LACHAQUI, Perú.- Con la rodilla izquierda en el piso, el portugués Nuno Casquinha arroja el paño rojo a los aires y abre los brazos frente al toro de cuernos filudos y lomo tapizado en sangre que rasca el suelo con las pezuñas.
Gira sobre la punta de sus pies, le da la espalda al animal de media tonelada y saluda al público que lo ovaciona en una plaza portátil cercana a un cementerio en esta pequeña aldea perdida en los Andes, a tres mil 700 metros de altitud.
Un grupo de borrachos gritan: "Si no matas al toro te matamos a ti", y le arrojan botellas, pero Casquinha, de 27 años, quien igual que decenas de españoles cruzó el Atlántico con el sueño de convertirse en figura del toreo, no se inmuta y al final de la tarde corta dos orejas y sale en hombros de un recio agricultor emocionado.
Pasodobles se mezclan con huaynos interpretados por la orquesta local, mientras decenas de campesinas jóvenes luchan por retratarse junto al portugués de ojos azules que firma autógrafos con las manos aún ensangrentadas.
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Pero en 2012 era uno de los 765 matadores oficialmente inscritos en España atrapados en medio de la crisis europea, que agravada con la creciente oposición ética a la tauromaquia, deprimió los festejos y acabó con sus posibilidades de hallar oportunidades en los cosos de España, Portugal y Francia.
Vicente Royuela, catedrático en Economía de la Universidad de Barcelona y un estudioso del mundo laboral taurino, dice que entre 2008 y 2012 las corridas en España cayeron casi a la mitad, y el 2013 "caerán 15 por ciento" más.
Casquinha trabajaba por las mañanas en la ganadería de toros bravos de su padre y por las tardes ensayaba a solas en el sótano de su casa en Lisboa, "imaginándome toros que nunca se convertían en realidad".
En los primeros cuatro meses del 2012 apenas toreó una vez.
La mitad de los matadores deja la profesión a los seis años de iniciados y transcurrido ese tiempo sólo el 10 por ciento de ellos torea más de 20 corridas por año, argumenta Royuela en su libro "La economía del escalafón", donde usa datos de 2007 y analiza por qué unos matadores tienen más trabajo que otros.
"Estaba tan mal sin torear nada en Europa, que iba a aceptar lo que sea", dice Casquinha una tarde plomiza de julio en un café cerca de su casa en la comuna de San Felipe, una zona obrera al norte de Lima.
Tras charlar por Facebook con colegas en busca de horizontes en Latinoamérica concluyó que tenía que ir a Perú, no al de la exclusiva plaza de Acho, sino a otro Perú, al de las alturas rurales donde no hay hospitales cercanos, los toros no tienen casta, las ferias no son conocidas, pero donde la tradición española permanece intacta y más viva que nunca.
"En México sabía que tenía que pagar, porque cuando empiezas y quieres que te conozcan se paga; en Colombia, quitando las ferias grandes, hay pocas corridas, igual Venezuela, y en Quito se prohibió matar toros. El camino era Perú", dice.
El país andino tiene 540 fiestas taurinas por año, la mayor cantidad de toda América Latina.
De 2008 a 2012, los matadores europeos en Perú aumentaron en más del doble: de 23 en 2008 pasaron a 59 en 2012, la mayoría españoles y en menores números franceses y portugueses, según la Agenda Taurina, la mayor guía de toros en Perú.
"Perú es una mina para los matadores modestos", dice Dikey Fernández, coautor de la Agenda peruana.
"Hay más fiestas taurinas que días en el año. Por ejemplo, el 24 de junio se cruzan al mismo tiempo las fiestas en Maranganí, Huasahuasi, Chota, Cutervo, Huambo y Llama, el mercado está recontra lleno, se necesita matadores y ¿de dónde vienen? mayormente de Europa", añade Fernández, quien regentó la plaza de Acho por casi una década.
El economista Royuela dice que muchos toreros europeos sin oportunidades "están dispuestos a ir a ferias que no son en absoluto conocidas en España, porque lo más importante para alguien que quiere ser figura del torero es torear".
En España una estrella del toreo cobra más de 200 mil dólares por faena, mientras que en el Perú rural los migrantes europeos cobran mil 500 dólares en promedio, precisa Fernández.
Pero eso no le interesó a Casquinha, quien no dudó en comprar un boleto desde Lisboa hasta Perú y debutar en mayo de 2012 en una vieja plaza del distrito de Ascensión en Huancavelica, la región más pobre del país, donde fracasó rotundamente.
Con el paso de los meses se fue adaptando a la altura, a las vías accidentadas, a la incomodidad de los hoteles y a lidiar con los borrachos. Al final del 2012 logró completar 25 corridas y en la mitad de 2013 un total de 15 faenas.
"Voy a salir de aquí como triunfador, como figura del toreo, tendré repercusión", dice mientras imagina los toros que lidiará en agosto en un parque público de Lima.
En España los expertos no piensan lo mismo.
"Esa repercusión es nula en España, servirá para ir a otro pueblo de los Andes viajando en un camión por esos caminos de Dios, solo para torear otra cosa parecida", dice Antonio Picamills, ex apoderado de matadores hoy estrellas como Juan José Padilla, a quien llevó a la ciudad peruana de Trujillo en 1994.
"A Padilla no le sirvió de nada, fue sólo para que toree en invierno, y a partir de allí se aplicó en España y llegaron los triunfos", dice Picamills, autor de Dietario Taurino, guía taurina hispana.
Eso no le importa a Casquinha. Al menos por ahora.
Sus padres, de quien es hijo único, quisieran que vuelva a su casa en Vila Franca de Xira y olvide el toreo. Algunos conocidos le han comentado "que no vale la pena tanto esfuerzo, que puede ser banderillero".
Pero él tiene un sueño.
"Para mí la vida es: los toros o nada", dice.

