara la ley SB 1070.

Verduzco fue llevado a un centro de detención en donde permaneció por 28 días hasta que su familia y amigos pudieron sacarlo bajo fianza.

Mientras arreglaban su situación migratoria, la pareja se enfocó en abrir su restaurante. Con dinero que habían ahorrado más lo que su familia les envió de Michoacán, se hicieron de lo que antes fue Maria’s Café, en el 3530 S. Sixth Ave.

Aun cuando pareciera que han alcanzado sus sueños, les queda uno pendiente: Volver algún día a Michoacán para visitar a su familia.

Ernesto “Neto” Portillo Jr. es editor de La Estrella de Tucsón. Contáctalo en netopjr@tucson.com o al 573-4187.