El pasado 14 de febrero, el Papa Francisco le habló a más de 20 mil parejas de enamorados que tienen planes de casarse este año. Durante su sermón, dijo que un matrimonio no sobrevive sólo si dura, sino que es importante su calidad. Según el Pontífice, la receta del éxito para una relación amorosa consiste en no olvidar decir tres sencillas frases: “Por favor”, “gracias” y “lo siento”. Y de la última es que quiero hablar; sin duda, ésta es la más difícil de expresar.

“Lo siento” es una de la primeras frases que aprendemos de niños. Si le pegaste a tu hermanito te obligaban a pedirle perdón, y si le mentiste a tu mamá tenías que pedir disculpas. Pero según pasan los años se hace más difícil decir “lo siento”, especialmente si se trata de la pareja. En vez de decir: “Perdón por haberte ofendido”, muchos se justifican: “Estas muy sensitiva, lo que dije no es para tanto”.

Hay quienes jamás le han dicho a su cónyuge: “Perdón, me equivoqué”.

Para “los que nunca se equivocan”, pedir disculpas representa una amenaza a su sentido de identidad, es decir, no saben diferenciar entre sus acciones y su persona. Creen que un error los define como ser humano. Si fueron negligentes en algo, se consideran totalmente egoístas e insensibles: “Hice algo malo, por lo tanto soy una mala persona” o “si cometí un error, debo ser un ignorante”. No se dan cuenta de que su vida no se cataloga por una sola acción.

En otras palabras, un fracaso no te hace un fracasado ni una tontería te hace un tonto.

Otra razón por la que a muchos se les dificulta admitir un error es que creen que al admitir su equivocación la otra persona aprovechará para tomar autoridad y sacar a relucir errores del pasado de los que nunca se disculparon.

Si eres de los que “nunca se equivoca”, te recuerdo que cuando dices “lo siento” automáticamente creas afinidad y cercanía entre tú y la persona que recibe la disculpa. Decir “perdóname” no hace a nadie más débil, la verdadera fortaleza humana radica en la habilidad de admitir nuestros errores.

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