Se cumplieron el 1 de septiembre, 33 años de la tragedia en 1983 del vuelo 007 de Korean Air Lines (KAL), que cubría la ruta New York-Seoul. El Boeing 747 con 269 ocupantes, 246 pasajeros y el resto tripulantes, incluido un miembro de la Cámara de Representantes de Estados Unidos, y que había realizado escala en Anchorage, Alaska, fue derribado por aviones militares soviéticos.
Es un hecho que la aeronave civil había desviado su curso internándose en espacio aéreo soviético sobrevolando la península de Kamchatka, donde se sabía se localizaban instalaciones militares ultra secretas de los rusos. Al no recibir respuesta del 007, uno de los Su-15 enviados a interceptarlo procedió a derribarlo inmisericordemente para hundirlo en el mar de Japón.
Todavía hoy se discute acerca de las posibilidades de un error genuino de los pilotos del 007, de un problema en los sistemas de navegación o, bien, de que en realidad un vuelo civil hubiese sido usado por occidente para tratar de espiar a los soviéticos, o al menos provocarlos.
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En uno de los momentos más álgidos de la guerra fría, los rusos se mostraron posteriormente en la previsible manera que tenían de hacerlo en la época: primero negaron saber algo del asunto, después aceptaron haber derribado una aeronave “no identificada”, para posteriormente sencillamente admitir que habían echado abajo un avión de pasajeros, lo cual “no podía ser sabido por su pilotos antes de abrir fuego”.
La acusación de espionaje contra KAL no se hizo esperar mucho y, por supuesto, se señaló a Estados Unidos como el verdadero instigador.
Estados Unidos reaccionó también sólo como se podría haber esperado, especialmente siendo Ronald Reagan su presidente. Ante un hecho militar consumado pero de alcances limitados como el que había sucedido, no había más posibilidad de respuesta que subirle el volumen a la histeria anticomunista, para lo cual Reagan se pintaba solo.
Estados Unidos tomó medidas tanto diplomáticas como comerciales, entre ellas la cancelación de la licencia de la aerolínea soviética Aeroflot para volar a y desde Estados Unidos. Tales medidas no fueron tan importantes como la forma en que se presentaron al mundo.
¿Cuál es el valor de estudiar y analizar eventos como este el día de hoy?
Una respuesta obvia, correcta, aunque no del todo completa, es que sucesos como este, en donde jugó un papel preponderante un liderazgo tan decidido en su misión, como fue el de Reagan en los años ochentas, son los que se acumularon, uno tras otro, para vencer al imperialismo soviético, dándole así efectivamente la victoria a occidente en la guerra fría.
En otras palabras, las cosas pasan por algo y no en el vacío o como producto del orden naturalmente caótico del universo. Estados Unidos, y Occidente en general, capitalizaron ideológica, propagandística e históricamente del destino espantoso del 007. Entender la Historia pues.
Sin embargo hay otra lección enorme de esta desgracia, y que en momentos como el que vivimos actualmente no siempre se ve tan clara. Tendemos a la polarización y, por lo mismo, a no analizar las cosas a fondo sino sólo a tomar partido idealizando personajes, sistemas, naciones, etc., más como actos de fe que como producto del raciocinio y del pensamiento crítico humano.
Así, igual que como tomamos muchos las palabras dramáticas de Reagan en 1983 condenando al “imperio del mal” de los rusos. Es que –ojo- el entender de qué lado nos corresponde estar y por qué, es decir, el comprender lo que nos conviene y lo que no, tampoco tiene por qué significar “cartas blancas” a nada ni a nadie.
En dicha retórica, ni Reagan, ni nadie pudo explicar cómo y porqué un avión de 747 de pasajeros sudcoreano se salió de su ruta por más de 200 millas para sobrevolar casualmente ¡una península soviética!
Tampoco jamás nadie reconoció entonces que esa ruta equívoca del vuelo 007 era demasiado parecida a la que aviones espías americanos habían estado sobrevolando recientemente. La verdad es que se estaban haciendo cosas que simplemente se tenían que hacer para mantener a los soviéticos a raya y hasta cierto punto acorralados, como lo estaban ya.
Mucho menos, nadie en capacidad oficial, ni en Estados Unidos ni en ningún país aliado, reconoció que por más que tuviéramos que temer y hasta detestáramos a la Unión Soviética, ellos al momento de derribar el 007 estaban “en lo suyo”, defendiendo la integridad de su espacio aéreo, sobre todo en sectores críticos militarmente hablando. Errónea o intencionalmente, la nave coreana obtuvo lo que “pidió a gritos”, o sea, ser derribada. Nadie tenía por qué llamarse sorprendido, al menos no en forma sincera, ni tampoco decir que “fue incomprensible la maldad soviética”.
¿Qué hubiera hecho entonces la administración Reagan si una aeronave no autorizada se hubiese internado en espacio aéreo restringido e ignorando advertencias en costas americanas? Bien sabemos qué, y así tendría que ser.

