Nuestros países latinoamericanos son enormes plataformas para los mitos. En todos los órdenes. Las creencias extremas, incluso el fanatismo, se manifiestan lo mismo en forma de filias que de fobias.

En lo que tiene que ver con lo político, económico y social, así como con el ejercicio de gobierno, también construimos altares, lo mismo que tejemos condenas sin muchos miramientos. Admiramos y detestamos con facilidad, tanto a a gobiernos y gobernantes propios como extraños.

Todavía en los setentas y ochentas, el credo izquierdista que había encarnado sus expectativas de desarrollo para el continente en personajes como Fidel Castro o el Ché Guevara hacía bastante ruido de México hacia el Sur. El enorme peso de la realidad que dejó claro que el socialismo no era un modelo de desarrollo viable se impuso y fue haciendo que la adoración marxista fuese decayendo, sobre todo entre las juventudes latinoamericanas.

Eso no significa que no queden remanentes de ello (y hasta gobiernos socialistas, de hecho), más que nada en las generaciones que hoy ya se encuentran de sus sesenta hacia arriba. Y, claro, juventudes qué engatusar, siempre habrá. La desinformación juega aquí un papel fundamental, aun en estos tiempos de inmediatez mediática.

Hoy, me atrevo a decir que la tendencia se está revirtiendo y las sociedades latinoamericanas, ante el fracaso del estatismo y de las recetas económicas y sociales de corte marxista, cada vez se identifican más con el liberalismo económico y con la idea de que se debe dejar que los mercados hagan su trabajo cuando se busca el crecimiento de la economía. En otras palabras, que antes de “repartir el pastel, hay que hacerlo más grande”.

Sin embargo, cuando ponemos atención, tanto en medios de comunicación abiertos como en todo tipo de canales para el intercambio de opiniones, a todo lo relacionado con lo que se piensa en Latinoamérica, vemos que ya se puede hablar de que se está volviendo a cometer el mismo error.

Ello por parte de no pocos intelectuales, analistas, periodistas, académicos, blogueros y todo tipo de observadores. Se está empezando a creer excesivamente, sin recelo, en las bondades de la libertad económica, al mismo tiempo que hay, de ya, una falta de comprensión enorme del rol del Estado y de las palancas con las que éste cuenta para incidir en la economía de un país, como los impuestos o la regulación, por ejemplo.

Una de las ideas más equivocadas pero que, en mi opinión, se ha extendido bastante en Latinoamérica en las últimas décadas es que Estados Unidos alcanzó el grado de desarrollo que alcanzó, incluso al punto de convertirse en la nación cuyo peso específico define hacia dónde avanza el mundo, debido a su irrestricto apego al capitalismo, a la libertad económica y a conceder a los mercados la última palabra.

Equivocación mayor no puede haber, y ésta nos deja ver claramente que la desinformación hace de las suyas de nuevo. Todo, a pesar de que, por supuesto, es imposible dejar de reconocer el importantísimo papel, fundamental, que la libertad económica ha representado para Estados Unidos.

Nada puede estar más equivocado que ese pensamiento corto que pregona que el mejor ejemplo de que el capitalismo es el único requisito para que un país llegue a ser una súper potencia económica y política es, precisamente, Estados Unidos.

Dejar fuera de consideración y análisis temas como el de la institucionalidad, especialmente la relativa a los distintos niveles de gobierno, así como a todo lo relacionado con el proceso político o el apego a la ley y al Estado de Derecho por todos los actores sociales, nos habla de que Latinoamérica sigue siendo una región inmadura, cuando de definir sus aspiraciones se trata.

Podemos ir más allá aún y estudiar, y tratar de comprender a fondo, temas como los derechos humanos, derechos civiles, o incluso la igualdad de oportunidades económicas que se relaciona mucho con la construcción de redes de protección social y con el papel de la educación pública, etc., y el cuadro se irá, entonces sí, completando y entendiendo mejor. Ello a pesar de que varios de estos últimos asuntos no le han resultado a Estados Unidos muy fáciles que digamos, incluso podríamos afirmar que en algunos “se le hizo bastante tarde”.

Lo que sí es cierto es que a lo largo de su historia los ha tenido presentes en su conciencia social y se ha abocado a luchar por ellos. Algunos le han resultado más difíciles que otros, pero ha dado la batalla por lograrlos.

Por ello, eso de que Estados Unidos se convirtió en lo que se convirtió sólo por su sistema económico capitalista, no es más que un mito, uno que no le hace bien a Latinoamérica y el cual se debe de comenzar a ajustar antes de que se vuelva algo corrosivo, como ocurrió con las fantasías socialistas.

Contacta a Martín F. Mendoza en: mfmtuc@yahoo.com.