El absurdo se ha enseñoreado después del fallecimiento del dictador cubano Fidel Castro. Se pierde así una gran oportunidad de revisar y aprender un poco de historia, de ciencia política y de la vida misma de uno de los más icónicos líderes latinoamericanos de todos los tiempos.

Hablo del absurdo porque no se me ocurre otra cosa cuando escucho a ambos extremos del espectro político evocar a Fidel Castro, especialmente en México, en donde, por muchas razones, tendría que haber un mayor entendimiento del fenómeno político, social y, claro, cultural, que éste encarnó.

Los enfoques empleados tendrían que ser más inteligentes, ir más allá del torpe “hasta la victoria siempre”, típico de la despistada izquierda latinoamericana, o de “condena total” con que la derecha más soberbia e ignorante, que hoy día está revitalizada en todo el mundo, lo aborda.

Lo peor es que en muchos casos esto ocurre como chabacana pose, o como deshonesta obtención de kilometraje político, dependiendo de dónde provengan los discursos. Discursos a los que clientes no les faltan. Hace bastante tiempo que en relación al análisis de la vida y obra de Castro deberíamos haber pasado ese punto, salvo para discutir temas de actualidad acerca de Cuba.

La gestión de Castro no tiene asideros para justificarla en cuanto a las atrocidades que cometió, ni siquiera cuando traemos a la mesa que “El Comandante” ascendió al poder tumbando a otro dictador, Batista, que no tuvo empacho en hacer de la isla el burdel de Estados Unidos.

Dado que jamás creí ni le concedí a Castro los méritos que, de nuevo, la generalmente torpe izquierda latinoamericana le atribuye, debo dejar bien claro que siempre lo consideré un brutal dictador, un sanguinario tirano de la peor calaña, una astilla clavada en el costado no sólo de Estados Unidos, sino de todo el mundo libre.

Sin embargo, nada ganamos, más bien todo lo contrario, si no le reconocemos su valor personal (que no político, claro), su maquiavélica inteligencia y, sí, duélale a quien le duela, su enorme carisma y dotes de líder. Ni modo.

Es increíble que tantos que se dicen “informados” crean que el liderazgo, cuando está ahí, sólo se ejerce desde la postura moral adecuada o desde el lado correcto de la historia.

Algo que hay que entender respecto a Castro es que tuvo y tiene tantos seguidores en todo el mundo no porque su oferta política, económica y social, tuviera sentido, para nada. No porque en realidad fuera “incorruptible e idealista” (murió siendo un “revolucionario” muy, pero muy rico, usted dirá), ni porque el comunismo fuera una real esperanza para los pueblos oprimidos, (por ello considero en el mismo nivel de idiotez tanto el creer en tal sistema, como el desvivirse “demostrando” a través de gastadas letanías por qué no funciona, el tema está cerrado hace mucho tiempo).

Tampoco se le admiró, y hoy tantos le lloran, porque en realidad fuera un contrapeso mayor para el poder estadounidense; fue una piedra en el zapato bastante incómoda, pero no como para poner en riesgo la hegemonía americana en el mundo, al menos no de alguna forma que no requiriera la participación directa de la Unión Soviética.

Si acaso, todo eso no es más que un montón de excusas fáciles de articular, y sobre todo ideales para explotar (de entrada por el mismo régimen Castrista) pero que no resistían ni resisten el menor análisis serio. Fueron pretextos que camuflaban algo más profundo, algo también menos vistoso o, como se dice ahora, menos sexy.

La admiración por Castro, para bien o para mal, tiene que ver con haberse revelado ante el poderoso más allá de los signos de éste, con resistir los embates de un imperio para el cual su país había sido un patio trasero (aunque así se haya entregado a otro imperio menos familiar y de talante mucho más áspero), con haberle dicho “no” por tantas décadas al poder real con el que hubiera sido más fácil y barato haberse alineado tarde que temprano, con haber vivido (y muerto) como le vino en gana, sin pedir ni dar cuartel, y sin excusa alguna, con ser un rebelde con causa, así la causa haya sido deplorable.

Es fácil confundir todo esto último con lo que menciono en los párrafos anteriores como “excusas” para admirar a Castro, pero es totalmente distinto. Lo es porque no tiene un fondo político, tiene uno más bien relativo a la esencia humana que siempre tiende a la libertad, así ésta búsqueda termine llevándola literalmente a una oscura celda.

Fidel en realidad fue un símbolo de indomabilidad, de disrupción, de “no dejarse”, de “ven por mí, si eres tan valiente”, más que de justicia social.

También habrá quien, al hacerme el favor de leer esto, lo confunda con afinidad por Castro y su gobierno. Quien me conozca un poco más sabrá bien que no es así. Lo que sucede es que la edad por fuerzas te va dando más ángulos, más apertura para al menos tratar de observar distintas dimensiones de un solo fenómeno y entender que no hay nada más elusivo que la verdad absoluta.

¡Ay de aquel a quien esto no le suceda!

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