SAN DIEGO – En semanas recientes, hablé en centros universitarios sobre la inmigración, los electores latinos y la elección presidencial, todo relacionado.
Donald Trump no sale bien parado en mis comentarios. Pero tampoco lo hacen Hillary Clinton, Ted Cruz ni Bernie Sanders.
Clinton ha dicho todo tipo de cosas sobre el tema de la inmigración. Mientras servía en el Senado, se jactó, ante un locutor de radio conservador de Nueva York, en 2003, de que estaba “categóricamente en contra de los inmigrantes ilegales.” Apoyó la construcción de murallas fronterizas al estilo de Trump cuando votó por la Ley de la Cerca Segura de 2006 porque, tal como lo expresó al Daily News de Nueva York, “un país que no puede controlar sus fronteras falla en una de sus obligaciones fundamentales”.
Más tarde, en 2014, Clinton dijo a CNN que los niños refugiados de América Central “debían ser enviados de vuelta”, aún cuando no tuvieran acceso a un abogado ni el beneficio de una audiencia para determinar si tenían el derecho legal de permanecer en Estados Unidos.
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Esa postura no fue sólo despiadada. Fue también irónica, dado que la mayoría de los refugiados venía de Honduras—el mismo país al que Clinton ayudó a hacer añicos cuando, como secretaria de Estado, apoyó el golpe militar que derrocó al presidente Manuel Zelaya y resistió la presión global para reinstaurarlo.
Cruz es un abogado brillante que promete terminar con las “ciudades santuario”. Pero el concepto es un mito, y el senador de Texas debe haber estado ausente el día que los profesores de la Escuela de Derecho de Harvard enseñaron que no hay ciudad en Estados Unidos donde se aplique la ley federal. Cruz es también hijo de un inmigrante cubano y dice que quiere reorganizar el sistema migratorio, pero nunca menciona la posibilidad de eliminar la Ley de Ajuste Cubano de 1966, que recibe a los cubanos en Estados Unidos en una alfombra mágica.
Además, si Cruz resultara electo presidente, y de pronto quisiera encontrar una solución para la inmigración para complacer a la Cámara de Comercio de los Estados Unidos, enfrentaría otro obstáculo. Por ser latino, algunos de los que se oponen a la reforma migratoria integral de ambos partidos afirmarían que Cruz estaba “respondiendo a sus raíces” y cediendo al llamado de su etnia.
Mientras tanto, los instintos proteccionistas de Sanders se extienden más allá del comercio y entran en el tema de la inmigración.
Sanders dijo que las fronteras abiertas son un complot de los intereses derechistas para crear un aluvión de trabajadores no-especializados, a fin de reducir los jornales. Sanders votó contra una propuesta de ley de reforma migratoria hábilmente redactada por ambos partidos en 2007, que habría concedido categoría legal a los indocumentados. Dice haber votado bajo el consejo de los grupos de incidencia latinos.
Es difícil creer eso dado que, en muchos otros asuntos, que van desde el comercio a la reforma educativa, Sanders desafió a esos mismos grupos. La verdad es que los latinos nunca estuvieron en el radar del senador de Vermont, y—a pesar de referencias pasajeras a la inmigración, recientemente, en discursos de la campaña, eso no cambió.
Aún así, Trump es el que se lleva el premio. Hábil en el mercado, con un doctorado en naturaleza humana, comprendió que muchos estadounidenses creen que los inmigrantes ilegales están arrollando la frontera mexicano-americana y llevándose los puestos de trabajo de los estadounidenses, además de aprovecharse de los contribuyentes estadounidenses utilizando los servicios escolares, la asistencia médica y otros beneficios.
Además, Trump se dio cuenta de que a muchos estadounidenses les inquietaba que los inmigrantes fueran peligrosos, así es como pintó a los inmigrantes mexicanos como violadores y asesinos y se posicionó como la persona que protegería a la ciudadanía al construir una “gran y hermosa muralla”. La inmigración es un asunto complicado, pero Trump adoptó un enfoque simplista.
A propósito, al pintar a los inmigrantes como delincuentes, el puntero republicano utilizó un punto del presidente Obama quien, cuando sostuvo que su gobierno concentra sus esfuerzos en atrapar a personajes malvivientes, a menudo recurre a utilizar el término con carga racial "gang-banger" o "pandillero".
Sólo John Kasich comprende correctamente el asunto de la inmigración. Merece felicitaciones por resistir a esos elementos del Partido Republicano, quienes creen que se pueden revertir los cambios demográficos que tuvieron lugar en Estados Unidos en los últimos 30 años, si se deporta a suficientes individuos, se contratan suficientes guardas fronterizos y se construyen suficientes murallas. No deportaremos a 11 millones de personas, dice Kasich al público republicano. De hecho, dice, si lo eligen presidente, es probable que conceda a los indocumentados un camino a una categoría legal.
Y a diferencia de los demócratas, quienes estarán eternamente comprometidos por su ciega devoción a los sindicatos anti-inmigrantes, cuando Kasich dice eso, uno tiene las sensación de que lo dice en serio.
Últimamente, se habla mucho sobre cómo los electores latinos tienen tanto poder. No lo tienen. Como otros estadounidenses, lo que tienen son opciones. Y si el debate de la inmigración es un indicador, casi todas ellas son malas.
La dirección electrónica de Rubén Navarrette es ruben@rubennavarrette.com.
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