Ahí me disculpará usted, pero no puedo comenzar esta columna sin antes mencionar la (asoleada) aventura que su servidor y otros 20 lanzados vivimos este fin de semana. Sucede que fui invitado a participar en el rodaje de un cortometraje dirigido por un ex-alumno mío (el Sam Reyes, pa' los compas) a unas playas solitarias de Manzanillo, Colima.
Y ahí nos tenía a todos el méndigo, con la productora (la ojiverde de Jessi) regañándonos a todos mientras nos servía ensalada de atún en el desayuno, la comida y la cena, pa' luego regresar al inclemente sol y continuar filmando un alucinante guión (en cuya creación colaboré) sobre un chamán quisquilloso que le da vida a un monstruo azul que le da por matar turistas… ¡qué tal!
Pero en fin, entremos en calor y comencemos a comentar la cinta de esta ocasión, nada más y nada menos que 300 (Zack Snyder, 2007) que, al igual que la odisea del fin de semana, está más que pintada para ser una experiencia inolvidable. ¡Ahí va, pues!
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Capas y faldillas de colores rojos, bikinis de piel, lanzas y flechas al por mayor, secuencias de acción súper estilizadas, hombres recios, paisajes alucinantes y efectos especiales que en el aspecto visual lo dejarán como conejo lampareado, es lo que verá en la adaptación de otra novela gráfica de Frank Miller.
Se dice que Miller se había mostrado reacio a cualquier versión fílmica de cualquiera de sus novelas, pero sólo bastó que Robert Rodríguez le proyectara un ejemplo de cómo se vería filmada su Sin City (y, bueno, que viera los resultados en taquilla), para que también soltara los derechos de 300.
La cinta nos remonta al Monte de las Termópilas, en Grecia, en el año 480 antes de Cristo, cuando un puñado de espartanos (300 de ellos, de ahí el título), a cargo de un ejército de otros mil, se enfrentaron a más de un millón de soldados persas, en una de las batallas más legendarias que la humanidad tenga memoria.
Con una estética preciosista, Snyder se da gusto jugando insistentemente con cámaras lentas y paisajes artificiales espectaculares (nada es real, todo es animación digital), pero sobre todo con los colores rojos en fondos oscuros. Pero no crea que la mayor aportación de mencionado color viene de las capas que, aunque seguramente son bastante incómodas para la batalla, sí lucen en los soldados, sino en la sangre que sale de las frecuentes decapitaciones y otras heridas mortales que suelen adornar lindamente estos enfrentamientos de metales.
El asunto aquí es interesante y vale la pena la revisión: sucede que Xerxes (Rodrigo Santoro) el rey persa, ha reunido un ejército numerosísimo de enjundiosos guerreros que lo acompañan para invadir Grecia, conquistarla y así agregarla a su imperio.
Lo que éstos (los persas) no saben, es que los griegos, así de desprevenidos como estaban, se las arreglan para enviar a 300 soldados espartanos, los cuales (como usted sabe, y si no, pues le cuento) eran los guerreros más disciplinados, efectivos y entregados que ha conocido la historia.
En fin, el caso es que, al frente de esta comitiva de 300 valientes, se encuentra el rey Leónidas (Gerard Butler), quien antes de permitir que sus súbditos caigan bajo el poder de fuerzas extranjeras y se conviertan en esclavos, es capaz de perder la vida en batalla.
Y si la estética visual sobresale, también los ideales espartanos hacen lo propio, pues al igual que en la novela gráfica de Miller, en la cinta se subraya el sentido del deber y del sacrificio de los espartanos, eso, y su disciplina, sus ideas de valor, y su voluntad por alcanzar la gloria.
No olvide palomearse esta cinta, imprescindible para quienes disfrutan de una buena propuesta visual y excelentes coreografías de batalla. ¡Hasta la próxima!

