Bruce Willis, como ya lo ha de saber usted, es mi actor favorito y no porque sea un súper dotado histriónicamente, sino porque dentro de los parámetros del típico actor de acción, para mí representa la presencia masculina más alivianada de la industria del cine.
Y es que el desenfado con el que el ex de Demi Moore encarna al típico policía rebelde, que sufre de resacas frecuentes, valeroso como el que más y con un sarcasmo listo para ridiculizar hasta al villano más desalmado, hizo que la saga Die Hard mantuviera su gran cuota de seguidores hasta la fecha, siendo esto evidente todavía hace poco, cuando apareció el cuarto capítulo de la mencionada serie.
Si usted, así como yo, quiere observar de nuevo a Willis en acción, vaya al cine a ver su nuevo trabajo en Surrogates (Jonathan Mostov, 2009), una historia futurista que plantea algunos dilemas éticos que arrastra la tecnología en el mundo actual, provocados por la dependencia y el uso excesivo de los aparatos tecnológicos, como los teléfonos celulares, las consolas de video juegos y las computadoras personales.
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Ambientada en el futuro, la historia se enfoca en unos robots sustitutos que ofrecen a los usuarios la oportunidad de vivir la vida a través de otro desde la comodidad y la seguridad de sus hogares. Estos artefactos representan la liberación máxima, pues representan la desaparición del dolor físico y del desgaste mental de la vida diaria, y con los cuales obtener placer es tan fácil como enchufar un aparato.
Lioner Canter (James Francis Ginty) es un personaje solitario y un genio que labora en el famoso MIT (Massachusetts Institute of Technology), cuyos asombrosos experimentos le han permitido crear una población de robots sustitutos.
Confinado a una silla de ruedas, Canter empezó experimentado con prótesis cuando estaba en el MIT, pero con el tiempo, su investigación le llevó a inventar una nueva tecnología que permitía descodificar los impulsos cerebrales y transferirlos como señales a seres humanos sintéticos, los cuales funcionan por control remoto.
Cada sustituto está directamente vinculado a un ser humano (a unas calles o a cientos de kilómetros de distancia), que controla a sus replicantes neurológicamente. Sin una mente humana que envíe y reciba impulsos mientras están sentados en un dispositivo especial llamado "silla de estimulación", estos dobles robotizados están totalmente inertes. Es así como nace el mundo de los sustitutos, el cual aplauden millones, pero que otros desprecian.
Ving Rhames encarna al Profeta, el líder de un grupo de ciudadanos descontentos que se opone con pasión a la atrocidad de este estilo de vida tecnológico, y es que la gente ha exagerado tanto su uso de surrogates que vive sus vidas por control remoto desde la seguridad de sus casas, experimentando su vida a través de estos robots sustitutos.
Estas representaciones mecánicas de ellos mismos conviven en un mundo ideal donde el crimen, el dolor, el miedo y las consecuencias no existen. Es en esta utopía donde se produce algo totalmente inesperado: el primer asesinato de un sustituto, en el cual, extrañamente, ocurre algo que parecía imposible, la muerte del humano que lo controlaba a distancia.
Aquí es donde aparece el agente del FBI Greer (Bruce Willis), quien descubre una conspiración tras el fenómeno de los robots sustitutos. Decidido a llegar hasta las últimas consecuencias, Greer se verá obligado a arriesgar su vida tras abandonar la seguridad que le proporciona su robot sustituto, para tratar de desvelar el misterio.
No se la pierda, los efectos especiales y el guión son bastante inteligentes; además, súmele el hecho de que la cinta está basada en una novela gráfica de culto y que Willis repite a su célebre personaje de John McClane en Die Hard, sólo que futurista, tal como lo hiciera ya en The Fifth Element (Luc Besson, 1997). Nos vemos en el cine.

