No es una exageración afirmar que todas las mamás dedicadas a sus hijos son emprendedoras y creativas.

Y algunas además son dueñas de su propio negocio.

Es el caso de Patricia Padilla, Graciela Zavala y Amanda Aguayo, quienes llegaron a Tucsón en diferente tiempo y circunstancias, y que ahora tienen en común el ser madres y haber encontrado en sus empresas una forma de realización e independencia.

Las tres de alguna forma han incorporado a sus hijos en sus proyectos y forman parte de uno de los segmentos empresariales en auge, el de latinas propietarias de negocios.

“Los negocios propiedad de latinas constituyen el segmento empresarial de más rápido crecimiento en Estados Unidos y estaban cruzando umbrales en muchas industrias previamente dominadas por hombres”, escribió Lea Márquez Peterson, presidenta de la Cámara de Comercio Hispana de Tucsón, en un artículo publicado en noviembre de 2017 en el sitio web de la organización.

Francisca Villegas, directora del Women’s Business Center, la rama de la YWCA que apoya a las mujeres que quieren crear o hacer crecer un negocio, dijo que en el presente año fiscal el WBC ha atendido a 885 personas, de las cuales más de la mitad son empresarias latinas.

El Women’s Business Center se ubica en el 243 W. 33rd St. y ofrece servicios gratuitos de orientación y asesoría para mujeres emprendedoras. Francisca Villegas puede ser contactada en el (520) 447-8911. Las mujeres que conoceremos en este artículo han aprovechado de alguna forma los recursos del WBC.

La fotografía es su pasión, especialmente cuando se trata de retratar a recién nacidos. Con sólo un año viviendo en Estados Unidos, Patricia es una de las latinas que recientemente ha abierto un negocio formal en Tucsón.

Lo instaló hace un mes en un local al norte de la ciudad, en 2410 W. Ruthrauff Road, después de varios meses trabajando desde casa; después de dar a la luz a dos niños; después de estudiar podología en Hermosillo y trabajar en una clínica en Nogales, y después de ayudar a su mamá a superar uno de los trances más difíciles de su vida, el cáncer de mama.

Y aunque es cansado combinar el trabajo de su estudio, Patricia GF Photography, con el cuidado de Louis y Elliot, ambos menores de 2 años –especialmente cuando a punto de salir de casa el más grandecito decide echarse algo en la cabeza o quitarse el pañal–, la recompensa para Patricia es saber que está en el camino correcto.

“Siempre dije, ‘yo no voy a trabajar para nadie más’”, recuerda, “y miedo nunca he tenido. Eso sí, aquí no hay día de descanso”.

Patricia y su esposo, Luis Padilla, se coordinan para que uno cuide a los niños mientras el otro trabaja y se complementan también en el negocio, él como diseñador gráfico. Cuando ambos están trabajando su suegra ayuda con los niños.

Viendo a su esposo trabajar fue como ella aprendió a manejar los programas de edición de fotos y en los últimos meses ha tomado todos los cursos de fotografía en línea que ha podido, aunque dice que toma fotos desde los 10 años.

En las mañanas, cuando ella está en casa con los niños, se enfoca en ellos. “Apago el celular”, dice Patricia. “Y me encanta hacerles fotos. El más grande es mi modelo”.

Su intención es enseñarles desde ahora el valor del trabajo. “Les digo que trabajan conmigo. Quiero que cuando crezcan quieran ganarse las cosas. Que pregunten, ¿en qué te ayudo? Porque para mí todo ha sido un sacrificio. Siempre he tenido que dejar unas cosas por otras”.

Mujeres modelo

Criada en Nogales, Sonora, Patricia creció rodeada de mujeres fuertes. Su mamá las crió a ella y a sus tres hermanas menores elaborando todo tipo de manualidades para venderlas.

Y cuando hace dos años tuvo que pasar una temporada en Ciudad Obregón para recibir quimioterapia, Patricia, embarazada de su hijo mayor, se fue con ella, se rapó la cabeza con ella y se encargó de ser fuerte para ella.

“Nos divertíamos mucho mi mamá y yo con las pelucas, eso estuvo bien padre”, dice Patricia, sonriendo, “pero por dentro yo estaba que me moría”. Sus hermanas menores tenían sólo 12 y 11 años.

Patricia transformó esa experiencia en impulso.

“Aprendí a valorar a todas las personas. A tratar a los clientes siempre con una sonrisa”, dice Patricia en su estudio adaptado para que los bebés se relajen y le permitan a ella retratar su esencia. “Nunca sabes en qué situación se encuentre la gente”.

Su abuela paterna ha sido otro modelo. Estudió corte y confección y, aunque su edad ya es avanzada, sigue cosiendo y vendiendo la ropa en su pequeña tienda en Guadalajara, Jalisco.

“Es que todo se puede”, asegura Patricia, quien también disfruta mucho de las sesiones de foto al aire libre. “Lo único que te limita es tu mente.

“¿Qué puede pasar? ¿Qué fracases? Eso es todo. Lo que no funciona es quedarte sin hacer nada”.

Graciela Zavala, 49 años

Imagina a una mujer que llega del centro de México muy joven, recién casada, sin documentos legales para vivir en Estados Unidos, sin estudios más allá de la secundaria y sin saber una pizca de inglés.

Así vino Graciela Zavala. Así llegó antes su esposo, Manuel Granada. Ambos originarios de Irapuato, Guanajuato. Ambos ahora ciudadanos norteamericanos, padres de tres hijos -dos de ellos profesionistas y una en preparatoria- y propietarios de una fábrica de maletines para médicos y rescatistas.

Es el sueño americano hecho realidad.

Son la tenacidad, el trabajo y el deseo de superación.

Cuando la pareja se mudó a Tucsón desde Los Ángeles, donde Manuel ya había trabajado para fabricantes de maletas y donde incluso había experimentado con un negocio antes de casarse con Graciela, ella se dedicaba exclusivamente al hogar.

Pero Graciela sabía que también podía producir.

Le insistió a su esposo para que comprara máquinas de coser, al fin que ella desde niña había aprendido a usar la máquina de su mamá, quien siempre trabajó en restaurantes para sacar adelante a sus ocho hijos. Ella tenía sólo 4 años cuando su papá murió.

Y empezó a coser maletas. Y empezaron a entrar dos cheques a la familia. Y empezaron a viajar a Los Ángeles para comprar ropa defectuosa al mayoreo. Graciela la reparaba y la vendían en el Swap Meet de la Palo Verde.

A los años, los propietarios de la fábrica de maletas para la que producían estaban listos para retirarse del negocio y los animaron a continuarlo ellos. Manuel no estaba seguro, ya había vivido las dificultades de mantener una empresa que se vino abajo. Pero Graciela insistió, y aquel fracaso se convirtió en experiencia. Se volvió un activo.

Habían aprovechado el programa de amnistía de la reforma migratoria de 1986 y se hicieron ciudadanos norteamericanos.

“Cuando los niños estaban chicos era muy difícil”, cuenta Graciela. “Estuve enferma por estrés a los 32 años. Yo lavaba, planchaba, los llevaba a la escuela y me venía a trabajar. En las tardes los traía aquí con nosotros. No sé cómo tenía tanta energía”.

Fue energía bien invertida. Ahora su hijo mayor, de 29 años, es veterano del U.S. Navy y trabaja en inteligencia secreta; estudió un la Universidad de Arizona. Su segunda hija, de 25 años y también egresada de la UA, vive en California y trabaja para Apple, el gigante de la tecnología.

La menor, de 17 años y más inclinada a las artes, está en preparatoria.

Graciela y su esposo tuvieron que parar las ventas en el tianguis porque el trabajo en Luna Company, su fábrica de maletas para la marca L.A. Rescue, los absorbía. Ahora tienen siete empleados fijos más una señora que les fabrica por fuera y que también emplea a más gente. Y antes de la gran recesión económica de hace unos años llegaron a tener 30 empleados.

Este 10 de mayo, Graciela, voluntaria en la Iglesia de Santa Elizabeth Ann Seton en Tucsón, lo pasó con su mamá en Guanajuato.

Ella ha sido su ejemplo e inspiración. De ahí salió la energía.

“Admiro tanto a esas mujeres emprendedoras que no se dejan caer, que están al frente de todo”, dice Graciela, orgullosa. “Y más las admiro cuando están solas. Mis respetos para ellas”.

Aunque le iba bien en Hermosillo, donde tenía su propio salón de belleza, Amanda Aguayo buscaba algo más. Quería un cambio en su vida y prosperidad.

Se vino a Tucsón, donde vivía Israel, entonces su único hijo.

“Él me dijo, ‘mamá, aquí está lo mejor de lo peor de Latinoamérica’. Todavía no sé bien qué me quiso decir, pero aquí estoy”, dice Amanda.

Israel tuvo que regresar a México deportado, pero dejó a un hijo que estaba en gestación. Entonces Amanda supo, con su sentido materno, que esa era la razón por la que ella estaba en Tucsón, que el niño la necesitaría. Después de 3 años y medio, las autoridades determinaron que el pequeño no podía seguir con su mamá biológica.

“Ahora soy la mamá de mi nieto”, dice Amanda, quien adoptó a Isaías hace más de 6 años. “Él es mi más grande motor para aventarme a tener mi propio negocio. Quiero trabajar más independiente y que él vea que se puede hacer”.

Amanda abrió Grant Salon en 18 W. Grant Road hace un par de meses, después de 17 años trabajando en otros dos salones de Tucsón.

“Él dice que él es mi socio”, cuenta Amanda sobre Isaías, de 10 años, “y yo le digo que sí, y que con esto él va a pagar su universidad”.

El niño entra temprano a la escuela y a las 8 de la mañana ella ya está en el salón. Lo recoge a las 5 p.m. y, si es necesario, lo lleva con ella a trabajar, igual que lo hace cada sábado. Así lo ha hecho desde que están juntos.

Solidaridad entre mujeres

Con Amanda trabaja Andrea Contreras, de 26 años, también de origen hispano. Está en los primeros años de su carrera como artista de la micro pigmentación de cejas.

“Ella antes trabajaba desde su casa y siento que esta es una forma de apoyarla. Ambas nos ayudamos como mujeres, nos damos confianza”, dice Amanda.

Originaria de Carbó, un pequeño poblado cerca de Hermosillo, Amanda visualiza la expansión de su negocio. “Quiero tener al menos tres estilistas más. Después quiero tener un espacio más grande para apoyarlas”.

Ella es una de las mujeres que da testimonio de lo que el Women’s Business Center puede hacer. Ahí la ayudaron a tramitar los permisos, a crear su plan de negocios y hasta a rentar el local en la plaza comercial en Grant y Stone.

Tener un negocio es mucha responsabilidad y requiere mucho trabajo, admite Amanda, “nadie va a venir a abrir por ti”, pero también te da más libertades. “Yo lo recomiendo. Veo a muchas mujeres que tienen el potencial de independizarse y no lo hacen por miedo”.

Las mujeres necesitamos voltear a vernos más, dice, “darnos tiempo para nosotras mismas, elevar nuestra autoestima, ponernos bonitas y trabajar para nosotras”.

Contacta a Liliana López Ruelas en llopez@tucson.com o al (520) 807-8479.