'Mi misión está por encima de todo, incluso del miedo': Peraza

El padre Prisciliano Peraza predica en medio de la triste realidad del pueblo de Altar, la de un territorio ultrajado y controlado por cárteles de droga
2013-06-02T00:00:00Z 2013-06-02T03:19:25Z 'Mi misión está por encima de todo, incluso del miedo': PerazaPerla Trevizo La Estrella De Tucsón Arizona Daily Star
June 02, 2013 12:00 am  • 

ALTAR, Sonora - En Altar, no hay cómo separar las drogas ilícitas de la inmigración ilegal.

El pueblo pequeño ganadero a unas 170 millas al suroeste de Tucsón se convirtió en un centro para el tráfico de personas a finales de los noventas y principios del siglo 21.

Las familias del pueblo que conocían bien el área les cobraban a los inmigrantes para guiarlos por el desierto. Si alguien no podía mantener el ritmo, uno de los guías se quedaba atrás para ayudarlo.

Todo eso cambió en el 2004, cuando los cárteles de droga vieron que podían ganar más dinero y tomaron el control.

Menos personas cruzan ahora, pero los que lo hacen enfrentan mayores riesgos.

No pueden hacer nada sin el consentimiento del cártel. Pueden estar en cautiverio si no satisfacen las demandas de más dinero de los contrabandistas. Si se quedan atrás durante la travesía, los abandonan para que se mueran en el desierto.

Prisciliano Peraza, el sacerdote del pueblo, es el enlace entre los dos mundos.

En el pueblo pequeño de Rayón, donde antes hacía ministerio, dijo que una confesión típica consistía en que alguien se arrepintiera por quedarse con un ternero que se hubiera metido a su propiedad. "Eso fue hace 10 años", dijo el confesor con un sentimiento de culpabilidad, "pero todavía me molesta".

En Altar, las mujeres le piden a Peraza que oficie misa por sus maridos o hijos que han sido asesinados por los cárteles.

Le suplican que les ayude a encontrar a sus seres queridos que han desaparecido.

Entre los bautismos de bebés y las visitas de las personas confinadas al hogar, Peraza aconseja a los que quieren cruzar la frontera sobre los peligros del desierto.

Él negocia con los cárteles para que liberen a los inmigrantes que han sido extorsionados o secuestrados.

Cuando los forasteros ven a un obrero cansado al lado de una camioneta descompuesta, Peraza realmente ve a un traficante de drogas observando quién va y quién viene.

Todas las personas del pueblo, ya sean buenas o malas, son sus feligreses. Y en la cara de todo inmigrante ve el rostro doliente de Jesucristo.

Su desafío más grande y su sueño mayor es lograr que los migrantes sean tratados con dignidad.

La madre de Peraza, quien vive en la ciudad vecina de Caborca, le pregunta por qué hace lo que hace, por qué se pone en peligro todos los días.

"Pero ella sabe que mi misión es servir, y que mi misión está por encima de todo", comentó. "Incluso del miedo".

Puesto de control militar

Al volante de su Ford F-150 de doble cabina, el sacerdote fornido de 45 años parece un ganadero cualquiera del área. Se detiene en un puesto de control militar en camino a la ciudad fronteriza de El Sásabe, el sitio donde los inmigrantes realizan sus últimos preparativos antes de cruzar.

"Soy el sacerdote del pueblo", le dice a un soldado joven vestido con camuflaje del desierto. "¿Cómo van las cosas?".

El soldado lo mira de pies a cabeza, con su sombrero de vaquero, botas, gafas de sol Ray-Ban con marco dorado y sin cuello clerical. Le señala que siga.

"Si no regreso en dos horas", le dice bromeando, "ven a buscarme".

Él bromea mucho, pero hay una dura realidad, la región está totalmente controlada por los cárteles.

Durante la época más violenta de Altar, cuando las pandillas competían por las rutas de droga e inmigración, era común que se encontraran cuerpos en las afueras del pueblo.

Aún ahora, cada semana hay secuestros en la región.

Sólo hay dos rutas de Altar a El Sásabe, cada una controlada por un grupo diferente del Cártel de Sinaloa, que se ha cobrado la mayoría de los corredores de drogas entre México y Arizona, incluyendo la Nación Tohono O'odham y la ruta a Nogales.

Hoy Peraza lleva visitantes a ver La Ruta de las Misiones.

A medio camino baja la velocidad. "Quédense callados", les advierte a los pasajeros. "Digan que 'sí' cuando yo lo haga".

Se detiene junto a una camioneta con el capó abierto y pregunta si todo está bien.

"Se sobrecalentó, y se murió la batería," le dice un hombre.

Peraza no tiene cables para batería. Pero dice que cuando se encuentra a alguien en el camino, les manda ayuda.

Los hombres se despiden y Peraza continúa.

Esa camioneta estaba bien, cuenta Peraza. El hombre es un halcón, un vigilante del cártel pendiente de quién entra y sale de El Sásabe.

El negocio está lento hoy debido a la presencia de la policía estatal y de militares. Unos días antes, las autoridades confiscaron más de una tonelada de marihuana al sureste del pueblo, pero no hubo arrestos, según el periódico El Imparcial.

Los inmigrantes viajan por el otro camino, uno con baches pero más corto de 60 millas que va directo a la frontera.

Pagan 10 dólares para que una furgoneta los lleve desde Altar. Pero para poder pasar por El Sásabe, también le tienen que pagar a la mafia entre 200 y 500 dólares, dependiendo de dónde son.

Eso es además de lo que le pagan al contrabandista, que son unos 3 mil 500 dólares en promedio, pero puede incluir más de un intento para de cruzar.

Debido a que el negocio está lento, han reducido el precio a 2 mil 500 dólares.

"Son muy generosos", dice Peraza irónicamente.

Aunque los inmigrantes reúnan suficiente dinero, enfrentan la amenaza constante del secuestro, extorsión y violación.

A menudo, las mujeres comienzan su viaje abasteciéndose con anticonceptivos para prevenir el embarazo en caso de que haya un ataque.

Un 12 por ciento de los migrantes encuestados en un reciente estudio que realizó la Universidad de Arizona dijo que bandidos le robaron durante su última travesía.

Un 7 por ciento dijo que había sido secuestrado, casi la mitad de ellos por su coyote o guía.

Pero a veces, quedarse en Altar es tan peligroso como irse.

Contacta a la reportera Perla Trevizo en ptrevizo@azstarnet.com o en el 573-4213. En Twitter: @Perla_Trevizo.

ALTAR, Sonora - Illegal drugs. Illegal migration. In Altar, there's no separating the two.

The small cattle-ranching town about 170 miles southwest of Tucson became a hotbed for human smuggling in the late 1990s and early 2000s. Town families who knew the land well would lead migrants through the desert for a fee. If someone couldn't keep up, a guide would stay behind to help.

That all changed by 2004, when the drug cartels saw the money-making potential and took over. Fewer people cross now, but those who do face greater risks.

They can't make a move without the cartel's blessing. They may be held captive if they can't meet smugglers' demands for more money. If they fall behind during the journey, they're left to die in the desert.

Prisciliano Peraza, the town's priest, is the bridge between the two worlds.

In the small town of Rayón, where he used to minister, a typical confession was from someone feeling bad about keeping a calf that had wandered onto his property. "It happened 10 years ago," the guilt-ridden confessor would say, "but it's still bothering me."

In Altar, women ask Peraza to say Mass for their husbands or sons who have been killed by the cartels. They beg him to help find their loved ones who have been taken and never heard from again.

Between baptizing babies and visiting shut-ins, Peraza counsels would-be border crossers on the dangers that await them.

He negotiates with cartels to release migrants who are extorted or kidnapped.

Where outsiders see a tired laborer beside a broken-down truck, Peraza sees a drug smuggler watching who is coming and going.

Every person, good or bad, in this small town is his parishioner. But on every migrant he sees the face of the suffering Jesus Christ.

His biggest challenge - his biggest dream - is to reach a point where migrants are at last treated with dignity.

Peraza's mother, who lives in neighboring Caborca, asks him why he does what he does, why he puts himself in danger every day.

"But she knows my mission is to serve, and my mission is above anything else," he says. "Even fear."

Military Checkpoint

Behind the wheel of his dual-cab Ford F-150, the stocky, 45-year-old priest looks like any rancher in the area as he stops at a military checkpoint on his way to the border town of Sasabe - the final staging area for migrants.

"I'm the town's priest," he tells a young soldier in desert camouflage. "How are things going?"

The soldier looks him over - cowboy hat, boots and gold-framed Ray-Ban sunglasses but no clerical collar- and waves him through.

"If I don't come back in two hours," he jokes, "go look for me."

He kids around a lot, but a hard truth is always present: The region is fully controlled by the cartels.

During Altar's most violent days, when gangs competed for drug and migration routes, it was common to find bodies in the town's outskirts. Even now, kidnappings in the region happen every week.

There are only two routes from Altar to Sasabe - each one controlled by a different group of the Sinaloa Cartel, which has claimed most of the drug corridors between Mexico and Arizona, including the Tohono O'odham Nation and the Nogales route.

Today, Peraza takes visitors to see La Ruta de las Misiones, or the missions' route.

Halfway there, he slows down. Stay quiet, he warns his passengers. Say 'yes' when I do.

He stops next to a pickup truck with its hood open and asks if everything is OK.

"It was overheating, and the battery died," a man tells him.

Peraza has no battery cables. But if he runs into anyone on the road, he says, he'll send help.

The men wave at each other and Peraza drives on.

That truck was fine, Peraza confides. The man is a falcon, a lookout appointed by the cartel to keep track of who comes to Sasabe, and who leaves.

Business is slow today because of a military and state police presence. A few days earlier authorities confiscated more than a ton of marijuana southeast of town, but no one was arrested, the newspaper El Imparcial reported.

Migrants travel the other road, a bumpier but shorter 60-mile ride straight to the border. They pay $10 for a van drive from Altar. But in order to pass through Sasabe, they also have to pay the mafia - as the cartels are known - $200 to $500, depending where they are from. That's in addition to several thousand dollars for the smuggler's fee, which averages about $3,500 but might include more than one attempt to cross.

Because business is slow, they've dropped the price to $2,500.

"They are very generous," Peraza says wryly.

Even if they come up with the money, migrants face the constant threat of kidnapping, extortion and rape. Women often start their journey by stocking up on birth control to prevent pregnancy in case of an attack.

Twelve percent of migrants surveyed in a recent University of Arizona study said they were robbed by bandits during their last crossing. Seven percent said they had been kidnapped - almost half of them by their coyote or guide.

But sometimes, staying in Altar is as dangerous as leaving.

Contact reporter Perla Trevizo at ptrevizo@azstarnet.com or at 573-4213. On Twitter: @Perla_Trevizo

Primera de tres partes

Próxima edición

El padre Peraza revela por qué

se hizo sarcedote.

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