SAN DIEGO – En un episodio de “Seinfeld”, George Constanza le explica a Jerry cómo ganarle a un detector de mentiras.

“No es una mentira”, afirma Constanza, “si tú la crees”.

Janet Napolitano debe estar siguiendo ese libreto. Mientras la secretaria saliente del Departamento de Seguridad del Territorio se está despidiendo de Washington y se prepara para iniciar un nuevo trabajo como presidenta de la Universidad de California, está abocada a reinventar la Historia.

Napolitano modificó varios capítulos durante un reciente discurso en el National Press Club, donde se adjudicó el mérito de todo lo que salió bien en el ámbito de la inmigración durante los casi cinco años de su gestión —y echó la culpa de lo demás al Congreso.

Durante mucho tiempo ha tenido problemas de honestidad cuando habla de ese asunto. En 2011, tras comparecer ante el Congreso durante casi tres años y alardear sobre el número de inmigrantes ilegales que su departamento deportó, Napolitano trató de afirmar que la mayoría de los que fueron expulsados eran malhechores, cuya presencia en el país no deseábamos. Napolitano declaró que el 55 por ciento de los que fueron deportados en el año fiscal 2011 eran “delincuentes inmigrantes” (es decir, que tras cometer la infracción civil de permanecer en el país después del vencimiento de su visa o de ingresar al país ilegalmente, quebraron otras leyes).

Sin embargo, según investigadores de Transactional Records Access Clearinghouse, de la Universidad de Syracuse, sólo un 14.9 por ciento de los deportados ese año fueron acusados de un delito penal. El otro 85.1 por ciento estaba compuesto de individuos que trataban de ganarse la vida trabajando como niñeras, jardineros o mucamas.

Durante su discurso en el Club de Prensa, Napolitano echó la culpa al Congreso por no producir una reforma migratoria y permitir que los así llamados DREAMers, que fueron traídos a Estados Unidos por sus padres, quedaran vulnerables a la deportación. También se adjudicó el mérito de crear la Acción Diferida para los Llegados en la Infancia (DACA, por sus siglas en inglés), que permitió que estos jóvenes solicitaran un aplazamiento temporal y un permiso de trabajo de dos años. Dejó fuera un pequeño detalle: Antes de que el presidente Obama diera a conocer DACA en junio de 2012, el departamento de Napolitano era el que estaba deportando a los DREAMers.

No me sorprende. He conocido y he escrito notas sobre Napolitano durante más de 15 años, desde que era Fiscal General de Arizona y yo me desempeñaba como columnista de la ciudad, en el Arizona Republic. He aprendido tres cosas: Napolitano es abogada y tiene sólo un cliente: ella misma; no tiene problemas sobre tergiversar la verdad para ocultar algo que resultó mal; y hará todo lo necesario para lograr sus objetivos personales y avanzar en su carrera.

Napolitano fue electa como gobernadora de Arizona, y antes de eso como fiscal general de ese estado haciéndose amiga de una de las figuras más populares de Arizona: el sheriff del condado de Maricopa, Joe Arpaio. Cuando aún era fiscal general y sus jefes del Departamento de Justicia de Clinton condujeron una investigación federal por presunto abuso de prisioneros por parte de los asistentes a sheriff, en la cárcel del Condado Maricopa, Napolitano incluso apareció en una conferencia de prensa con Arpaio y desechó las conclusiones como “papeles de abogados”. Le sirvió. Mientras las encuestas mostraban que más del 60 por ciento de los habitantes de Arizona querían que Arpaio, que es republicano, se presentara como candidato, él evitó una contienda contra Napolitano.

Napolitano obtuvo el cargo en Seguridad del Territorio —y la oportunidad de dirigir la campaña del gobierno de Obama contra la inmigración ilegal, cuyo probable objetivo era proteger a los obreros norteamericanos de la competencia extranjera— porque se pintó a sí misma como una enérgica protectora de las fronteras y declaró una “emergencia” en la frontera Arizona-México. Una vez en el cargo, instituyó cuotas mensuales para la aprehensión de inmigrantes ilegales; llevó a todo el país el modelo de Arizona en que se utilizó la policía local para imponer la ley de inmigración, mediante la expansión del programa conocido como Comunidades Seguras, y acumuló un número récord de deportaciones —alrededor de 400 mil al año, o casi dos millones hasta la fecha.

Pero ahora está haciendo las valijas para mudarse a California —un estado intensamente demócrata con más de un 38 por ciento de hispanos, grupo que ha expresado públicamente su desagrado ante la forma en que el gobierno de Obama ha manejado el asunto de la inmigración. Napolitano tiene que hacer las paces con alguna gente y parece pensar que la manera de hacerlo es pintarse a sí misma como una defensora de los inmigrantes ilegales, que podría haber hecho mucho más si esos malvados republicanos que controlan la mitad de la rama legislativa no hubieran interceptado su paso.

Créanme, Napolitano es capaz de lograrlo. Después de todo, no es una mentira si ella se la cree.

La dirección electrónica de Rubén Navarrette es ruben@rubennavarrette.com.

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