Recordando al soldado Quesney

2013-09-20T00:00:00Z 2013-09-20T08:14:50Z Recordando al soldado QuesneyBy Ernesto Portillo Jr. La Estrella De Tucsón Arizona Daily Star

El 16 de septiembre se cumplieron 45 años desde que José Manuel Quesney, cabo del Ejército, murió en combate en Vietnam.

Y aún corren las lágrimas de José B. Quesney, su padre, y de Mary Helen Aguilar, su hermana.

“Lo extraño todos los días” dijo Aguilar con una voz que se le iba apagando.

La semana pasada me senté en el comedor de la casa del viejo Quesney, ubicada cerca del Centro Comunitario El Pueblo. Aguilar sacó una carpeta grande de color verde. Sus páginas con cubiertas de plástico guardan recuerdos de Quesney, de antes y después de su muerte en 1968. La familia se estaba preparando para la celebración de su vida y su memoria en el South Lawn Memorial Cemetery por South Park Avenue el domingo 15.

En el álbum había fotos del joven Quesney en la escuela –en la primaria Elizabeth Borton, la secundaria Utterback y la preparatoria Pueblo-, en la Iglesia Católica Santa Cruz, donde fue monaguillo, en días de campo en Mount Lemmon y Patagonia, y en la Universidad de Arizona, a la que asistió durante un año después de terminar la prepa, en 1966.

“Quería ser arquitecto”, dijo su hermana.

Pero su papá, quien era carpintero, no podía pagar por la universidad. Así es que Quesney se hizo voluntario, con la esperanza de poder estudiar la carrera apoyado en las prestaciones militares una vez que terminara su servicio.

Cinco meses después de que llegó a Vietnam con la División de Paracaidistas 101, Quesney, quien ya había sido herido dos veces en acción, murió en un tiroteo en el campo de batalla. Tenía 21 años.

“Él quería ir a la escuela. Pero éramos tan pobres”, dijo el papá de Quesney, de 90 años, tratando de contener las lágrimas. Frotaba sus manos sobre la mesa como si estuviese frotando una lámpara mágica, deseando que su hijo entrara caminando por la puerta de su casa.

El álbum contiene cartas de condolencias escritas por generales de Washington y por políticos de Arizona. La directora de su preparatoria, Florence Reynolds, también le escribió a la familia, como lo hizo Claudio Jiménez, un locutor de radio en español de la KXEW Radio Fiesta, quien no conoció a Quesney, pero quedó conmovido con su muerte.

La familia ha celebrado servicios en su memoria cada 10 años desde su muerte. El último fue hace cinco años. Pero decidieron realizar otra celebración debido a que la salud del señor Quesney se ha deteriorado.

En la celebración, veteranos que no conocieron a Quesney hicieron una presentación. Un capellán dio la bendición y Aguilar, su hija Marisela Aguilar y otros miembros de la familia ofrecieron unas palabras. Se leyeron algunos nombres de tucsonenses muertos en Vietnam, entre ellos los hermanos Frank y Rubén Montaño, quienes crecieron en el viejo barrio de Quesney, cerca de South Euclid Avenue con East 33rd Street.

Un estuche donde se exhibían las medallas de Quesney, incluyendo tres Corazones Púrpura y dos Estrellas de Bronce, mismas que se entregan en reconocimiento al valor, estaban en su tumba. En el álbum de recuerdos de la familia, una carta del Ejército citaba la valentía de Quesney en un salvamento en mayo, la primera vez que resultó herido, cuando su pelotón fue atacado.

“Salvó al líder de su pelotón y a muchos de sus compañeros”, dijo Aguilar. “Era muy valiente”.

Y agregó que también era un buen hermano e hijo. Le gustaba jugar beisbol y la carrera a campo traviesa. Tocaba la guitarra y les llevaba serenata a los de su familia con boleros mexicanos como de Javier Solís y canciones de Los Apson, el grupo de Agua Prieta, Sonora, tan de moda en esos años.

“Es por esto que sentimos que él se merece esta ceremonia”.

Cuando decidió abandonar la universidad, Quesney no se lo dijo a su familia hasta que ya se había alistado en el servicio. Su aviso para que se reportara a la base el 18 de octubre de 1967, en el 129 S. Scott Avenue del centro de Tucsón, está en el palidecido álbum de recuerdos.

“Lo que pasó, pasó”, dijo el señor Quesney. “¿Qué podemos decir?”.

Antes de que Quesney viera a su familia por última vez, estuvo en su casa por un permiso de dos semanas después del entrenamiento aéreo. Se pasó casi todo el tiempo en su cuarto, dijo Aguilar. El último día llegaron familiares y amigos a la casa para despedirse de él.

Su papá, su hermana y su mamá, Lolita Quesney, quien falleció en el 2004, lo llevaron al aeropuerto. Mientras su soldado héroe caminaba hacia el avión, volteó a verlos.

“Fue una mirada triste”, dijo Aguilar. “Él lo sabía”.

ENGLISH

Forty-five years ago Monday, Sept. 16, José Manuel Quesney, an Army corporal, died in battle in Vietnam.

And the tears still flow for José B. Quesney, his father, and Mary Helen Aguilar, his sister.

“I miss him every day,” Aguilar said as her voice trailed off.

Last week I sat in the elder Quesney’s dining room in his home near El Pueblo Neighborhood Center. Aguilar brought out a large, green binder. Its plastic-covered pages held memories of Quesney, before and after his death in 1968. The family was preparing for a celebration of his memory and life at South Lawn Memorial Cemetery.

In the memory book there were photos of young Quesney at school — Elizabeth Borton Elementary, Utterback Junior and Pueblo High; at Santa Cruz Catholic Church, where he was an altar boy; at picnics on Mount Lemmon and at Patagonia; and at the University of Arizona, which he attended for one year after graduating from high school in 1966.

“He wanted to be an architect,” said his sister.

But his father, who was a carpenter, couldn’t afford the tuition. So Quesney volunteered, hoping he would attend college through his military benefits after his service.

Five months after he arrived in Vietnam with the 101st Airborne Division, Quesney, who had been wounded twice while in action, died in a firefight. He was 21 years old.

“He wanted to go to school. But we were too poor,” said Quesney’s 90-year-old father, beating back tears. He rubbed his hands along the top of the dining table like he was rubbing a magic lamp, hoping his son would walk through the door of his south-side home.

The book contains condolence letters to the Quesney family written by Washington generals and Arizona politicians. His high school principal, Florence Reynolds also wrote the family, as did Claudio Jiménez, a Spanish-language radio announcer with the old KXEW, Radio Fiesta, who did not know Quesney but was moved by his death.

The family held memorial services every 10 years after Quesney’s death. The last one was five years ago. But the family decided to hold this service now because of Quesney senior’s declining health.

At Monday’s service veterans who didn’t know Quesney made a presentation. A chaplain gave a blessing, and Aguilar, her daughter, Marisela Aguilar, and other family members offered their words. Some names of Tucsonans killed in Vietnam were read, including brothers Frank Montaño and Ruben Montaño, who grew up in the Quesneys’ old neighborhood near South Euclid Avenue and East 33rd Street.

A display case with Quesney’s medals, including three Purple Hearts and two Bronze Stars, which are given for valor, were at his grave site. In the family’s memory book, a letter from the Army cites Quesney’s lifesaving bravery in May, the first time he was wounded, when his platoon was under attack.

“He saved his platoon leader and several of his buddies,” Aguilar said. “He was very courageous.”

Quesney was also a good brother and son, she added. He enjoyed playing baseball and ran cross country. He played the guitar and serenaded the family with boleros mexicanos y canciones de Los Apson, un conjunto de Agua Prieta, Sonora, que era de moda en esos años.

“That’s why we feel he deserves this ceremony.”

When he decided to leave the UA and sign up, Quesney did not tell his family until after he volunteered. His notice to report to duty, Oct. 18, 1967, at 129 S. Scott Ave., en el centro de Tucsón, is included in the fading memory book.

“What was done was done,” said the senior Quesney. “What could we say?”

Before Quesney saw his family for the last time, he was home for a two-week leave after airborne training. He spent nearly the whole time in his room, Aguilar said. On his final day, family and friends arrived at the Quesney home to say goodbye.

His father, sister and mother, Lolita Quesney, who died in 2004, drove him to the airport. As their soldier-hero walked toward the plane, he looked back.

“It was a sad look,” Aguilar said. “He knew.”

Ernesto “Neto” Portillo es editor de La Estrella de Tucsón. Contáctalo en netopjr@azstarnet.com o al (520) 573-4187.

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