Martin Mendoza (new)
Rick Wiley / La Estrella de Tucsón

Cada año cuando se aproxima el Cuatro de Julio resulta tentador el escribir sobre éste, sobre todo en una forma que tenga significancia en cada ocasión. Hay veces, sin embargo, que otros asuntos muy distintos ocupan mi atención y considero que serían de un mayor interés momentáneo para quien hace el favor de leerme.

Esto último difícilmente podría ocurrir este 2017. Existen razones de sobra para atender este Día de la Independencia, este 241 cumpleaños de Estados Unidos.

Pudiera comenzar por reparar, en una forma más bien simplista, en que este país no es el mismo de hace un año, ya no hablemos de 10, 20 o 40 años atrás. Eso resultaría, si acaso, parcialmente cierto. Sea lo que sea que observemos en el clima político, social y cultural de este país, no es algo nuevo.

Estamos más bien ante un punto de quiebre, notorio, y esperemos en Dios no irreversible, en un proceso que tiene ya varias décadas de haberse echado a andar. Hay quien ubica su origen e inicio, en una forma que tampoco acaba de convencerme, en la revolución reaganiana de los ochentas. Cierto es, por otro lado, que definitivamente ésta sí tiene, directa o indirectamente, algo que ver con lo que nos ocupa hoy.

No es necesario explicar que hay tantos motivos para celebrar y agradecer a este país, como para estar preocupados por lo que es claro está sucediendo hoy día en él. Pero es preciso ser puntuales.

La gravedad de la situación no tiene que ver con un gobernante o con su gobierno, con un partido o con los partidarios de éste, al menos no en forma exclusiva. Tiene que ver con una sociedad entera, o al menos con una buena parte de ésta.

-Si Estados Unidos está siendo percibido hoy día en todos los puntos cardinales de este planeta como un aliado dudoso, menos confiable e, incluso, como presto a abdicar de su liderazgo del mundo libre, no es ello sólo responsabilidad de un gobierno más que incompetente y, posiblemente, corrupto.

-Si América es hoy por hoy una nación aún menos amigable de lo que ha sido los últimos años con el inmigrante, no es ello únicamente culpa de la falta de principios, del oportunismo político y de la perfidia de sus principales líderes.

-Si ser un individuo de raza negra, café o amarilla constituye un lastre con el peso que estas características nos hubieran agregado hace varias décadas, no podemos señalar sólo al más que irresponsable discurso político de un puñado de hombres y mujeres que no responden a nada más que a lo que les asegure seguir detentando el poder.

-Si un clan de ideólogos extremistas, en el mejor de los casos, o de sinvergüenzas al servicio de intereses especiales, en el peor, se dispone a desmantelar los sistemas de seguridad social, atropellando a su paso derechos sociales y hasta humanos de las capas más vulnerables de la población, como es la salud, ello no es obra solamente de esos gobernantes electos -y enfatizo en el término “electos”- o del partido que los cobija.

-Si nada más y nada menos que la mismísima elección presidencial de hace un año y el gobierno emanado de ésta tiene sobre sí un nubarrón de sospecha, desconfianza y recelo, y es potencialmente el escándalo político de todos los tiempos no sólo en Estados Unidos, sino en todo el mundo, esto no puede ser achacado sólo a dichos candidatos, actualmente funcionarios.

No voy a aventurarme a especular cómo se compara esta coyuntura histórica de Estados Unidos contra otras que ha vivido en su historia. Lo que sí diré es que este es uno de esos momentos de la verdad para la nación. Uno que demostrará no de qué está hecho un presidente o un partido, sino uno que exhibirá la fortaleza, la tenacidad y hasta la decencia de su sociedad.

Estados Unidos se ha disparado en el pie, y no decirlo no ayuda en lo más mínimo. Sus instituciones y sus leyes son tan fuertes y vigorosas que nadie, absolutamente nadie, puede cometer barbaridades como las que se han visto recientemente sin el beneplácito de su pueblo. Esas instituciones, esas leyes y esos héroes que las diseñaron son y serán siempre el motivo para celebrar cada Cuatro de Julio.

Solamente que además de celebrar, este país tiene que tomar una decisión fundamental. Puede seguir comprando toda la demagogia, las mentiras y los abusos que los mercaderes del absurdo le han estado vendiendo y, claro, al final responsabilizar a éstos de sus desgracias.

Pero también puede, sin buscar culpables en otras latitudes o en otros colores de piel, decir a sus políticos a través de sus formidables instituciones: ¡Basta, esto es Estados Unidos de América!

Contacta a Martín F. Mendoza en: mfmtuc@yahoo.com