Geraldo Cadava nació en Tucsón pero se fue de aquí siendo un niño. Aunque viene seguido para visitar a su familia.

“Es al único lugar al que regreso”, dijo.

Así que al parecer, cuando este maestro adjunto de historia decidió escribir un libro sobre la cambiante naturaleza en la frontera entre Estados Unidos y México, volvió a su ciudad natal para analizar y ver a través de ella los conflictos, los retos y las contradicciones de nuestra dinámica pero problemática región.

En su libro “Parados en Tierra Común” (“Standing on Common Ground”), publicado el mes pasado por la Editorial de la Universidad de Harvard, Cadava examina la composición de una “frontera con cinturón solar”. Explora los vínculos históricos –comerciales, sociales y políticos- entre los estados vecinos de Sonora y Arizona centrándolos en Tucsón, la zona de impacto de su estudio.

Su objetivo personal y profesional era recuperar la comprensión de las profundas relaciones entre los dos estados, y cómo ambos han tenido, en muchos sentidos, desarrollos paralelos. Escribió una contranarrativa a la actual, en la cual se insiste en que la región fronteriza es una zona de guerra dominada por la retórica y las acciones antiinmigrantes.

De hecho, dice Cadava, la súper concentración en la inmigración y la seguridad ha distorsionado la realidad de la vida cotidiana de la frontera y de las relaciones binacionales. Las familias fronterizas continúan haciendo sus vidas a ambos lados de la línea, y una creciente cantidad de comercio, bienes y capitales cruza de aquí para allá y de allá para acá.

Los estados hermanos no perdieron sus conexiones cuando la frontera fue redibujada, agregó Cadava, quien obtuvo su doctorado en Yale en el 2008 y ahora está en la facultad de la Universidad Northwestern en Chicago.

A raíz de los ataques del 2001 en Nueva York y Washington D.C., las fuerzas políticas incrementaron la militarización de la frontera y los nativistas impulsaron una serie de duras leyes dirigidas a frenar la inmigración ilegal, entre ellas la SB 1070, que han afectado de forma adversa el crecimiento de la población latina. Sin embargo, la reestructuración de la región y de la relación inició mucho antes del 11 de septiembre. Durante el último siglo, Estados Unidos permitió y alentó a los trabajadores mexicanos a venir a sus campos, fábricas y minas, pero los obligó a regresar en las recesiones económicas.

Después de la Segunda Guerra Mundial, las economías tanto de Arizona como de Sonora fueron rearmadas conforme el gasto masivo en defensa, agricultura e industria fue rediseñando a la región. La migración tanto a Arizona como a Sonora se disparó. Al cierre del siglo 20, los intereses corporativos se fortalecieron y los de los trabajadores se debilitaron por el Tratado de Libre Comercio de Norteamérica. Políticos, industriales e impulsores económicos de ambos lados de la frontera tenían más en común unos con los otros que con los trabajadores o los ciudadanos ordinarios de sus respectivos estados.

Aunque el libro tiene un estilo académico, Cadava utiliza ingeniosamente la historia local para presentar su caso. En un capítulo nos ofrece el ejemplo de Alex Jácome, el ya fallecido empresario cuyo exitoso departamento en el centro que llevaba el nombre de la familia atrajo a decenas de compradores mexicanos.

Jácome, como otros emprendedores en ambos lados de la frontera, se enriqueció en la postguerra, cuando Sonora y Arizona ondeaban la bandera de la buena voluntad y de unas cálidas relaciones binacionales. Jácome, como su contemporáneo Ignacio Soto, quien una vez fuera gobernador de Sonora y empresario industrial, cultivó las relaciones políticas y sociales entre los dos países. Sin embargo, todavía los Jácome y los Soto de ambos estados “no han superado las iniquidades y las tensiones que dañaron las relaciones entre EU y México durante la Guerra Fría”, escribió Cadava.

Aunque las iniquidades y la tensión persisten, y en algunos casos son agravadas en la región fronteriza, Cadava concluye que la gente de ambos lados debe admitir las contradicciones y reconocer su dependencia en la mano de obra inmigrante.

Los habitantes de la frontera necesitan dejar de enfocarse únicamente en las disputas a blanco y negro sobre la inmigración y la seguridad, escribió, sino que pueden “reorientar las conversaciones hacia varios puntos de la unidad, división, afiliación, parentesco y alienación” que están arraigados en nuestra historia común.

¿Mi opinión?

Es tiempo de desarrollar nuevas y más saludables realidades políticas para nuestra región fronteriza, que por siglos ha sufrido cambios excepto por una constante: hemos sobrevivido manteniendo las relaciones familiares y amistosas más allá de las fronteras.

Ernesto “Neto” Portillo Jr. es editor de La Estrella de Tucsón. Contáctalo al netopjr@azstarnet.com o en el 573-4187.