SAN DIEGO – El presidente Trump parece haber suavizado su postura con respecto a la OTAN, al libre comercio, al Banco de Exportaciones-Importaciones de Estados Unidos, a la presidenta de la Reserva Federal, Janet Yellen, al asesoramiento de los generales y a si China manipula o no su moneda.

Es una noticia bienvenida en los círculos “Nunca Trump” de Wall Street y en el establishment de Washington, donde se tiene la esperanza de que ésta podría ser una presidencia normal, después de todo.

Pero hay un asunto en el que Trump y sus seguidores no se han ablandado: la inmigración. En esa área, el gobierno está aumentando la ofensiva.

El Equipo Trump prosigue con planes de construir una barrera en la frontera mexicano-americana, castigar a las así llamadas ciudades-santuario, contratar miles de funcionarios adicionales para el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas y de agentes de la Patrulla Fronteriza, terminar con la política de “aprehensión y liberación” y nombrar a 125 jueces nuevos de inmigración en los próximos dos años para acelerar el proceso de deportación.

Tal como dijera recientemente el Procurador General, Jeff Sessions, durante una visita a la frontera: “Es una nueva época. Es la época de Trump.”

Hubo un momento en que pareció que Trump estaba preparado para encarar la inmigración en forma sensata—al no revocar las medidas ejecutivas de Obama, al no deportar a esos jóvenes indocumentados conocidos como los “soñadores”, al decir a los miembros de su Consejo Asesor Hispano durante la campaña que quería un enfoque “humano y eficiente” hacia los indocumentados que podía incluir categoría legal, y al reconocer que lo que vendió a los electores como un muro continuo de 2 mil millas a lo largo de la frontera mexicano-americana, sería más bien una cerca en retazos a lo largo de unos pocos cientos de millas.

En sus 100 primeros días en el cargo, el presidente se enteró de que la reforma del sistema de salud y las relaciones con Corea del Norte son más complejas de lo que pensaba.

Sin embargo, Trump aprendió lo mismo con respecto a la inmigración—incluso antes de asumir el cargo. Pero ahora que parece haber dado poder a Sessions y al secretario de Seguridad del Territorio, John Kelly, para que den forma a la política migratoria, hay motivo de alarma.

El récord de Sessions en el Senado muestra que no sólo está en contra de la inmigración ilegal, sino que está en contra de los inmigrantes. Ahora que desea que el Departamento de Justicia desempeñe un papel mayor en la política migratoria, debe tratar de reformar el sistema para que más inmigrantes puedan entrar en el país legalmente, en lugar de solo mantener fuera a los que vienen legalmente.

Mientras tanto, las declaraciones de Kelly son contradictorias. Durante un viaje a México, declaró: “No habrá deportaciones masivas”. Pero durante una aparición en el programa de los domingos de NBC, “Meet the Press”, advirtió a los indocumentados: “Si están aquí ilegalmente, deben irse o deben ser deportados.”

A veces, Sessions y Kelly no se ponen de acuerdo. Mientras visitaba la frontera, Sessions instó a fiscales federales a que buscaran maneras de imputar a los inmigrantes indocumentados y dijo que todo el que estuviera en el país ilegalmente debe esperar ser deportado. Alguien debería avisarle a Kelly, quien en “Meet the Press” dijo “el hecho de estar en Estados Unidos ilegalmente, no lo convierte en blanco.”

Con Sessions y Kelly como el Abbot y Costello de la política migratoria, uno pensaría que habría más gente nerviosa.

Sin embargo, no se oyen muchas quejas, aparte de los activistas de las fronteras abiertas, a quienes nadie presta atención de todas formas. ¿Podría ser que el establishment político y la comunidad empresarial no son tan pro-inmigrantes como dicen ser?

No son los únicos. Muéstrenme una región del país que se queja de tener demasiados inmigrantes. Y les mostraré una serie de individuos con mala memoria quienes, hace 10 años, estaban tan desesperados por conseguir trabajadores que construyeran sus viviendas, recogieran las cosechas y cuidaran a sus niños, que hicieron todo menos colocar avisos de “Se necesita ayuda” en diarios extranjeros.

Pero, un momento. En realidad, algunas empresas estadounidenses también hicieron eso.

Tras más de un cuarto de siglo de escribir sobre la inmigración, me enferma escuchar a un coro de estadounidenses deshonestos que se quejan de algo que—de cualquier manera que se mire—es una herida auto-infligida.

Sólo observen quiénes dan cuenta de gran parte del crecimiento económico del país, quiénes corren riesgos y quiénes producen gran parte de la riqueza—a veces para sí mismos, como nacientes empresarios, pero más a menudo para los demás.

Un nuevo estudio de la Escuela de Administración de Empresas de Stanford y de la Iniciativa para Empresas Latinas, también de Stanford, halló que, en el curso de la década pasada, el número de negocios con propietarios latinos creció un 300 por ciento más rápidamente que el promedio nacional. Y el 61 por ciento de esos empresarios son inmigrantes o hijos de inmigrantes.

Los estadounidenses lo tienen al revés. En lugar de librarnos de los inmigrantes deberíamos pedir al mundo que enviara más.

La dirección electrónica de Rubén Navarrette es ruben@rubennavarrette.com.

(c) 2017, Washington Post Writers Group