Filmada hace nueve años (en l998 para ser precisos), La Otra Conquista (The Other Conquest, Salvador Carrasco), es una cinta que ha merecido su re-estreno en las salas de cine, debido seguramente al éxito de otra película que aborda una historia ambientada en el periodo de la decadencia de la cultura maya: Apocalypto (Mel Gibson, 2006).
La cinta del otrora actor de acción, ahora en camino a convertirse en director de culto (Gibson), tiene un soporte histórico más o menos bien informado sobre la época en la que centra la historia. Eso sí: ha aparecido una buena cantidad de especialistas que le han reclamado su enfoque altamente negativo y violento sobre la cultura que retrata, y el que, para asegurarse un buen espectáculo (y resultados en taquilla), se haya apoyado mayormente sólo en bien planeadas escenas de acción y una elaborada ambientación de la época.
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La Otra Conquista, por otro lado, cuenta su historia dentro de una perspectiva casi totalmente opuesta, ya que la lucha no ocurre en el ámbito físico, en el combate cuerpo a cuerpo (aunque sí hay violencia física), sino en el espiritual. Que no espere el espectador de esta obra un ritmo vertiginoso ni una producción con toda la parafernalia de un Blockbuster, sino una historia intimista y profunda sobre los efectos inmediatos de la conquista que sufrió México a mano de los españoles.
Salvador Carrasco, su director, propone una versión sumamente interesante del episodio de asimilación posterior a la derrota azteca, en ese momento histórico clave en que dos culturas se encontraron, y donde los nativos conquistados por España confrontaron sus propias raíces, sus propias creencias, con todas aquellas ideas que comenzaron a absorber del conquistador.
El encuentro, como se sabe, tuvo un resultado terrible para el conquistado: su casi desaparición física, debido al aniquilamiento de más del 70 por ciento de la población (aunque hay historiadores que aventuran un 90 por ciento), y la erradicación casi total de sus tradiciones y creencias religiosas.
La Otra Conquista se ubica en 1520, durante la destrucción de Tenochtitlan, la capital del imperio Azteca. En las primeras escenas vemos cómo un joven azteca llora por la muerte de su madre, llanto que podría representar a escala el sentimiento de los demás habitantes de este gran imperio que veía y casi aceptaba su inminente derrota.
La cinta cuenta la historia del joven que hace seis años lloraba la muerte de su madre en el palacio, Topiltzin (un excelente Damián Delgado), hijo ilegítimo del emperador Moctezuma. Su odisea comienza cuando es sorprendido, ofreciendo un códice pintado por él mismo como ofrenda a Tonaltzin, la diosa madre de los aztecas, códice en donde representaba el sufrimiento de los suyos.
Llevado ante la presencia de Cortés (Iñaki Aierra), es perdonado de su "sacrilegio", sólo para ser llevado prisionero a una celda y luego torturado, todo con la intención de hacerlo aceptar la nueva fe. Posteriormente es adoptado por un fraile que se adjudica a sí mismo la misión de "salvar" el alma del joven príncipe, pero es tanta y tan firme la fe que el religioso español observa en su protegido, que él mismo comienza a dudar de la propia.
Son muchos los aciertos de la cinta, pero quizás sobresale más el esfuerzo de Carrasco por representar esta lucha espiritual en la que, con sólo dos personajes (Topiltzin y fray Diego), se representa de manera metafórica el combate interior que sufrieron de cerca ambas culturas.
Tal vez el objetivo de Carrasco es muy ambicioso, pues pone nuevamente sobre la mesa el tema indígena y su eterno esfuerzo por mantener sus tradiciones y creencias. En mi opinión no sólo sale bien librado de la empresa, sino que, aun sin haberlo intentado (apareció ocho años antes), su obra cumple con proponer una perspectiva alterna de la visión del indígena que, a causa del éxito de Apocalypto, ha circulado en el ambiente cinematográfico, y eso es ya de por sí un motivo para ir a buscarla a las salas de cine.

