Kelly Presnell / LA EStrella de Tucsón Dominic Bourland y el resto del mariachi Los Changuitos Feos le cantan al público que arriba al Homenaje: La Vida de Lalo Guerrero, tributo que se realizó en el Fox Theatre, en Tucsón, el 3 de marzo de 2006.

Jim Davis / La Estrella de Tucsón En la época de los copetes altos, Los Changuitos Feos en foto de 1985.

Bruce McClelland / La Estrella de Tucsón Hace 18 años, Los Changos de 1996 antes de viajar a Washington D.C. por la toma de protesta.

H. Darr Beiser / Tucson Citizen Los Changuitos Feos setenteros. Foto de 1977.

Por Kathy Allen

La Estrella de Tucsón

Era el año 1964. David Ruiz tenía unos 12 años y tocaba la trompeta como ninguno. Se había ganado un lugar en una banda local de jóvenes, pero se salió.

“Intenté acoplarme, pero en ese tiempo mi percepción era que yo era moreno y ellos no; ‘no soy parte de ese clan’”.

Un día, su mamá, Mary Ruiz, le habló de un mariachi juvenil que se estaba creando. Lo motivó a buscar más información. Ruiz se dirigió al sótano de la antigua Iglesia de Todos los Santos en South Sixth Avenue.

“Ahí fue donde conocí al Padre Rourke”, dice Ruiz, ahora médico y maestro universitario en Vancouver, Washington.

El Padre Charles Rourke, quien murió en 1993, era músico jazzista antes de convertirse en sacerdote. Era joven, progresista y con mucha energía.

Un día escuchó la presentación de un mariachi. Quedó atrapado.

“El Padre dijo: ‘Oigan, esta es una muy buena forma de ayudar a los niños a apreciar su herencia hispana’”, recordó Gilberto Vélez, quien se unió a Ruiz y a otros cuatro muchachos en el sótano de la iglesia.

“Cuatro de nosotros estábamos en primaria, dos en prepa”, dijo Vélez, quien ahora tiene 64 años y es director del mariachi de la Escuela de Música de la Universidad de Arizona.

Pronto, el grupo fue bautizado como Los Changuitos Feos y se convirtió en embajador musical de Tucsón, el cual ayudó a fomentar el movimiento de la música de mariachi en Estados Unidos.

“En nuestra primera presentación teníamos seis guitarras, una trompeta y tocamos en un picnic de la iglesia”, dice Vélez. “Nos sabíamos seis canciones, y cuando terminamos de tocarlas, la gente quería más. Así es que repetimos las mismas seis canciones una y otra vez”.

“Nos estábamos reconectando con nuestra cultura”, dice Ruiz, de 63 años. “Éramos una fuente de orgullo para la comunidad latina, y eso significaba cierta responsabilidad que todos nosotros llevábamos”.

En dos años, Los Changuitos Feos ya había creado una reputación. El grupo viajó a Guadalajara, a la Ciudad de México, a Chicago, Washington, y se presentó en el desfile por la toma de protesta de Richard Nixon en 1968, promoviendo la música de mariachi.

La universidad

de Los Changos

Conforme crecía la reputación del mariachi llegaban las propuestas para presentaciones, presentaciones pagadas.

El grupo, que había creado un consejo directivo compuesto por padres de familia y miembros de la comunidad chicana, estableció un programa de becas. Una porción de lo recaudado era para viajar, comprar los uniformes y otros gastos, y otra porción se destinaba al programa escolar.

Los integrantes del grupo que habían tocado en el mariachi por lo menos durante dos años, que mantenían una B de promedio escolar y que fueron a la universidad inmediatamente después de la preparatoria recibían fondos económicos para sus estudios.

Ese dinero le ayudó a Ruiz a asistir a Stanford y a Vélez a la Universidad de Arizona.

En la última década se han otorgado más de 500 mil dólares en becas.

Las olas

Para muchos de los ex Changos la música nunca se ha detenido.

Vélez fue uno de los miembros originales del profesional Mariachi Cobre, que surgió de los Changos. Después de 10 años, lo dejó y fundó el Mariachi América, el cual tocaba en El Mariachi Restaurante y Cantina, propiedad del mismo Vélez hasta que fue cerrado en el año 2001. Actualmente, además de enseñar la música de mariachi en la UA, es director del Mariachi Apache de Nogales High School.

“Con los Changos nos ganamos el respeto de los anglosajones hacia la cultura mexicana, y ganamos el respeto de los mexicanos hacia los mexicoamericanos”, dice Vélez.

Ruiz tocó la trompeta con la banda de música de la Universidad Stanford, y la sigue tocando –está en un pequeño conjunto de jazz que se presenta alrededor del área de Vancouver, Washington. Lo que este egresado de la Escuela de Medicina de la Universidad de Washington aprendió en los Changos le da forma a su trabajo, dice.

“Hasta ahora, cuando hablo con los residentes y doy clase, me refiero a la medicina como una presentación artística –tienes que conocer la ciencia, pero se trata también de relacionarte con la gente. Mi primer entrenamiento sobre eso fue en Los Changuitos”.

Jeff Nevin, quien se unió al grupo en 1984, nunca antes había pensado en una carrera musical, pero después obtuvo un doctorado en teoría de la música. Sigue tocando de forma profesional, además de supervisar la Fundación de Becas del Mariachi para alumnos de preparatoria de San Diego, y da clases de música de mariachi en el Colegio Southwestern en Chula Vista, California.

“Todo esto, los títulos académicos, el estudiar música, todas estas cosas locas que he hecho, todo se remonta a ese grupo”, dice Nevin, quien ahora tiene 45 años. “Lo que tenemos aquí en San Diego, todo nos remite a Los Changos”.

Salvador Gallegos, de 41 años, no era precisamente bien versado en la música de mariachi cuando se incorporó a los Changos en 1988. Luego entró a estudiar música en la universidad. Ahora es el director musical de los Changos, encabeza el programa en la preparatoria Desert View, dirige al profesional Mariachi Sonido de México y toca con sus hermanos en Los Gallegos.

“Los Changuitos Feos promueve la cultura de los músicos”, dice Gallegos. “Es un lugar donde los estudiantes pueden superarse y salir adelante en la vida”.

Samantha Romero Gastellum tocó con los Changos por cinco años a partir del 2002, entonces cursaba el 8vo grado. Esta violinista de ahora 26 años recibió ayuda del fondo de becas para sus estudios universitarios. Ahora ella enseña mariachi en el Distrito Escolar del Condado Clark en Las Vegas, Nevada.

“Eso de verdad cambió mi vida entera”, dice Gastellum acerca de su experiencia en los Changos. “Ser parte de algo que es histórico para Tucsón y para la música de mariachi fue muy emocionante para mí… Ahora yo enseño música todos los días, y todo inició con los Changos”.

El ritmo sigue ahí

Actualmente, Los Changuitos tiene 14 integrantes de diferentes escuelas de Tucsón. Es un programa por el que luchan padres y alumnos por igual.

DeeDee Guzmán reconoce que el compromiso para los papás es casi tan profundo como lo es para los alumnos. Ella lleva a su hija Andrea a los ensayos de los Changos por lo menos dos veces por semana, además de las presentaciones.

“Una de las cosas que hace este programa es enseñar responsabilidad y disciplina a estos niños”, dice.

Andrea, de 15 años y quien cursa el segundo año de preparatoria en San Miguel High School, empezó con los Changos cuando iba en 5to grado.

“Tienes que trabajar mucho en conjunto”, dice la joven violincista, quien practica aproximadamente dos horas diarias y pasa unas ocho horas a la semana con los Changos.

La música de mariachi, dice, “le habla a mis raíces… Uno siente que puede tocar con mucho más sentimiento porque sabes lo que estás cantando, sabes qué es lo que el compositor intenta decir”.

Ella ha forjado amistades profundas con los demás miembros del mariachi, pero también hay grandes lecciones que ha aprendido, dice.

“Tienes que poder comunicarte, y trabajar en conjunto con otros, y ver cómo aprenden ellos”, dice. “A mí me ha enseñado mucho sobre responsabilidad y la administración de mi tiempo”.

Los Changos tocan en la misa de las 8 a.m. en la Catedral San Agustín cada tercer domingo del mes. La mayoría de los fines de semana tienen al menos una presentación.

“Tienen más de 150 conciertos al mes”, dice Alex García, de 29 años, integrante voluntario del consejo directivo. Este oficial de la policía de Tucsón, quien perteneció a otro programa juvenil de mariachi, toca la trompeta y el guitarrón, y su tiempo libre lo dedica a la música y a la educación musical.

“A mí me parece muy importante la música de mariachi aquí en Tucsón”, dice. “No sólo como una idea, sino como un programa al que los estudiantes pueden asistir y aprender lo suficiente y de forma correcta para tener un futuro en la música. Changos es un buen programa para ello”.



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