"Si te regresan, es el peor fracaso"

2014-08-07T00:00:00Z 2014-08-08T13:43:37Z "Si te regresan, es el peor fracaso"Por Perla Trevizo La Estrella de Tucsón Arizona Daily Star

Durante su cobertura de la llegada de miles de familias Centroamericanas a Estados Unidos, la reportera Perla Trevizo quería explorar las razones complejas por las cuales estas mujeres dejan sus países junto con sus hijos pequeños. Trevizo conoció a Karen Soto, una joven madre guatemalteca, en la estación de autobuses Greyhound y la acompañó, a lado del fotógrafo Mike Christy, hasta su destino en Delaware, a más de 3 mil kilómetros de Tucsón...

Primera parte: De Guatemala a Delaware, toda una vida.

El grupo emprendió su caminata de nuevo en cuanto salió el sol. Poco después de las 7 a.m. vieron a los agentes de la Patrulla Fronteriza para entregarse.

“Nos preguntaron de dónde éramos, a dónde íbamos, nuestros nombres y si queríamos ver a un juez”, dijo Lizeth con su voz cantarina, “y dijimos que sí”.

Karen y Lizeth fueron procesadas con los demás y llevados a la estación de la Patrulla Fronteriza en Tucsón, donde estuvieron en lo que los inmigrantes indocumentados llaman las “hieleras”, por la baja temperatura que hay ahí dentro.

Alrededor de las 2:30 p.m. del 7 de julio, los agentes las dejaron afuera de la estación del Greyhound junto con otras mamás que habían cruzado recientemente con sus hijos.

En su mano, Karen llevaba una hoja con la fecha en la que se debe presentar ante un oficial de migración y un papelito amarillo con el número de confirmación de los boletos de camión que su hermano les había comprado. Karen pensaba que iba a tener que averiguárselas sola.

Antes de entrar a la estación, se sentaron en el piso y volvieron a poner las agujetas a sus zapatos. Agentes de la Patrulla Fronteriza se las habían quitado, por lo que dicen ser por la seguridad de los inmigrantes.

Para su sorpresa, Karen y Lizeth fueron recibidas dentro de la estación por voluntarios que están ahí para ofrecer a los migrantes un plato de comida caliente, un cambio de ropa, juguetes para los niños y ayuda para navegar tanto en el sistema de autobuses como en el de inmigración.

“Fue un gran alivio”, dijo Karen después. “Me dio esperanza”.

Ambas se sentaron en las sillas grises de la estación a esperar el autobús de las 7:50 p.m. que las llevaría por más de 3,700 km (2,300 millas), atravesaría 12 estados y haría más de 24 paradas. Su destino: Dover, Delaware, donde su hermano las esperaba.

Los voluntarios les dieron un plato de sopa de verduras, bolsas con barras de granola, artículos de higiene personal y agua para el camino.

Karen tiró la blusa rosa sin mangas sucia con la que había cruzado y se puso una camiseta azul de los Angry Birds que encontró en uno de los contenedores de plástico con ropa donada.

Cuatro días de camino

Cuando era tiempo de partir, los voluntarios ayudaron a Karen y a Lizeth a encontrar sus asientos en el camión y le dieron a Karen una bolsa de plástico con vasos llenos de arroz y frijoles cocidos. Les dieron un fuerte abrazo y la bendición.

Una vez más, Karen y Lizeth iban por su propia cuenta.

Para su viaje de casi cuatro días a Delaware, le dieron a Karen un paquete de unas 15 páginas con textos y números que resultarían confusos incluso para quien domina el inglés.

Cada vez que el camión se detenía, ella sacaba la página que enlistaba los lugares y la hora en la que debía cambiar de autobús.

Las instrucciones, escritas por un voluntario en Tucsón, estaban en español para que ella las pudiera leer y en inglés por si necesitaba pedir ayuda.

Los autobuses se paran cada cuatro horas. Se supone que los pasajeros deben entender cómo funcionan sus pases para volver a abordar y que deben saber cuándo deben estar de regreso en el camión.

Algunas paradas son de 10 o 15 minutos, otras pueden durar un par de horas y requerir cambio de autobús. Cuando llegó el momento de volver a subir en El Paso, el conductor le pidió el boleto a Karen, pero ella lo había dejado arriba del camión.

“No puede hacer eso señora, nos hace perder tiempo”, le reclamó en español. “Vaya por él”.

Esa no fue su única prueba. Después de Abilene, Texas, todo era en inglés.

En la mañana del 9 de julio, Karen se quedó contemplando, veía por la ventana mientras Lizeth le contaba cuentos. Caperucita Roja y Los Tres Cochinitos son sus preferidos.

Ambas son historias sobre la familia, y la mente de Karen estaba de regreso en Guatemala.

“Estaba pensando cuándo los volveré a ver”, dijo después. “Preguntándome si esto valdría la pena”.

Al menos en apariencia, hizo su mejor esfuerzo para que el viaje fuera agradable. Ella y Lizeth durmieron, acurrucándose bajo una cobijita azul cielo que Karen halló entre los artículos donados en la estación de autobuses de Tucsón.

Cada vez que Lizeth se despertaba, sacaba de su bolsita rosa de los Jonas Brothers el libro de pintar que se trajo de Tucsón. Estuvo pintando durante horas, teniendo cuidado de no salirse de la línea, tal y como le había enseñado su mamá.

Siempre a la mano tenía el pequeño pingüino de peluche con bufanda azul que agarró de la estación de camiones en Tucsón. De cualquier cosa que ella comía, le ofrecía un poco al pingüino.

¿Por qué?

Lizeth no entiende de las leyes migratorias, pero sí entiende las razones de su viaje: “Vinimos a ver a mi tío y a trabajar para ayudar a comprar las medicinas de mi mamá, porque le duele aquí”, dijo, señalando a su hombro.

Y ha pasado por suficientes cosas como para conocer el término coloquial con el que se llama en español a los agentes de migración.

Un día, viendo fotos en el iPhone de una de las pasajeras del camión, se detuvo en una imagen panorámica del desierto de Arizona. “Y a ti”, preguntó a la dueña del teléfono, “dónde te agarró la migra?”.

Cuando el camión pasó por Dallas, Lizeth vio asombrada la gran montaña rusa de Six Flags.

“Le voy a decir a mi tío que me traiga aquí”, dijo.

Y cuando pasaron por los altos edificios de Atlanta, tanto madre como hija estaban asombradas.

“Mira ese, mami, está bien alto”, dijo Lizeth.

Circulando por Georgia, a un día de encontrarse con Marcony, Lizeth iba pensando en lo que podrían hacer juntos.

“Le voy a decir que me enseñe a nadar y que me lleve al zoológico”, dijo con una amplia sonrisa.

Marcony empezó a hablar de venir a Estados Unidos desde que tenía 15 años, pero su padre insistió en que primero terminara la escuela.

“Me decía que uno sólo viene a sufrir, que las cosas son muy diferentes”, dijo Marcony.

Pero vio que no tenía alternativa. Si hubiera habido empleo en Guatemala, dijo, se habría quedado.

“¿Quién va a querer emigrar a otro país, arriesgando su vida y su salud, si hubiera oportunidades allá?”.

Igual que después lo haría su hermana, Marcony cruzó por el desierto de Arizona, pero en su caso implicó caminar por tres días y cuatro noches. Él no sabía entonces que había un proceso diferente para los menores de edad que cruzan solos, en el que los ayudan a reunirse con miembros de su familia mientras su caso está pendiente.

Al contrario, corrió tan recio como pudo cuando la Patrulla Fronteriza lo encontró, a unos 30 minutos de donde lo esperaba un coche para recogerlo junto con su tío y su primo.

Pero no fue lo suficientemente rápido. Después de que los agentes lo procesaron y se dieron cuenta de que era menor de edad, lo enviaron a un albergue para jóvenes que viajan solos en Glendale, donde pasó un mes antes de reunirse con un tío en Delaware.

Más de un año después, Lizeth y Karen están a punto de reunirse con él.

La bienvenidA

El autobús se detuvo frente al Hospital General Kent en Dover a las 12:40 p.m., 10 minutos antes de lo esperado.

Karen y Lizeth, bolsas en mano, esperaron en una esquina hasta que Karen vio una camioneta azul. “Es él”, dijo. Lizeth corrió con los brazos abiertos hacia un joven con cabello parado, vestido con una camisa a cuadros rosa y azul.

“Chaparrita”, le dijo mientras se arrodilló para abrazarla. “Te extrañé mucho”.

Marcony le entregó a Karen una camiseta blanca con los nombres de su familia escritos con marcador y un mensaje en inglés: “Estábamos orando por ti”.

Había pasado un año y medio desde la última vez que se vieron.

“Estábamos hablando por teléfono hace una semana, cuando todavía estaban en Guatemala”, dijo maravillado. “Es como un sueño, no hay palabras para describir lo que estoy sintiendo”.

Su primera parada fue Walmart. Caminaron por pasillo tras pasillo llenos de juguetes, ropa, comida.

“En Guatemala no hay dinero para ropa nueva”, dijo Karen. Pero ahora están en Estados Unidos.

Madre e hija emprendieron un día de compras al estilo americano, acabando con dos faldas de Hello Kitty, una blusa rosa de Minnie Mouse y un par de sandalias de Barbie para Lizeth.

Pasaron por comida china antes de ir a la casa móvil que Karen y Lizeth compartirán con Marcony, un primo y una señora de Guatemala y sus dos hijos.

Karen inmediatamente comenzó a limpiar el pequeño espacio. Lizeth ni terminó de comer por salir a jugar y empezar a hacer nuevos amigos.

Al poco tiempo hubo otra nueva experiencia: una camioneta vendiendo nieve pasó y Marcony le dio un dólar a cada niño. Lizeth consideró la paleta de princesa, pero escogió una paleta de hielo sabor sandía. No podía contener su emoción, reía y saltaba mientras esperaba su postre.

No tardó mucho para empezar a dar órdenes a los otros niños o para aprender a jugar Angry Birds en una tableta.

¡Yes!”, exclamó cuando anotó sus primeros puntos.

Karen, Lizeth, Marcony y su primo compartirán una recámara dentro de la casa móvil. Pero a Karen no le importa el espacio tan pequeño o que sólo haya una cama.

“Estamos acostumbrados”, dijo mientras barría el piso.

Ella y su hija se unen a la creciente comunidad guatemalteca en el sur de Delaware, la cual llegó con el mismo sueño que atrajo a Delmar en los años noventas: ganar suficiente dinero para construir una casa y mandar a sus hijos a la escuela.

“Cuando era niño, mi sueño era tener mi propio carro y mi propia casa”, dijo Marcony. “Sigue siendo mi sueño”.

Pero ahora ve el precio que ha pagado. Por venir aquí, dijo, “básicamente cambié a mi familia por el dinero”.

Recientemente le quitaron el apéndice y no había nadie que lo cuidara.

“Hay noches en las que lloras debajo de las cobijas”, confió, “pero tienes que pensar que el futuro se verá mejor”.

Marcony

Se inscribió en la preparatoria en Delaware, pero dijo que era difícil encajar. No habla mucho inglés y dijo que los hijos de los inmigrantes nacidos aquí se burlan de él en vez de ayudarle cuando pronuncia mal una palabra.

Cuando no está en la escuela, trabaja en la planta avícola —el mismo lugar donde probablemente termine trabajando Karen— limpiando y destazando pollo.

Está trabajando para pagar los 5 mil 500 dólares que pidió prestados para venir a Estados Unidos, para mandar dinero a su familia y para cubrir los gastos del viaje de Karen y Lizeth.

Después de eso trabajará para lograr sus propios sueños. Quiere comprar un automóvil para empezar un negocio, tal vez vendiendo frutas y verduras. Si piensa en grande, a lo mejor abre un lavado de autos.

“Mientras esté vivo”, señaló, “voy a trabajar para lograr mis sueños”.

Karen quiere ayudar a sus padres, quienes han hecho tanto por ella y Lizeth.

“Quiero que tengan mejor comida”, dijo, “y vitaminas”.

También le gustaría comprarles una sala, tener su propia casa y tener dinero para no tener que depender de nadie.

Pero por el momento, ambos quieren abogados para pelear por quedarse en el país. Marcony, ahora de 18 años de edad, tiene su primera cita ante la corte en diciembre, después de que una cita anterior se canceló por razones que desconoce. Dijo que consultó con tres abogados con esperanza de obtener ayuda, pero que le cobran entre 8 mil y 10 mil dólares.

Karen tenía cita para comparecer ante un oficial de inmigración el 7 de agosto en Baltimore, aproximadamente dos horas al sur de Delaware. Ella y Lizeth tiene libertad condicional hasta el 8 de octubre.

Con ese pendiente es difícil saber qué hacer, dijo Karen. ¿Vivir en las sombras, escondiéndose entre los 11.5 millones de inmigrantes indocumentados dentro del país, o presentarse ante la corte y pelear su caso? Y si hacen eso, ¿cuál es su argumento para poder quedarse?

Sobrepasó sus dudas y dejó a su familia, emprendiendo un viaje que puede ser sumamente peligroso para llegar a un nuevo país. Pero en su mente esas cosas no son nada comparadas con su miedo a ser deportada.

“No sólo no alcanzaste tus metas, sino que ahora regresas con una deuda que no puedes pagar”, señaló Karen. “Si te regresan, ese es el peor fracaso de tu vida”.

Contacta a Perla Trevizo al 573-4210 o en ptrevizo@tucson.com.

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