CIUDAD DE MÉXICO (AP) — Los ojos de la familia de Adrián Moreno ya no estaban fijos en el espacio que ocupó el edificio de oficinas de siete pisos bajo el cual quedó atrapado el joven con al menos otras 45 personas.

Cinco días después del terremoto de 7,1 que se cobró más de 300 vidas en el centro del país, Darío Hernández, el novio de Moreno, y otros que lo acompañan tenían la vista perdida y los ojos llorosos bajo las lonas y tiendas de campaña que ahora son su casa. Ha pasado casi una semana y el cansancio se acumula, también la tristeza, pero la ilusión no decae.

Aunque parece haber sido aplastado por el puñetazo de un gigante, el edificio de la calle Álvaro Obregón, en la colonia Roma Norte de la Ciudad de México, se ha convertido en prácticamente la última esperanza de encontrar a sobrevivientes del sismo más letal en tres décadas.

Moreno, de 26 años, tenía un mes de haber comenzado a trabajar en el edificio, en una empresa de contadores, cuando la estructura se vino abajo.

“Tenemos todavía muchas esperanzas”, dijo Hernández, su novio de 27 años. “Queremos ver ya a Adrián”.

Por el lugar han pasado diversos expertos del mundo: de Japón, Estados Unidos, Israel y España, que trabajan junto a los mexicanos y cientos de voluntarios.

“Si no estuviéramos convencidos de que se puede encontrar a alguien con vida no estaríamos ahí”, aseguró a The Associated Press el capitán español Juan Carlos Peñas, de la Unidad Militar de Emergencias. “Sería engañarnos a nosotros mismos, a las familias y a los mexicanos”.

La situación, sin embargo, es más que crítica. Y las epidemias ante los cadáveres que han podido ya empezar a descomponerse, acechan.

Un total de 38 edificios se cayeron en la Ciudad de México tras el sismo del 19 de septiembre que mató a 319 personas en todo el país, incluidos 181 en la capital.

La Marina ha dicho que ha recuperado 102 cuerpos y rescatado a 115 personas de distintos inmuebles de la Ciudad de México, incluido el edificio de Álvaro Obregón.

Las emociones de las familias ahí reunidas son una montaña rusa. Una veintena de personas fueron rescatadas el mismo día del sismo y levantaron la moral tras el horror del desplome. Luego los trabajos fueron más lentos y surgieron las quejas de las familias que temieron que las autoridades dejaran de buscar y metieran maquinaria pesada. Entonces llegaron los expertos internacionales, seguida de informaciones contradictorias: señales de vida desde el interior y nuevo temblor el sábado que hundió aún más en la desesperación a muchos de quienes esperaban noticias.

“El solo hecho de escuchar la alarma sísmica fue horrible”, dijo Hernández después del susto, aunque reconoce que no lo sintió.

“Se vuelve a mover algo y...”, el joven no acaba la frase pero todos temían que el edificio que durante días habían apuntalado con mucho esfuerzo se viniera completamente abajo. “Hay mucho nervio, mucha desesperación porque queremos volver a ver a Adrián”, dijo el sábado con los ojos rojos de haber pasado horas llorando.

Frente a él, la madre de Moreno tenía la cara totalmente descompuesta y no podía ni hablar.

Que los rescatistas reanudaran su trabajo poco después de la réplica del sábado, reanimó a algunos mientras observaban a una enorme grúa levantar losetas del último piso, como si desarmara un lego gigante con precisión milimétrica, mientras cadenas humanas en la parte superior de las ruinas trabajan contra reloj sacando escombros.

Los primeros intentos de rescate tras el terremoto fueron casi a ras del suelo, por huecos que consiguieron abrir y asegurar. Pero pasados los primeros días las posibilidades de sacar a más vivos por ahí terminaron. Luego se intentó hacer agujeros desde arriba. De acuerdo a la información de los familiares, los atrapados estaban en una empresa de contabilidad situada en el cuarto piso y en una consultoría española ubicada en el segundo.

Después de utilizar perros, sofisticados tipos de escáner y equipos de alta tecnología para detectar los celulares de los atrapados, los expertos estadounidenses y japoneses dejaron de tener esperanzas y se fueron del número 268 de la avenida Álvaro Obregón. Los israelíes se quedaron y el viernes por la noche se unió el equipo español del capitán Peñas.

La última oportunidad, señaló el militar español, estaba basada en un análisis de inteligencia de los detalles ofrecidos por los supervivientes. La única esperanza es que los que estaban en el segundo piso se hubieran resguardado en algún triángulo de vida bajo la escalera, que rodeaba el ascensor, o en los patios de luz que podrían haber sido cubiertos por material y dejar espacios libres. Por eso quitaban las losetas que tapaban esa parte del centro del edificio y esperan pronto meter cámaras por una especie de chimeneas.

Los nervios del campamento se multiplican cada vez que llaman a los familiares de algún atrapado.

El sábado, la familia que dormía al lado de los seres queridos de Adrián Moreno levantaron sus carpas sumidos en el llanto cuando les nombraron. Nadie sabe qué les informaron. No se atreven a preguntar.

Desde la parte baja de los escombros, la madrugada del domingo el capitán Peñas insistía en darlo todo, con el apoyo -que considera “impresionante”- de los voluntarios ciudadanos que aparecieron de todos lados para ayudar.

Mariana Castilla, psicóloga social voluntaria dijo el domingo que aunque se mantiene la esperanza, es difícil para las familias porque no reciben suficiente información.

“Lo que quieren es que les digan que pasó y ya se están haciendo a la idea de que pueden haber fallecido pero dicen 'quiero que me informen y que me muestren el cuerpo'", dijo.

La mañana del domingo los rescatistas informaron a las familias que se disponían a retirar una loseta, la cual obstruye un área desde la que podrían saber con más precisión si hay gente con vida.

“Todo el mundo sabe que para bien o para mal hoy es un día crucial”, dijo Armando Albarrán, de la familia que aguarda junto a la de Moreno.

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