El verdadero problema que nos planteaba un intento de reelección por parte de Jan Brewer era que a pesar de todo hubiera tenido posibilidades de lograrla. Eso nos habla, entonces, mucho más del estado de cosas en la actual sociedad arizonense –y del Partido Demócrata en el estado- que de la misma gobernadora Brewer.

Posiblemente, el reto mayor y que hubiera sido sumamente desgastante para una campaña por la reelección lo constituía el enorme obstáculo legal que la Gobernadora tendría que superar y que se refiere a los límites en los periodos en que un mismo individuo puede ocupar el cargo. Por un tiempo, Brewer “estuvo checando las aguas”, indicando que dado que sólo había sido electa en una ocasión, y que su primer periodo en realidad consistió en terminar por ley el correspondiente a Janet Napolitano cuando ésta renunció, no se le podía aplicar el límite de dos periodos.

Sin duda, la batalla habría sido pesada y del tipo que deja marcas, comenzando por su mismo Partido Republicano, en donde lo que menos había eran filas cerradas en torno a la Gobernadora. La lista de aspirantes ahí es más bien larga.

No es difícil suponer que el debilitamiento político que le hubiera traído ese asunto –aun en el caso de superarlo- la habría dejado por demás sensible antes los previsibles furibundos ataques de sus opositores, por lo tanto, no había nada seguro. Siendo el cálculo político su mayor y prácticamente único talento, determinó que el juego no valía la pena.

Pero, ¿y su legado?

A pesar de todo lo que se dice, Brewer no gobernó desde la extrema derecha, su actuación –efectiva o no- en términos presupuestales, fiscales, de salud, etc. nos lo plantea así. Mucho menos fue una ideóloga conservadora, como muchos despistados a ambos lados del espectro político nos lo quieren hacer creer. Para tal cosa se necesita mucha preparación y formación. Ahí es donde comienzan sus problemas. Es más que obvio que Brewer ha pasado buena parte de su vida siendo una política y viendo cómo hace para ganar elecciones, y muy poco tiempo educándose.

La mayoría de sus infames dislates, verdaderos festines para la prensa y todo tipo de analistas políticos, han tenido su origen no en lo que sabe o al menos en lo que cree, sino más bien en lo que no sabe, en lo lejano que le resultan algunos conceptos, otras formas de pensar y enfocar los asuntos públicos y, por supuesto, otras culturas.

Eso, precisamente eso, es lo que la convirtió en una de las figuras más divisivas, más polarizantes del actual Estados Unidos. Su desconocimiento, su ignorancia, y no sus odios o sus fobias.

Brewer no es una gobernante racista, no la veo así, más bien no acaba de entender lo que es el racismo y cómo se le abre las puertas a éste. No comprende –y así volvió tóxico el clima social del estado- que ganar una elección no es algo que valga la pena para a cambio de ello instituir la discriminación y destruir de raíz la confianza de una muy buena parte de la comunidad hispana en las agencias de la ley.

Escapa a su comprensión que un gobernante no puede, no debe, hablar de “cuerpos decapitados en el desierto”, así nomás, a la ligera, sobre todo cuando éstos no existen. Un gobernante con un mínimo de sentido sociológico, así como con una real comprensión de la historia de Estados Unidos y de Arizona, y claro, con un poco de sensatez, jamás hubiera permitido que su estado cayera tan bajo en un tema que involucraba tanto la convivencia social. Ello en independencia de sus credenciales conservadoras. Otros políticos en el país fueron mucho más astutos al respecto, aun cuando posiblemente más derechistas.

Por desgracia para Brewer, ello, y ninguna otra acción o decisión en su gobierno, es lo que definirá su pobre herencia política. Una herencia muy poco envidiable, un legado del que, dentro de poco, todos los políticos republicanos en el estado estarán huyendo.

¿Qué sigue para Brewer? El único paso lógico sería buscar un escaño senatorial a la primera oportunidad, pero en su caso esto luce francamente como “un tiro muy largo”, aun con un electorado como el de Arizona.

Brewer se va, confiemos en que no vendrá alguien y algo peor.

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