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La historia de Vanessa te hace querer ser una mejor persona

La historia de Vanessa te hace querer ser una mejor persona

Vanessa Silva ha vivido la mayor parte de su vida lejos de sus papás. Fue presidenta estudiantil de su generación en Sunnyside High School y ahora es estudiante de tiempo completo en la UA.

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La pandemia del coronavirus no nos ha dejado a ninguno de nosotros ileso, pero realmente ha afectado a los jóvenes.

Las cuarentenas y restricciones se contraponen a su inclinación natural a unirse y crecer en grupo.

Pero es aún más difícil cuando eres presidente de último año en tu escuela preparatoria.

Y vives con tus abuelos.

Y haces muchas horas de voluntariado para ganar una beca.

Y empiezas a trabajar de tiempo completo.

Y tienes un caso grave de COVID-19.

Los desafíos han puesto a prueba a Vanessa Silva, de 19 años, graduada de Sunnyside High School y quien ahora asiste a su primer semestre en la Universidad de Arizona. A pesar de las probabilidades, lo está superando.

Silva ha vivido con sus abuelos la mayor parte de su vida. Cuando era estudiante de la escuela secundaria Apollo (Apollo Middle School), Silva recibió ayuda de una consejera, Rubi Soto, para hacer frente a los problemas familiares que la llevaron a vivir lejos de su mamá y su papá.

Soto puso a Silva en contacto con Youth on Their Own, una organización sin fines de lucro local que ayuda a los adolescentes que se encuentran sin hogar o algo parecido, como lo fue Silva. Ella calificó, ya que no recibía ninguna ayuda de sus padres.

El programa le proporcionaba a Silva una ayuda económica durante la secundaria para cubrir gastos como útiles escolares y tarjetas de regalo ocasionales para necesidades como ropa. Silva sobresalió en la escuela.

Tomó clases avanzadas, se involucró con el consejo estudiantil y fue elegida presidenta de la generación cuando estaba en su penúltimo y en el último año (junior y senior). Su último año, por supuesto, fue la desafortunada clase de 2020. Antes, como presidenta de la generación, había ayudado a planificar actividades como el baile de graduación. En su último año, terminó consiguiendo los letreros que la gente colocaba en sus patios para felicitar a los graduados. Fue difícil. “Fue un momento extraño, solo porque nadie sabía lo que iba a pasar. Antes de que esto sucediera, yo era tutora en unos complejos de apartamentos y me cambiaron a arrendadora de los apartamentos.

“Trabajaba de tiempo completo, hacía un trabajo en el que no tenía experiencia antes y tenía reuniones con el director de Sunnyside y con mi asesor de StuCo (el consejo estudiantil)”.

Hacia fines de marzo, debido a las preocupaciones sobre el COVID-19, Silva decidió mudarse de la casa de sus abuelos y regresar con su madre, a pesar de su historial de problemas.

“Fue realmente difícil en ese momento, porque el primer mes hubo mucha tensión y un poco de discusión”, dijo.

Y luego, a mediados de junio, Silva comenzó a sentirse mal.

“Me dio un dolor de cabeza. Al principio pensé que era migraña, porque las tengo debido a tanto estrés”, dijo.

Silva comenzó a sentirse débil, tenía malestar estomacal, tuvo fiebre de hasta 104.2ºC. Su tía, Sandra Andrade, enfermera titulada, insistió en que vigilara la saturación de oxígeno en la sangre.

“El día 22 revisé el monitor de saturación de oxígeno y me decía que mi saturación de oxígeno era 78 o 79”. Lo normal está entre mediados y altos de los 90. Su madre la llevó al Tucson Medical Center, donde inmediatamente le administraron oxígeno y luego la ingresaron. Su condición seguía empeorando.

“Fue realmente doloroso. Me sentía realmente débil. Me sentía como una nana, como una abuela”, dijo.

Su apetito disminuyó. Bebía agua y un poco de jugo. “Comía muchas zanahorias y pepinos. Simplemente no podía comer”. Su familia la saludaba desde fuera de la ventana del hospital y le llevaba algunas de sus comidas favoritas: pollo de Raising Cane’s y alitas de Wingstop. Ella no podía comérselos.

“A mitad de mi estadía en el hospital, empezó un dolor agudo en el pecho”. Tenía neumonía. “Hacía FaceTime a todo el mundo solo porque estaba muy sola ahí”. Uno de esos amigos de FaceTime era Patrick Robles, un compañero egresado de Sunnyside que iba un año adelante de ella.

“Cuando hice FaceTime con ella y vi los tubos de oxígeno en su nariz y su bata de hospital, no pude evitar sentir lágrimas en los ojos”, dijo Robles. “Traté de no mostrarlo”.

Silva nunca tuvo que usar un ventilador, pero tuvo una estadía difícil en el hospital. Fue dada de alta del hospital el 3 de julio y se fue a casa con oxígeno.

La casa era la de su tía, la enfermera. Estuvo en cuarentena durante dos semanas en una habitación de la casa, donde las rejillas de la ventilación estaban bloqueadas con un filtro y una toalla debajo de la puerta.

“Fue hasta que pasaron dos semanas que fui a la UA y me hice la prueba rápida. Di negativo. Fui a la tienda y no podía caminar por el pasillo”.

Pero su arribo a la universidad se acercaba en la UA el próximo mes, para bien o para mal. Silva había ahorrado dinero mientras trabajaba en la preparatoria y también recibió una beca y otra ayuda financiera.

Ahora es estudiante de tiempo completo, con una carga de 16 créditos en clases de matemáticas, español, antropología, religión y dos clases de biología: una de conferencia y un laboratorio. Ella había considerado ir a la escuela de medicina, pero ahora piensa que quiere ser enfermera, como su tía y como las personas que la atendieron en el hospital.

“Mis enfermeras fueron maravillosas”, dijo. “Me mantuvieron cuerda”.

Su tía enfermera también admira a Silva. “Ella siempre ha sobresalido, a pesar de todas las cosas por las que ha pasado en su vida”, dijo Andrade. “Lo ha hecho prácticamente por su cuenta”. Pero las cosas no han vuelto a la normalidad para Silva, quien vive en la casa de Andrade, en el suroeste de Tucsón. Para ella, aprender por computadora es un desafío y se ha sentido ansiosa desde la experiencia del COVID-19.

“Tengo una ansiedad terrible al salir”, dijo. “Mis amigos me dicen loquita del COVID, porque si toco algo, uso el desinfectante de manos”. Pero apenas el viernes, ella y Robles comieron en un restaurante chino, tomando precauciones.

“A pesar de que solo fuimos a comer pollo lo mein, fue muy divertido, porque estas son las experiencias que solíamos dar por sentadas”, dijo Robles.

Su perseverancia también es impresionante, una señal de lo que los jóvenes pueden lograr frente a las enormes decepciones y desafíos de esta época.

“A pesar de lo todo lo que ha pasado, tiene este nivel de resistencia que es simplemente asombroso”, dijo Robles sobre su amiga. “Te hace querer ser una mejor persona”.

Contacta al columnista Tim Steller en tsteller@tucson.com or 807-7789.

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