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Brenda reparte comida y sonrisas a adultos mayores de Tucsón

Brenda reparte comida y sonrisas a adultos mayores de Tucsón

Con su música y la van cargada, entrega los alimentos de Pima Meals on Wheels

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Brenda Merino Álvarez se agarra su pelo negro hacia atrás para hacerse una colita de caballo y luego se pone un cubrebocas de tela con el logo de los Cardenales de Arizona.

Con 38 años de edad, vestida con unos jeans y una playera polo con el logo del Lutheran Social Services of the Southwest in Tucson (Servicio Social Luterano del Suroeste en Tucsón), se prepara para la ruta de 70 millas que recorre cuatro veces a la semana entregando comidas a domicilio a adultos mayores y clientes con discapacidad.

La agencia sin fines de lucro fue contratada por el Pima Council on Aging (Consejo para el Envejecimiento de Pima; PCOA, por sus siglas en inglés) para repartir comida a través de Pima Meals on Wheels (Comidas sobre Ruedas de Pima).

PCOA sirve a 894 usuarios en el condado con un presupuesto de 4 millones. Lutheran Social Services y su otro subcontratista, Catholic Social Services (Servicios Sociales Católicos), entregan 300,384 comidas al año para sus clientes, con porciones de comida para siete días a la semana, además de que dejan suministros de comestibles, en caso de ser necesario, durante la pandemia provocada por el COVID-19, comenta Antonio C. Estrada, director del programa Older Americans Act de PCOA.

Álvarez se dirige a la Cocina Comunitaria Caridad del Banco Comunitario de Alimentos del Suroeste de Arizona, donde desinfecta sus manos y comienza a cargar una van blanca con comidas congeladas para cerca de 40 usuarios.

Los beneficiarios del programa Pima Meals on Wheels reciben comidad preparadas para varios días. Brenda Merino Álvarez reparte alimentos entre adultos mayores y discapacitados en sus domicilios.

Luego llena una hielera con cajitas de leche y acomoda las comidas congeladas, colocándolas en contenedores aislados con capas de hielo. Ella se mueve bastante rápido en una mañana soleada, pues ha realizado este trabajo por 9 años.

Una vez que la camioneta está cargada, Álvarez se dirige a la parte norte de Tucsón, a Catalina Foothils y el área de Sabino Canyon; luego baja hasta la parte sureste y el centro de la ciudad.

Brenda escucha reggaetón de los puertorriqueños Darell y Nio García con su canción “Llamé Pa’ Verte”, así como a otros artistas como “No es Tuyo”, de Malucci.

Su primera parada es en un ajardinado parque de casas móviles, en donde saluda a un hombre en la puerta de su casa. Él, que ya está en sus ochentas, toma una bolsa con varios recipientes de comida que incluyen un omelette con espinacas, pollo a la naranja, salisbury steak, un plato de carne de res, además de pan, mantequilla y leche. Él siempre sonríe; está muy agradecido.

“Para algunos, yo soy la única cara que ven realmente”, dice Álvarez, quien antes era cuidadora o “caregiver” a domicilio y quien usa desinfectante de manos antes y después de cada entrega de comida. “Muchos de sus familiares están fuera de la ciudad, así que sólo hablan por teléfono. Los que saben más de tecnología pueden hablar a través de Face Time o Skype. Pero algunos están perdiendo la vista y a otros no le alcanza para tener estos dispositivos. Algunos no tienen teléfonos celulares”, explica.

Antes del COVID-19, algunos clientes la invitaban a entrar. Ella los visitaba por unos minutos y se aseguraba de que estuvieran bien; algunas veces colocando ella misma las comidas en la barra o en el refrigerador, especialmente para aquellos con dificultad para moverse.

Otra parada es un complejo de alquiler de lujo en donde Álvarez toca en dos puertas, dejando comida a un hombre y a una mujer.

“Algunos pudieron haber tenido cirugías y necesitan ayuda temporal, así que pueden quedarse en casa sin tener que ir a un centro de rehabilitación”, dice Brenda antes de dirigirse a otro complejo de casas donde una mujer está en cama. Ahí, el esposo y una cuidadora atienden sus necesidades.

Otra usuaria que vive en un departamento está en una silla de ruedas; tiene una compañera de cuarto y también recibe ayuda de una cuidadora.

También está una mujer que sobrevivió a un paro cardiaco, pero está paralizada de su lado izquierdo. Su casa necesita pintura y la maleza ha invadido gran parte de la propiedad. Una hija la visita y limpia la casa frecuentemente, pero debido a su trabajo, requiere ayuda para las comidas de su madre. Su mamá camina despacio con un bastón y puede calentar las comidas listas para servir que Álvarez le deja.

Hay lugares en las afueras donde algunos adultos mayores han vivido por décadas. Ahora que son mayores y viudos, no pueden mantener sus propiedades. Ellos han sobrevivido, mientras amigos y familiares y sus hijos y nietos viven fuera del estado, dice Álvarez.

Una frágil mujer que tenía puesta una máscara abrió la puerta en una casa de ladrillo que necesitaba pintura en las molduras y en la reja de metal. Ella le pide que deje la bolsa cerca de la puerta y espera a que Álvarez suba a su van antes de abrir la puerta y recoger las comidas que le llevó hasta su casa.

“Ella está aterrada por la pandemia”, dice Álvarez. “Lo entiendo perfectamente y quiero que mis clientes y yo estemos seguros. Yo he sobrevivido al cáncer dos veces. Soy de alto riesgo por mis condiciones preexistentes”, comenta Álvarez sobre sus episodios de cáncer uterino y de colon.

Algunos clientes aún la invitan a utilizar el baño o le ofrece un vaso de agua, pero ella declina amablemente. Durante esta pandemia se detiene en alguna tienda para ir al baño y carga un galón de agua en su van. También come una ensalada en su hora de almuerzo, aunque a veces se detiene en algún restaurante de comida rápida.

Otra parada es en la casa de Dorothy Pellegrino. La mujer de 91 años está legalmente ciega y ha vivido en una casa estilo rancho cerca de Sabino Canyon desde 1966.

“Brenda es un amor. Es estupenda”, afirma Pellegrino, una oficinista retirada cuyo esposo murió en 1990. Antes de la pandemia, ella comía en restaurantes tres veces a la semana. Ahora el servicio de comidas a domicilio cubre sus necesidades.

Su familia vive fuera del estado y algunos familiares viven en el norte de Arizona.

“Tengo amigos que vienen a visitarme con frecuencia”. Practicamos la distancia social cuando nos sentamos afuera en el porche, dice Pelegrino.

Álvarez maneja su camioneta, serpenteando por caminos sinuosos en vecindarios, subdivisiones y comunidades cerradas en el sureste de Tucsón para repartir comidas, y luego se dirige a complejos de departamentos y viviendas públicas para los más ancianos en el centro.

“Disfruto mi trabajo”, dice Álvarez. “Lo disfruto porque puedo proveerles de una comida y una sonrisa. Eso les hace saber que hay alguien a quien sí le importan”.

Contacta a la reportera Carmen Duarte en cduarte@tucson.com.

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