Warner Bros. Entertainment

Talitha Bateman en “Annabelle: Creation”. Se estrena en cines de Estados Unidos este viernes 11 de agosto.

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Los ojos de los amantes del cine de horror brillan de ilusión cada que se estrena una película del género; es más, muchos de éstos son tan aferrados que prefieren arriesgarse a ver una mala película de miedo (que por todos lados se ve que será un bodrio) que comprar un boleto para otra de otro género, aunque venga recomendadísima.

Es por esa razón que se la pasan (nos la pasamos, mejor dicho, porque yo soy de los mencionados arriba) viendo todas las cintas de terror que aparecen con la esperanza de que, de entre todo el montón, surja algún ejemplo digno; algo así como “The Babadook” (Jennifer Kent, 2014), “Ouija: Origin of Evil” y “Before I Wake” (Mike Flanagan, 2016), “It Follows” (David Robert Mitchell, 2014), “Don’t Breathe” (Fede Álvarez, 2016), “The Witch” (Robert Eggers, 2015) o “Lights Out” (David F. Sandberg, 2016).

Del mismo David F. Sandberg es que llega una tentación más titulada “Annabelle: Creation” (2017), la cual pertenece al mismo universo creado por James Wan en The Conjuring I y II, y que es también una precuela de “Anabelle” (John R. Leonetti, 2014) la cual, siendo sinceros, asustó muy poco.

Lo esperanzador aquí es que Sandberg ya demostró ser capaz de crear buenas atmósferas de miedo con su ópera prima Lights Out, la cual me dejó satisfecho por haberme hecho saltar del asiento más de una vez.

“Annabelle: Creation” nos traslada, como el mismo título lo dice, al origen mismo de la naturaleza maléfica de esta muñeca que forma parte de la colección de reliquias que los Warren (protagonistas de The Conjuring) han reunido a través de los años.

La historia se ubica años después de la trágica muerte de una pequeña niña, la cual muere atropellada. Sus padres, un hombre que se dedica a fabricar muñecas (Anthony LaPaglia), y su frágil esposa (Miranda Otto), se encuentran deshechos. Desconsolados por esta pérdida irreparable, buscan desesperadamente (con rezos y otros medios) volver a tener contacto con su hija, inconscientes de los hechos que habrían de desatarse en el futuro.

Lo curioso es que sus ruegos, con el tiempo, parecen haber sido escuchados, ya que de pronto comienzan a experimentar, aunque por breves lapsos, apariciones de su hija, quien empieza a dejarles pequeños recados en trozos de papel.

Los mensajes son al principio inocentes y llenan de ilusión a los padres; sin embargo, luego de un tiempo, los papelitos despiertan la suspicacia y el temor de éstos, pues la presencia comienza a pedir permiso para habitar en una de las creaciones de su padre. Es precisamente ese hecho el que los hace sospechar que nos es su hija la que se ha estado manifestando.

De inmediato, la pareja encierra a la muñeca y, sintiéndose culpables por lo que habían provocado, consideran que una manera de resarcir el daño (y de paso llenar el vacío que les dejó su pequeña) es crear un orfanato en su casa.

Muy pronto reciben en su hogar a varias niñas desamparadas, sin saber que con esta acción estaban proporcionándole al ser desconocido exactamente lo que necesitaba para materializarse.

Entre las huérfanas está una pequeña que sufre de inmovilidad en las piernas, la cual será, por su misma discapacidad física, una presa fácil para la extraña presencia que habita en la casa.

Esperemos a ver si con esta segunda entrega Annabelle se acerca, aunque sea un poco, al legado que dejó su contraparte masculina; me refiero a Chucky, el muñeco diabólico, al cual conocimos en la franquicia Child’s Play, creada por Don Mancini. Por cierto, no sería muy descabellado, ahora que está tan de moda unir universos, ver un duelo sabroso entre Chucky y Annabelle.

Completan el elenco Lulu Wilson, Talitha Bateman y, en plan protagónico, a la mexicoamericana Stephanie Sigman, a quien conocimos en la cruda cinta “Miss Bala” (Gerardo Naranjo, 2011).

Hasta la próxima.