SAN DIEGO — Advertencia: Al entrar en las últimas etapas de la campaña presidencial, el combate entre Hillary Clinton y Donald Trump puede ser perjudicial para nuestra salud mental.

En un discurso en Temple University, esta semana, Clinton observó: “Esta elección en particular puede ser, a veces, muy deprimente.”

Exactamente. Pero lo que es más deprimente no es la manera en que Clinton y Trump se tratan mutuamente. Es la manera en que tratan a los electores.

Ofrecen sólo desprecio. Deben pensar que somos tontos. Las mentiras que estos dos charlatanes esperan que creamos son asombrosas.

Ya sea si le preguntan sobre su servidor privado de emails o su bienestar físico, Clinton responde como un abogado defensor deshonesto, que al principio insiste en que su cliente ni siquiera estaba en el lugar del hecho, pero más tarde finalmente admite que su cliente estuvo allí y cometió el delito, pero sólo en defensa propia.

De la misma manera, ya sea si habla de deportar a inmigrantes ilegales o de olvidar incoherencias en su política comercial, Trump recuerda a un turbio vendedor de automóviles, que aumenta el precio del vehículo y después trata de convencerlo a uno de que le está haciendo un favor al darle un gran precio.

Ambas personalidades se ponen de manifiesto en la controversia recientemente revivida sobre el nacimiento del presidente Obama, que sin duda, Clinton, sus sustitutos y aliados en los medios continuarán mencionando hasta el Día de la Elección.

Después de todo, los demócratas creen que el asunto daña al candidato republicano. Esa controversia fue la que dio a Trump una tarima nacional. La estrella de la televisión realidad coqueteó públicamente, durante años, con la idea de que Obama no nació en Hawaii, sino en Kenya. En un momento, Trump hasta prometió contribuir 5 millones de dólares de beneficencia si Obama daba a conocer su partida de nacimiento y contrató detectives privados para investigar dónde había nacido el presidente.

La semana pasada, Trump actuó como si hubiera resuelto el caso. “El presidente Obama nació en Estados Unidos,” dijo a reporteros. “Punto.”

Gracias por aclarar eso, Donald.

Después, Trump hizo algo que debe enloquecer a los partidarios de Clinton. Torció la historia para hacer parecer que en todos estos años había emprendido la noble misión de aclarar los hechos para establecer que Obama cumplía con los requisitos para ser presidente.

“Hillary Clinton y su campaña de 2008 inició esa controversia. Yo la terminé”, dijo.

Toda esa afirmación es tan ridícula que hay que preguntarse: ¿Cuán baja es la opinión de Trump sobre el elector estadounidense?

Más o menos tan baja como la de Clinton. Es un misterio por qué la candidata demócrata insiste en sacar a relucir un asunto en el que--como lo dijera recientemente Joe Scarborough, de MSNBC--ella y algunos de sus ex y actuales asesores no tienen exactamente “las manos limpias”.

Trump tiene razón en una cosa. Es indiscutible que las raíces del asunto del nacimiento de Obama se remontan al intento fallido de Clinton por la presidencia en 2008.

Los medios intentaron ayudar a Clinton a limpiar la historia creando la narrativa de que, aunque podía ser verdad que algunos demócratas traficaran con feos rumores sobre el nacimiento de Obama en Kenya, eso sólo ocurrió después de que Obama obtuviera la nominación y los únicos que se involucraron en esa travesura fueron voluntarios de bajo nivel.

Esa parte no es cierta. Fue el principal estratega de Clinton, Mark Penn, el que, en un memo de marzo de 2007, sugirió que “las raíces de Obama en la cultura y los valores básicos estadounidenses eran como mucho, limitadas” y afirmó que Obama no era “fundamentalmente estadounidense en su pensamiento y en sus valores.” Y ahora, un periodista llamado James Asher, que fue jefe de la oficina de Washington de la cadena de periódicos McClatchy, dice que la afirmación de que Obama nació en Kenya le fue sugerida, en persona, por el confidente y viejo amigo de Clinton, Sidney Blumenthal. Según Asher, Blumenthal también intentó vincular a Obama con “grupos musulmanes controvertidos.”

Blumenthal niega esa versión. Y no hay pruebas de que Clinton ni su campaña llevaran a cabo el consejo de pintar a Obama como extranjero. Pero eso no significa que no le dieran ese consejo.

Clinton y sus sustitutos, en el calor de la batalla de las primarias, sugirieron la narrativa de acentuar lo que Jake Tapper, de CNN, llamó, con cautela, la “otredad” de Obama, como cuando el senador Bob Kerrey, partidario de Clinton, sugirió durante una entrevista de TV que Obama había asistido a una madrassa, de niño, en Indonesia.

Si Clinton fuera sensata evitaría todo ese tema, antes de que estallara en su rostro. Pero no lo hará. Seguirá mencionándolo.

Porque, como su adversario, no tiene respeto por la inteligencia del elector estadounidense.

La dirección electrónica de Rubén Navarrette es ruben@rubennavarrette.com. © 2016, The Washington Post Writers Group.