Reportero narra experiencia de tragedia en Boston

2013-04-16T07:50:00Z 2013-05-06T19:04:46Z Reportero narra experiencia de tragedia en BostonThe Associated Press The Associated Press
April 16, 2013 7:50 am  • 

BOSTON, Massachusetts. (AP) -- El maratón de Boston de este año parecía muy normal.

Los ganadores fueron un hombre de Etiopía y una mujer de Kenia, e incluso los corredores que cruzaron la meta dos horas detrás de ellos alzaban sus brazos a la llegada, emocionados por terminar uno de los maratones más extenuantes en una ruta de 42,16 kilómetros (26,2 millas).

Los voluntarios estaban listos para sostener a aquellos que se desvanecieran al cruzar la línea de meta azul y amarilla, mientras los espectadores animaban no sólo a sus famialiares sino a cualquiera que hubiera tenido la iniciativa de escribir su nombre en la camiseta.

Entonces escuché la primera explosión. Volteé y vi una nube de humo gris que salía de la parte norte de la calle Boylston y que se elevaba por el puente de la foto en la línea de meta. Segundos después ocurrió otro estallido.

Actué conforme a mi experiencia: llamé a la oficina y les dije lo poco que sabía. "Hubo dos explosiones en la línea de meta del maratón de Boston". No pude volver a comunicarme durante horas con mi celular. Avisé en un mensaje de texto a mi esposa que yo estaba bien, aunque no estaba enterada aún de lo sucedido.

Nadie sabía realmente qué había ocurrido. Podía tratarse de una explosión de gas, pero aun sin una explicación era evidente que causó heridos. La segunda explosión hacía probable que fueran intencionales y me preocupé de que pudieran ocurrir más. Me dirigí caminando hacia la parte donde había daños, más que nada porque pensé que ahí sería menos peligroso que en cualquier otro lugar en la zona.

Personas que colaboraban en la prueba y que llevaban chaquetas amarillas de voluntarios así como policías con chalecos amarillos de seguridad pasaban corriendo a mi lado.

Los Técnicos de Emergencias Médicas provistos con sus equipos empujaban sillas de ruedas vacías; les siguieron pronto doctores con chaquetas blancas de voluntarios. Los competidores continuaban corriendo y paraban sus relojes al cruzar la línea de meta; estaban tan confundidos como agotados.

Vi personas que lloraban. Corredores, voluntarios y familiares. La policía comenzó a despejar el lugar, y vi cómo los agentes echaban para atrás a las personas que les pedían que les permitieran el paso para ver a sus parientes.

Vi a dos personas vestidas de civil que transportaban a una mujer que no llevaba ropa de corredora; la cargaban cada uno de las piernas y ella se sostenía de los hombros de ambos. Sangraba de una pierna.

Un policía de Boston era transportado en una silla de ruedas y pasó a mi lado. Sus pantalones tenían una pequeña rotura cerca del tobillo y le salía sangre del talón.

Las ambulancias y vehículos policiales se desplazaban a velocidad por Boylston, donde había tránsito de personas a pie. Parecía obvio que estaba por conocerse la peor parte en cuanto a los heridos.

Como no podía utilizar mi celular, regresé a la sala de prensa para comunicarme con mis editores por mi computadora portátil. En breve no se dejaría entrar ni salir a nadie de donde me encontraba. Me quedé ahí atrapado las siguientes cinco horas, incapaz tanto de informar desde el lugar del desastre como de salir.

Los reporteros que cubren la maratón por lo general trabajan desde el centro de prensa de la competencia instalado en el hotel Fairmont Copley. El lugar es un salón de baile con un fresco en el techo y friso de yeso; cuenta con ventanas grandes de arco que en la efeméride del Día de los Patriotas quedan cubiertas por un panel enorme, de 1,80 por 11,90 metros (seis por 39 pies) que pone al tanto a la prensa sobre el avance de la carrera.

El lugar puede ser una experiencia estéril de lo que a menudo es un evento emocionante.

Estoy familiarizado con el ritmo de ese día: una acumulación paulatina hacia la línea de meta, después bastante actividad con la llegada de los ganadores a la Plaza Copley; primero los de las sillas de ruedas, después las mujeres y los hombres.

Podría decir que las cosas se normalizan habitualmente a media tarde. Después de que mis textos son editados y transmitidos a hilos de The Associated Press me gusta dirigirme a la ruta y palpar el ambiente de la jornada.

Del año pasado recuerdo el olor del filtro solar y el desfile constante de competidores a los que se les abría el paso o eran llevados en sillas de ruedas a una tienda de campaña médica para atenderlos por deshidratación.

La carrera de este año no parecía dar informativamente alguna arista diferente: no había algún aspecto del clima fuera de lo habitual, algún competidor estadounidense que diera la sorpresa; tampoco había interés en averiguar si el keniano Robert Kiprono Cheruiyot que triunfó en 2010 era pariente del keniano Robert Kipkoech Cheruiyot que había ganado antes cuatro veces.

Intenté localizar a una amiga que pasaría por el lugar a esa hora. Caminé por las gradas VIP; yo intentaba mantener un ojo en la ruta de la carrera y otro en las gradas, donde su familia la esperaría. Cuando llegué al extremo de los lugares descubiertos la vi pasar corriendo.

"¡Vamos, Laura!", le grité y emprendí el camino hacia la línea de meta; mostraba mi identificación de prensa para llegar a la ruta de los competidores.

La alcancé y caminé con ella mientras ella recogía una botella de agua. Apenas habíamos cruzado la calle Dartmouth, a menos de una cuadra de distancia de la meta, cuando fuimos sacudidos por la primera explosión.

Yo ya había vivido antes alarmas de atentado explosivo; recuerdo que el lugar donde estaba fue evacuado durante los Juegos Olímpicos de Salt Lake City, cinco meses después del 11 de septiembre de 2011, porque alguien había olvidado una mochila.

El miedo causa punzadas, pero había sido más la molestia porque todas habían sido falsas alarmas y el mayor problema es el tiempo que se pierde como reportero.

No hay nada como oír rumores de que otra bomba fue encontrada "en un hotel cercano" cuando yo estaba encerrado en uno. Busqué a alguna autoridad para conversar en el vestíbulo y me encontré con Greg Meyer, el campeón de 1983 y el último estadounidense que ganó la prueba.

Meyer dijo que participó en la competencia con sus hijos y que la habían terminado minutos antes de las explosiones.

Las personas de fuera de Boston, que no son corredores, quizá creen que el maratón de Boston es una sola competición deportiva, pero en verdad son al menos cuatro eventos distintos a la vez.

Está la competencia de élite, la que sale en la televisión y en la que generalmente un keniano se lleva el trofeo de plata y la corona de oliva del ganador.

Están los corredores recreativos que entrenan durante años para lograr el tiempo de clasificación y después dedican otro año a prepararse para el recorrido por una ruta accidentada desde Hopkinton a Back Bay.

Están los corredores que se meten en la carrera para recaudar dinero con fines de caridad, una tradición en la que los participantes han juntado 128 millones de dólares en los últimos 25 años.

Y después está un desfile de 42,16 kilómetros (26,2 millas) en el que cientos de miles de personas hacen una línea por el trayecto en el Día de los Patriotas, efeméride en la que no abren las puertas escuelas ni muchos negocios.

"Este es un acontecimiento que une a la gente. No este tipo de cosas", dijo Meyer. "No lo entiendo".

Quizá es por el día de descanso o quizá porque alguien conoce a alguna persona que está corriendo, pero la gente de Boston -no necesariamente los aficionados a los deportes, sino quienes viven aquí- se enorgullecen del maratón.

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NOTA DEL EDITOR: El periodista deportivo de Boston Jimmy Golen cubría su 18vo Maratón de Boston cuando escuchó los estallidos de las bombas en la línea de meta. Este es su relato de los acontecimientos.

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