El México que con frecuencia no sabe ni quiere saber más allá de sus fobias y sus filias montó en cólera la semana pasada por la visita de Donald Trump a Peña Nieto y el hecho de que este último no haya hecho “pedirnos perdón” al locuaz empresario, así como por no dejarle bien claro que “México no pagará por el muro”.
Hay una elemental lógica en que otro gobierno trate de establecer canales de comunicación con los dos últimos candidatos a encabezar el gobierno de Estados Unidos, así se pueda calificar a éstos de lo que sea. Que doña Hillary Clinton, mostrando su bien conocida mezquindad y revanchismo, haya castigado a Peña por atolondrado rechazando su invitación, es otro boleto. La postura de Clinton no tiene mucha lógica política ante el hecho irrefutable de que fue ella quien mejor aprovechó el descalabro de Trump en México.
Ante un tema absurdo, sin pies ni cabeza, es a su proponente a quien le corresponde traerlo a la mesa. Por supuesto que Peña no tenía por qué “decirle en su cara” a Trump, durante el comunicado conjunto, absolutamente nada al respecto de la cuenta por el dichoso muro. Aquí lo importante es que el simplón Trump no tuvo sino declarar que “no se había discutido el tema”.
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Eso, y cómo la prensa americana criticó a Trump como “un tigre de papel” es algo de lo que no se dan cuenta en México los nacionalistas de “máscara contra cabellera”. Que por la noche, en Phoenix, Trump haya regresado a su constante histeria y huecas amenazas no significa absolutamente nada. ¿Qué esperaban los sesudos patrioteros en México? ¿Que cambiara? ¿Suponen que México pudo haberlo convertido en un ser racional? Es que, en serio, ¡No entienden nada!
Pero si la torpeza de los cientos de miles de emocionales aporreadores de Peña es desesperante, el cinismo sin par de muchas de las “vacas sagradas” de la intelectualidad mexicana es indignante. Ahí están por ejemplo Enrique Krauze y Jesús Silva Herzog, como plañideras, “lastimados” por un intento diplomático que en el peor de los casos podrían calificar de ineficaz, de inútil, sin tanto drama barato. Curioso el caso de Silva Herzog, quien tal vez reconoce “lo traicionero” y “lo estúpido” en un político (así se expresó de Peña) dado su pedigrí priísta. Éste debe de haberle proporcionado tantas oportunidades para observar tales características en el ser humano que hoy está erigido en tan flamígero juzgador.
Vamos a lo más importante, sin embargo, esto no se trata de defender a un gobierno que por otros flancos puede tener tanto qué criticarle, así como tampoco observar una vez más el sinsentido de las multitudes que todo lo saben menos que muy de seguido no saben nada. ¡Vaya! Hasta reparar de nueva cuenta en las poses de justicieros “a la Silva Herzog” de una buena parte de la comentocracia mexicana sería algo con poco atractivo en sí mismo. Ello dada la infinidad de ejemplos de éstas con que nos obsequia un día sí y otro también. El asunto tiene más fondo y se asocia con hipocresía, con medrar con las desgracia humana y con traficar con el sufrimiento de miles y miles de familias mexicanas en Estados Unidos.
Los insultos y las amenazas de Trump van contra los mexicanos en Estados Unidos, más aun, las consecuencias en caso de materializarse tales amagos, las sufriríamos nosotros. El mexicano promedio -en México- no es precisamente muy proactivo para informarse y comprender aunque sea a grandes rasgos la real problemática del emigrado más allá de los gastados clichés como “el muro” y “deportaciones masivas”.
Más vergonzosamente aun, la intelectualidad, que tiene el micrófono abierto constantemente, tampoco hace mucho por informarse, entender y difundir temas como, digamos, el “287 (g)” o el “comunidades seguras”, sólo como concretos ejemplos. Se ceba de la misma forma en simbolismos, para de ahí saltar al discurso que victimiza y que “ladra” fuerte, pero con poco sustento en realidades que son horribles para el inmigrante. En otras palabras, nos toman de pretexto, de cantalina, para fines que tienen que ver con todo menos con las vejaciones a mexicanos fuera de su país.
Somos la excusa perfecta para el exhibicionismo, la autopromoción y, claro, el golpeteo político.
Por ello, la jauría rabiosa le cayó encima a Peña Nieto, quien con todo y mal organizar y mal comunicar lo relativo a la visita de Trump, y así luciera apocado, torpe, con su clásica inseguridad, y haya sido dejado “colgado de la brocha” por Clinton, fue el único que actuó con lógica en este sainete. Ello gústele o no a “nuestros defensores”, quienes en realidad ni siquiera saben de qué nos defienden. Gritan y se rasgan las vestiduras como si en verdad les importáramos. Quedarían mejor callándose.

