En abril del 2006, la activista por los derechos laborales y civiles Dolores Huerta habló ante estudiantes en Tucson Magnet High School. En su discurso, Huerta, quien tenía entonces más de 50 años de experiencia en la organización política, dijo que los “Republicanos odian a los latinos”.

Le llovió fuego. Los indignados legisladores republicanos del estado y presentadores de radio nacionales se sintieron agraviados. Era como si Huerta se hubiera puesto de rodillas durante el himno nacional.

Un año después, legisladores republicanos le echaron el ojo al programa de Estudios Mexicoamericanos del Distrito Escolar Unificado de Tucsón. Y para el 2010, la legislatura encabezada por el Partido Republicano y la Gobernadora Jan Brewer, también republicana, prohibieron el programa –el mismo año en que los republicanos de Arizona aprobaron la SB 1070, la ley que permitía a la policía local parar y detener a personas de las que sospecharan que vivían aquí sin la debida documentación, lo que dio como resultado la aplicación del perfil racial a los latinos.

Finalmente, las sentencias de los tribunales federales destruyeron la SB 1070 y en agosto un juez federal dictaminó que la prohibición de los Estudios Mexicoamericanos violaba los derechos constitucionales de los estudiantes “porque tanto la promulgación como la ejecución estaban motivadas por ánimos raciales”.

Huerta, que a principios de los años 60 cofundó el Sindicato de Trabajadores Agrícolas Unidos (United Farm Workers Union) junto con César E. Chávez, lleva mucho tiempo en el escenario nacional. Ahora, una nueva película documental centrada en su trabajo y vida traerá aún más atención a Huerta, quien, muchas veces ignorada en los libros de historia, ha sido una voz destacada en apoyo a los trabajadores agrícolas, las mujeres, el medio ambiente y las comunidades latinas.

Huerta, de 87 años, regresará a Tucsón el 9 de octubre para estar presente en The Loft Cinema, 3233 E. Speedway, para la proyección de “Dolores” a las 7:30 p.m. Los boletos para su presentación se agotaron pero el documental se estrena por lo menos de una semana empezando el 6 de octubre.

La película, dijo, es “histórica y relevante para la política de hoy”.

La semana pasada hablé vía telefónica con Huerta, quien estaba en la oficina de la Fundación Dolores Huerta en Bakersfield, California. Cuando le pregunté si sentía que su declaración de 2006 fue reivindicada por el juez de distrito A. Wallace Tashima cuando declaró que el racismo estaba en la base de la prohibición de los Estudios Mexicoamericanos, Huerta se opuso. No se regocijó. Simplemente dijo: “Estoy tan feliz de saber que sucedió”.

Fácilmente podría haber dicho “sí”.

En cambio, Huerta habló sobre el valor y la importancia del ahora desaparecido programa de Estudios Mexicoamericanos. El programa, que nunca fue obligatorio, ayudó en general a los estudiantes tanto en lo académico como a forjar su carácter y les enseñó las habilidades necesarias para el pensamiento crítico. Estos fueron puntos vitales que los opositores nunca reconocieron, sino que fueron enterrados por la política racial de los republicanos, dirigida por el ex superintendente de Instrucción Pública de Arizona John Huppenthal y el ex procurador general Tom Horne, quien como predecesor de Huppenthal lanzó la campaña para quemar y enterrar los Estudios Mexicoamericanos.

Aunque que el Distrito Escolar Unificado de Tucsón canceló el programa bajo la amenaza estatal de perder millones de dólares en ayuda escolar, Huerta no renuncia a la esperanza de que el programa regrese. Además, dijo que todas las escuelas públicas deben incorporar los estudios étnicos en las aulas, desde el jardín de niños hasta el 12avo grado, para que los estudiantes pueden aprender sobre las contribuciones de las personas de color.

“Si no incluimos eso en nuestros libros escolares, eso significa que el racismo y el fanatismo continuarán y nuestros hijos de color nunca serán tratados con la dignidad que merecen”, dijo Huerta. “Siempre se sentirán como ciudadanos de segunda clase”.

Desde niña, mientras crecía en los campos agrícolas que rodeaban Stockton, California, Huerta comprendió claramente que ser trabajadora, siendo latina, la relegaba a un estatus de segunda clase. Varios años antes de conocer a Chávez a mediados de la década de los cincuenta, Huerta había empezado a organizar a los trabajadores agrícolas. En 1962, Huerta y Chávez formaron la Asociación Nacional de Trabajadores Agrícolas, precursora del Sindicato de Trabajadores Agrícolas Unidos (conocido en inglés por las siglas UFW).

La UFW llegó a los poderosos productores de California y el suroeste que estaban alineados con sus patrocinadores republicanos, los ex gobernadores Ronald Reagan en California y Jack Williams en Arizona, y el presidente Richard Nixon y el Sindicato Teamsters. Huerta y Chávez, y la UFW y sus partidarios, atrajeron el tan necesario foco de atención a las pésimas condiciones de trabajo de los trabajadores de campo. Sus esfuerzos también coincidieron con el floreciente movimiento de los derechos de los chicanos de los años sesenta y setenta en los barrios urbanos del sudoeste.

Huerta estaba allí. Ayudó a dirigir. Expresó los sueños y demandas.

Esto puede ser historia para muchos, pero las cuestiones del pasado siguen siendo en gran parte las mismas de hoy, dijo Huerta. El clima político de hoy expresado por las políticas del presidente Trump y de su administración en materia de género, derechos de las minorías, inmigración y medio ambiente, dijo, son “un llamado a la acción”.

Ernesto “Neto” Portillo Jr. es editor de La Estrella de Tucsón. Contáctalo en netopjr@tucson.com o al 573-4187.

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