Hacía más de cinco años que no veía a mi prima Milly. El pasado enero ella llegaría de vacaciones a Miami junto a su esposo, y para recibirlos, decidí prepararles una cena inolvidable de bienvenida.

Llegó el día de la visita y me levanté al amanecer para preparar la cena de cinco estrellas y asegurar que mi hogar luciera perfecto. Cociné por más de seis horas, puse la vajilla que sólo uso en ocasiones especiales, planché el mantel de hilo que heredé de mi mamá y hasta encendí velas aromáticas por cada esquina.

Faltaban pocas horas para recibir la visita de mis primos cuando sonó mi celular: era Milly diciéndome que era imposible llegar a Miami. Mientras ella me explicaba que todos los vuelos estaban cancelados por una tormenta de nieve, por mi mente sólo pasaba: "No puede ser que todo mi esfuerzo para preparar la cena perfecta haya sido en vano".

Llamé a varios amigos para invitarlos a comer a última hora, pero ninguno podía llegar. Y de repente pensé en algo que jamás se me hubiera ocurrido. "Qué tal si me consiento y disfruto esta velada solita". Me senté a la mesa, abrí la botella de vino, me serví un plato de lomo salteado con papas gratinadas y dejé que la música de Alejandro Sanz me acompañara. Me disfruté la cena como si hubiera estado acompañada por una buena amiga, sólo que en este caso, yo era mi propia compañía.

Esa noche, tuve una revelación; me di cuenta de que Somos capaces de desvivirnos por hacer felices a nuestros seres queridos, pero no por hacernos felices a nosotros mismos. Por ejemplo, le regalaste un costoso certificado de Spa a tu mamá para que se relajara, pero tú no te das un masaje desde hace más de cinco años. Según te desbordas en atenciones por otros, así mismo deberías hacerlo contigo.

Debes poner tus necesidades y gustos en primer lugar, esto no es un símbolo de egoísmo, sino de amor propio. En conclusión, las mismas cenas, atenciones y amor que dedicas a tus seres queridos, deberías también dárselos a la persona más importante en tu vida: ¡Tú!

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