Funcionarios estadounidenses desean extraditar al notable narcotraficante Joaquín “El Chapo” Guzmán, que fue capturado la semana pasada por marines mexicanos y agentes de la Agencia Antidrogas de Estados Unidos (DEA, por sus siglas en inglés).

Parece una buena idea. El líder del cártel de Sinaloa, de 56 años, fue arrestado anteriormente, en 1993, y sentenciado a 20 años en una prisión de máxima seguridad en el estado mexicano de Jalisco. Se escapó en 2001, escondiéndose en un carro de lavandería, tras sobornar a los guardas para que se hicieran de la vista gorda. Quizás eso vuelva a ocurrir.

Pero no nos adelantemos.

Antes de hablar de extradición, ¿no deberíamos asegurarnos de que el hombre arrestado en México sea realmente Guzmán? Muchos mexicanos creen que no es realmente él.

¿Deben aceptar la palabra del gobierno mexicano? Después de todo, México puede ser como una casa de espejos. Nadie desconfía más del gobierno que los gobernados, y con buen motivo. En los últimos 100 años, México ha engañado, abusado, saqueado y maltratado a los que se supone que debe servir.

A los únicos mexicanos que el gobierno sirve como es debido es a los ricos y poderosos —gente como Guzmán, cuyo sobrenombre significa “el bajo de estatura”. El hombre que se considera como “el narcotraficante más poderoso del mundo” mide 5 pies 6 pulgadas. Pero tiene una gran billetera; cuyo valor neto ha sido calculado por Forbes en alrededor de mil millones de dólares.

En un país donde la gente gana unos 6 o 7 dólares diarios, ese tipo de dinero no sólo abre puertas, las voltea.

No es de sorprender que los ciudadanos de México tengan tan poca confianza de su gobierno cuando éste trata de apresar personajes tan turbios y poderosos.

Ahora esa desconfianza ha tomado un extraño giro. Los mexicanos están manifestando su escepticismo en los medios sociales, YouTube y sitios web de drogas, clandestinos.

Una vez que se corrió la voz sobre el arresto de El Chapo, Facebook y Twitter se volvieron locos. A los mexicanos les gusta la vida social y devoran los medios sociales. Son la plaza de su pueblo, donde se reúnen para expresar sus dudas sobre si el hombre en cuestión es realmente Guzmán.

Días después del arresto, circuló una historia sugiriendo que el individuo al que se veía siendo llevado por las autoridades era alguien contratado por el gobierno mexicano para que hiciera el papel de El Chapo, para hacer creer a la gente que el fugitivo había sido arrestado cuando en realidad estaba libre. Mucha gente —a juzgar por los comentarios en los medios sociales— halló que la teoría del señuelo era totalmente plausible.

Observen las circunstancias del arresto, dicen.

Con enormes recursos, y un destacamento de seguridad digno de un dirigente de Estado, no tiene sentido que Guzmán fuera capturado en un modesto condominio de la ciudad de Mazatlán, sin que se haya disparado ni un solo tiro. Según informes mediáticos, el alojamiento incluía un “mobiliario barato y poco glamoroso” con pocos alimentos ni licores. ¿Es esa la manera en que viaja un multimillonario?

Además de una antigua desconfianza de su gobierno y del hecho de que México es la tierra de las conspiraciones, otro factor está en juego: muchos mexicanos pueden ser renuentes a abandonar una poderosa leyenda.

El Chapo ha sido inmortalizado en libros, documentales y corridos.

Como se ha informado en medios estadounidenses, muchos veneran a El Chapo como una versión de Robin Hood al sur de la frontera.

¿Podría haberse arrestado a una persona así tan fácilmente? Se espera más de un héroe folclórico.

Dejemos de lado a Robin Hood. Con su aire de misterio, se puede comparar a El Chapo con Joaquín —Joaquín Murrieta. Ese bandido de California en el siglo XIX, ganó seguidores resistiendo un descarado robo de tierras inspirado por la teoría del Destino Manifiesto.

Como Guzmán, la cabeza de Murrieta tenía su precio: mil dólares, que es poco comparado con los 7 millones de dólares ofrecidos por los gobiernos estadounidense y mexicano por pistas que llevaran a la captura de El Chapo.

Y cuando una partida de fuerzas fronterizas de seguridad de California mató a Murrieta en 1853, la gente creyó que las autoridades habían apresado al hombre equivocado y el escepticismo persistió durante décadas.

El mismo escepticismo que impera hoy en México, donde se sostendrá este debate durante años. La leyenda de El Chapo sigue viva.

La dirección electrónica de Ruben Navarrette es ruben@rubennavarrette.com.

© 2014, The Washington Post Writers Group.