Aquí no es Guadalajara. No es Mazatán ni la Ciudad de México. No hay sitos monumentales aquí, ni Basílica de Zapopan, ni ruinas de Tenochtitlán, ni tampoco playas bañadas por el sol. Sin embargo, aquí te rodea un mar interminable de campos de agave azul. Aquí el olor a tortillas frescas de maíz recién hechas te invitan a todos los cálidos hogares. Aquí el sonido del viento silva entre los árboles de mangos, el toque de musgo fresco en todas las superficies y la vista de viejos y humildes inicios te atraen.
A diferencia de las ciudades vecinas que le dan a México sus características de llevar las riendas, San José de Ornelas no cuenta con ruinas arqueológicas o hitos turísticos. Aquí, el arduo trabajo en los campos de alrededor, así como un espíritu invisible, marca a su propio pueblo más que cualquier otro atributo. Y de aquí es de donde soy yo.
El recorrido en auto de 45 minutos desde Guadalajara, la ciudad más cercana a San José de Ornelas, se recorre con facilidad por el campo. Cada milla está llena de exuberante vegetación y con un patrón de tonos de colores de los campos de agave de los sembradíos de alrededor, así como prados llenos de flores tropicales. El paseo envuelve de forma espiral el cielo soleado y cálido en una enorme imagen borrosa de nubes de dulce de algodón interminables.
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Manejando por la solitaria carretera, lo único que veo son chicos andando en burro y un pequeño puesto que vende tacos. Estos raros aspectos de la vida me parecen una ilusión óptica, igual que San José de Ornelas cuando aparece a lo lejos. Conforme uno se va acercando, uno puede ver antiguos edificios de piedra rebosantes con flores y árboles de frutas tropicales, como si fuera un pueblo que lo habían sacado de una pintura.
San José de Ornelas fue fundado en 1945 por mi abuelo, Papá Juan. Es una aldea de más o menos unas 150 personas y dos calles empedradas. El pueblo cuenta con un poste de luz localizado enfrente de la pequeña iglesia y con una tiendita de abarrotes del tamaño como de un baño de una casa típica estadounidense.
San José de Ornelas es algo surrealista. Las manecillas del reloj de la vieja torre de la iglesia han estado congeladas por años, lo cual imita el sentimiento general del pueblo. No hay relojes con alarmas o llamadas para despertar a la gente, más bien, la vida se vive bajo la felicidad y el placer de la propia gente.
El cálido encanto del pueblo también se refleja en los colores naturales de cafés y verdes que se usan para dar vida a las altos muros blancos de las calles empedradas. En la plaza está el kiosco del centro y el jardín del pueblo; coloridos rosales que crean un camino curvado por el pequeño parque con bancas blancas y árboles de naranjos el cual lleva a una lavandería al aire libre, donde mis tías todavía lavan la ropa en lavaderos de piedra y la tienden para secarse al aire fresco de la primavera.
La comunidad de San José de Ornelas es sólida, pero la mayoría de los foráneos no se imaginarían los sacrificios que muchos hicieron para que el pueblo floreciera. Aquí valoramos las dificultades que el pueblo ha superado.
Cuando mis abuelos se mudaron aquí, recordaron una época de penurias. Durante esos primeros años, su casa, para su creciente familia de cuatro miembros, consistía en una choza pequeña que medía 15 por 18 pies sin agua corriente o electricidad. La tierra alrededor de ellos no era buena para cultivar, así que tuvieron que encontrarse empleo. Mi Papá Juan compró las primeras tres vacas para el pueblo en 1951 para abastecer y vender leche fresca en los pueblos vecinos. Con este ingreso, él invirtió en el pueblo comprando más vacas, comprando mejor tierra para cultivar y construyendo casas para las futuras generaciones.
La casa original que mi Papá Juan construyó en 1945 y el viejo pozo el cual proveyó de vida al pueblo ahora están en total deterioro, pero eso sólo le da un aspecto romántico y de humildad al pueblo. Detrás de los muros deslavados de adobe de la casa original hay otro mundo cautivador que siempre nos hace regresar a nuestros humildes inicios. Las paredes en estado de descomposición nos recuerdan que nada es más importante que nuestro arduo trabajo y nuestra humildad.
Esos sencillos comienzos, a los cuales mi Papá Juan les dedicó su vida entera, personifican nuestra ética y espíritu de nuestra labor. Aquí no trabajamos arduamente las largas jornadas en los campos de agave por un salario, ni construimos nuestras casas para lucrar.
Más bien nos sentimos orgullosos de saber que al final de cada día nuestras vidas estuvieron dedicadas a este pequeño pueblo y al arduo trabajo de mi familia para seguir conservarlo nuestro.
Karina Salazar está en su tercer año de estudios de periodismo en U of A y es graduada de Sunnyside High School.
English Version
Here, it is not Guadalajara. It is not Mazatlan or México City. There are no monumental landmarks here, no Basilica de Zapopan, no pyramid ruins of Tenochtitlan, or sun-kissed beaches. However, here endless seas of blue agave fields surround you. Here the smell of fresh homemade corn tortillas invite you into every warm home. Here the sound of the wind whistling through the mango trees, the touch of fresh moss on every surface, and the sight of humble old beginnings lure you. Unlike the neighboring cities which give México its reining characteristics, San José de Ornelas harbors no archeological ruins or tourist landmarks. Here hard work in the surrounding fields and an invincible spirit marks this town more than any other attribute. This is where I'm from.
The forty-five minute drive from Guadalajara, the nearest city to San José de Ornelas, breezes through the countryside. Each mile is filled with lush vegetation and patterned with specks of colors from neighboring agave fields and tropical flower meadows. The drive swirls the sunny warm sky into a giant blur of endless cotton-candy clouds. Riding the lonely highway the only things I see are a boy riding a burro and a small taco stand. These rare appearances of life seem like optical illusions, just like San José de Ornelas when it first appears in the distance. As you get close, you see old stone buildings blooming with flowers and tropical fruit trees, like a town transplanted from a painting.
San José de Ornelas was founded in 1945 by my abuelo,Papa Juan. It is a village with about 150 people and two cobblestone streets. The town has one light post located in front of the small church, and one small convenience store the size of most Americans' bathrooms.
San José de Ornelas is surreal. The clock's hands on the old church tower have been frozen for years, imitating the feeling of the town. There are no alarm clocks or wake-up calls, instead life is lived through one's own enjoyment and delight.
The warm charm of the town is also reflected in the natural browns and greens used to brighten the high white walls lining its cobblestone roads. In the plaza the center gazebo and garden of the town, bright rose bushes create a winding path through the small park with white benches and orange trees leading to an open-air lavandería, where my aunts still wash their laundry in stone tubs and hang them to dry in the fresh spring air.
San José de Ornela's small community is strong but most outsiders wouldn't know the sacrifices many took for the town to flourish. Here we cherish the struggles the town has overcome.
When my abuelos first moved here, they recalled a time of hardship. During those first couple of years, their house for their growing family of four consisted of a small shack measuring 15 by 18 feet with no running water or electricity. The land around them was unsuitable for cultivation and so they had to find work. My Papa Juan bought the first three cows for the town in 1951 to supply and sell fresh milk in neighboring towns. With his small income, he invested in the town by buying more cows, buying better land to farm, and building more houses for future generations.
The original house my Papa Juan built in 1945 and the old well that supplied life to the town have now fallen into decay, but that only enhances the romance and humility of the town. Behind the weathered brick and adobe walls of the original house is a captivating other world that always takes us back to our humble beginnings. The decomposing walls remind us that nothing is more important than our hard work and our humility.
These simple beginnings, which my Papa Juan dedicated his whole life to, epitomize our work ethic and spirit. Here we do not toil long hard days in agave fields for salary, nor do we build our own houses for profit. Instead we take pride in knowing that at the end of each day our lives are dedicated to this small town and my family's hard work of keeping it our own.
Karina Salazar está en su tercer año de la universidad. Se graduó de High School. Contacte a Karina al ksalazar@email.arizona.edu

