Ciudad de México.- Esta vez la alarma sísmica no sonó. Fueron los violentos movimientos y el crujir de la estructura del edificio de cuatro pisos los que en cuestión de segundos me hicieron saltar de una silla del comedor y avanzar hacia la sala de mi departamento para encontrar un lugar seguro y resguardarme del sismo de 7.1 de magnitud, que este martes 19 de septiembre devastó a la gloriosa Ciudad de México.

No, mi mente no podía procesar lo que estaba sucediendo. Apenas dos semanas atrás, el 7 de septiembre, la alarma sísmica nos advirtió que venía un movimiento telúrico de más de 8.2 puntos de magnitud que dejó comunidades completamente devastadas en los estados de Oaxaca y Chiapas y más de 60 muertos. Afortunadamente, en la Ciudad de México no pasó de un terrible susto en esa ocasión.

Esta vez no fue así; 32 años después de que, en este mismo día, un sismo devastara a la Ciudad de México dejando más de 10 mil muertos, la alarma no sonó y la tragedia llegó sin avisar.

Este martes 19, la ciudad se volvió a estremecer con el ruido de las estructuras de los edificios que se movían de un lado a otro por el sismo. Fueron los estallidos de las explosiones de gas y edificios que se colapsaron cuando todavía el movimiento telúrico no terminaba, los que en cuestión de segundos nos hicieron darnos cuenta de que sí, en efecto, estábamos experimentando un devastador sismo.

Increíble de creer. Era como una película de ficción, una escena bizarra, de esas en donde ciudades enteras desaparecen en un segundo y todo es caos. Mi mente estaba confundida. Me tardé en reaccionar, primero, para resguardarme, ya no me daba tiempo de bajar los cuatro pisos de mi edificio de departamentos en la colonia Roma Sur. Luego, cuando el movimiento telúrico paró, para encontrar mi bolsa, mis llaves y salir del edificio.

En la calle todo era caos. El olor a gas incontenible. Otra explosión del edificio de atrás del mío me hizo reaccionar de nuevo y comenzar a caminar rumbo a la escuela de mi hija. Sólo pensé en decirle al guardia de mi edificio que cerrara las conexiones de agua, gas y electricidad y comencé a caminar a paso rápido, casi corriendo.

En mi calle y las calles aledañas, la gente corría sin rumbo, huyendo del olor a gas y de los edificios dañados a punto de colapsar. Los dos hospitales en mi calle batallaban sacando a los enfermos, muchos de ellos con crisis nerviosas.

Yo sólo quería llegar a la escuela de mi hija en la colonia Condesa. Fueron los 15 minutos más largos de mi vida, avanzando, empujando gente, huyendo del olor a gas, intentando localizar a mi esposo, quien trabaja cerca del Ángel de la Independencia.

Tratando de revisar el teléfono, debatiendo en mi mente y en mi corazón si me detenía a ayudar, tomar fotos, video y enviar reportes, o seguía caminando para encontrar a mi familia. El debate moral y ético más difícil de mi vida como periodista.

Mientras caminaba, por fin mi esposo logró contactarme y decirme que lo esperara en la escuela de mi hija. Ella estaba bien, junto con sus compañeritos de escuela, todos esperando a papá o mamá y sus increíbles maestras abrazándolos y consolándolos.

Tras esperar un par de horas en la escuela de mi hija, volvimos a nuestro departamento, una vez que consideramos y escuchamos que las fugas de gas estaban controladas. De regreso a casa, a una distancia de 10 minutos caminando, ya no había personas con crisis nerviosas. Ahora sus caras eran largas, tristes, devastadas, de mucha angustia, muchos de ellos tratando de localizar a sus familiares.

En la Avenida Insurgentes, una de las principales de la ciudad, no había carros circulando, tampoco el Metrobús. La avenida de cuatro carriles estaba congestionada de gente caminando, intentando llegar a sus casas, a sus familias.

Nuestra casa estaba segura; ahí nos resguardamos. Y cuando la noche llegó, intentamos descansar, pero fue imposible. El constante sonido de ambulancias, patrullas y helicópteros sobrevolando nuestra zona nos recordaba la tragedia que estamos viviendo.

Ocasionalmente la señal del teléfono servía y podíamos leer algunos mensajes. Así es como me enteré de que había muchos muertos, entre ellos por lo menos 30 niños que quedaron atrapados en una escuela cercana y más de 30 edificios colapsados. Agradecí a Dios y a la vida que mi familia estaba a salvo. Por fin, casi a la 1 de la mañana del miércoles 20, la electricidad volvió y también la conexión con el mundo exterior.

Esta mañana salió el sol de nuevo en la Ciudad de México, y aunque en el Metrobús solo había caras largas y silencio absoluto, mi corazón se regocijó al ver a cientos de voluntarios afuera de los edificios colapsados buscando sobrevivientes, organizándose para ayudar. Mi corazón se regocijó cuando pudimos mi esposo y yo llegar hasta el departamento de un amigo, que está fuera del país, y constatamos que su hogar está bien, sólo con daños menores.

Al mediodía de este miércoles, 24 horas después de este devastador sismo, hay más de 200 muertes confirmadas en la Ciudad de México y los estados de Puebla, Morelos y Guerrero; 38 inmuebles colapsados; más de 210 escuelas dañadas. Pero también se han rescatado a 52 personas con vida y se esperan más rescates. En las calles de la zona Condesa-Roma hay esperanza, huele a vida, y mientras haya vida bajo estos escombros, los esfuerzos de rescate seguirán.

El martes sentí la muerte muy cerca, la tragedia en todo su esplendor, pero hoy miércoles me lleno de orgullo al ver cómo los mexicanos volvemos a solidarizarnos ante la desgracia y a reconfortarnos los unos a los otros. Somos un pueblo de fe y hoy estamos más unidos que nunca.

Mariana Alvarado es periodista con base en la Ciudad de México y ex colaboradora de La Estrella de Tucsón y el Arizona Daily Star.