SAN DIEGO – Cuando el tema es la reforma migratoria, los liberales y demócratas siempre se las manejan para decepcionar.

El presidente Obama nunca ha sido serio ni sincero sobre la lucha por la reforma migratoria, más allá de referirse a ella de paso. En el discurso del Estado de la Unión, de siete mil palabras, Obama dedicó 121 a esa causa. Sus comentarios fueron casi idénticos a los que hizo en años previos. Nada nuevo. Nada audaz. Nada de acción.

Sin embargo, nada fue mucho para Frank Sharry. El director ejecutivo de America’s Voice —un grupo con sede en Washington, D.C., que defiende la reforma migratoria y que, como el resto de las organizaciones de activistas de base, el llamado “complejo industrial de las organizaciones sin fines de lucro”, se quedaría sin trabajo si se lograra la reforma— declaró que la brevedad de Obama sobre la inmigración fue en realidad un indicio de cuánto le apasiona ese tema.

“No esperábamos mucho del discurso sobre la reforma migratoria, y el Presidente cumplió nuestras expectativas”, dijo Sharry en una declaración. “En el loco mundo de Washington, D.C., cuanto más diga sobre reforma migratoria, hay más probabilidades de que los republicanos se resistan a ella. De hecho, se puede decir que quiere tanto una legislación para la reforma migratoria, que en el discurso la minimizó”.

Si hubiera una Galería de Personajes Famosos para la manipulación política, la declaración de Sharry le ganaría un lugar en ella. Cuanto menos habla Obama de algo, más le importa. Qué suerte que no esté más dedicado a la reforma migratoria porque si no, toda mención hubiera desaparecido de la página.

Hablando de manipulación, aunque las 121 palabras de Obama no mencionaron la ciudadanía como parte esencial del paquete, el presidente de AFL-CIO, Richard L. Trumka, dijo en una entrevista con el Washington Post que toda legislación que no proporcione ciudadanía no será aceptable. Expresó que el plan que emerge entre republicanos para otorgar categoría legal sin un camino directo a la ciudadanía no tendría “ninguna chance”. Y, dijo, si es a eso a donde finalmente llegan los legisladores, los sindicatos retirarán su apoyo.

“Quiere decir que (los inmigrantes ilegales) nunca obtendrían ciudadanía, nunca tendrían una tarjeta verde”, dijo Trumka al Post. “Es una broma. Es un fraude, es lo que es. Es como el oro del tonto”.

El fraude real es que un poderoso líder sindical espere que el pueblo estadounidense crea que lo que lo motiva para establecer un límite es el bienestar de millones de inmigrantes ilegales, para los que quiere obtener tarjetas verdes y ciudadanía. ¿Realmente? ¿Desde cuándo les ha importado eso a los sindicatos? Para los obreros, los inmigrantes son el enemigo —competidores que trabajan más arduamente por jornales menores. Así fue en 1986 y en 2006-07, cuando los sindicatos se opusieron a las iniciativas de reforma migratoria porque pensaron que amenazaban a los miembros sindicales. Y no ha cambiado.

Supongamos que Trumka obtiene lo que dice que quiere y el Congreso concede un camino a la ciudadanía a 11 millones de inmigrantes indocumentados. Inmediatamente, esos inmigrantes van a abandonar los desagradables trabajos del fondo de la escala que tienen ahora para elevarse a puestos mejor remunerados y sindicalizados en construcción, plomería y electricidad. ¿Cómo creen que se sentirán las bases del sindicato con ese desarrollo? Efectivamente. Se sentirán asustados y enojados. Trumka lo sabe, y también sabe que exigir la ciudadanía acabará con las iniciativas reformistas.

No se puede confiar en que defensores falsos de la reforma migratoria digan la verdad, que es la siguiente: A Obama sólo le interesa la inmigración en la medida en que pueda utilizarla como arma contra los republicanos. Desde que Obama estuvo en el Senado y ayudó a eliminar una propuesta de ley de los dos partidos para la reforma migratoria, con una enmienda que fue como una “píldora venenosa”, a fin de congraciarse con los sindicatos, quedó claro que pertenece al ala del Partido Demócrata que considera a los inmigrantes como una amenaza para los trabajadores estadounidenses.

Como presidente, Obama ha complacido a su facción deportando a casi dos millones de personas. Ha colocado obstáculos o retrasado las cosas para asegurarse de que nunca tendrá que firmar una ley que no pueda vender a los obreros.

Lo probable es que la reforma migratoria no se lleve a cabo. Habrá gente poderosa en la izquierda que se asegurará de que ese sea el resultado.

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ruben@rubennavarrette.com. © 2014, The Washington Post Writers Group.