El cínico paradigma de los políticos y gobernantes estadounidenses en referencia al tráfico de drogas argumenta que la corrupción y la incompetencia se dan únicamente del lado mexicano.
Así empujan la idea, sin necesariamente expresarla abiertamente, de que los órganos policiacos y de procuración de justicia americanos no son solo impolutos en su proceder, sino también prácticamente infalibles en cuanto a eficiencia.
En otras palabras, nos cuentan que si no ganan todas sus batallas, se debe, usted sabe, a la fuerte asociación que se da entre el crimen transnacional y las autoridades mexicanas. Sólo por eso y nada más, nos dicen.
Una buena parte del público estadounidense –no su totalidad, por supuesto- compra estas tonterías que parecieran de entrada partir de la absurda idea de que las drogas solo llegaran hasta unos cuantos metros de la frontera dentro de Estados Unidos, por lo que todo es culpa de los vecinos al Sur que las cruzan ilegal y subrepticiamente.
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Sin embargo, de la forma más contradictoria posible acusan que las drogas están en el último rincón de toda la nación americana, en una forma en que sólo una sofisticada, impresionante, cadena de distribución y logística pudiera lograr. ¡Quién sabe cómo llegarán los enervantes, por ejemplo, a Providence, Rhode Island; Chicago, Illinois, o Tulsa, Oklahoma!
Bueno, ¡quién sabe cómo estos sudamericanos, y especialmente estos mexicanos, harán para no dejar un sólo punto de los Estados Unidos insatisfecho en su demanda por drogas! La definición del problema es patética y muy lamentable.
Es por ello que la guerra contra las drogas, la famosa war on drugs, está más que perdida desde hace mucho, pero mucho tiempo.
Esa es la razón por la cual es una de las grandes entelequias de la política norteamericana.
Por todo ello, el gran valor que tienen materiales gráficos como el que circuló en redes sociales hace unos días, al mismo tiempo que se exhibía en televisión.
En él, la reportera de TV Azteca, México, Carolina Rocha, al estar junto a su camarógrafo haciendo grabaciones justo en el cerco fronterizo en Nogales, Arizona, pudo captar a dos individuos que ágilmente treparon la valla de nueve metros de alto desde México y descendieron del lado americano con abultados paquetes en sus espaldas, todo a plena luz del día.
Lo anterior no sería necesariamente algo extraordinario si no fuera porque a ambos lados de lo que estaba ocurriendo, y a una distancia que la reportera calculó en 50 metros aproximadamente, también junto al cerco, se encontraban estacionados vehículos y personal de la Border Patrol.
Además claro, de las cámaras que permanentemente y en tiempo real monitorean todo lo que ocurre en esos parajes urbanos tan céntricos, tan transitados de la frontera entre México y Estados Unidos.
Tales cámaras, uno asumiría, son parte de una estrategia capaz de poner en el lugar en cuestión de segundos a los agentes que de cualquier forma siempre, y por lógicas razones, saturan tales áreas, como lo mostró también el material de Carolina Rocha.
Sin embargo, nada, absolutamente nada pasó, salvo el abrumador escándalo de los perros de las casas vecinas, los cuales sí se dieron cuenta de que algo no andaba bien, a juzgar por sus estruendosos ladridos en el audio.
Los individuos regresaron a México por donde y como habían ingresado al ver que los estaban grabando.
En el colmo de la desfachatez, no ha faltado quien, en términos políticos, más que técnicos y policiacos, declare que “precisamente esa es la razón por la que se necesitan todavía más recursos para vigilar la frontera”. Hay que tener la cara muy dura para salir con esas cosas.
Pero bueno, baste recordar que el mismo sindicato de la Patrulla Fronteriza acaba de brindar su apoyo oficialmente a la candidatura de Donald Trump para presidente, además, claro, de no dejar de despotricar porque el gobierno federal, concretamente su jefe, el presidente Barack Obama, “no los deja trabajar” con los alivios migratorios que ha ordenado.
Usted sabe, los pobres quieren trabajar más y más duro.
No podemos negar lo extraordinario del hecho de que un sindicato reclame más trabajo y mayores cuotas de productividad que cumplir sin demandas compensatorias muy concretas a cambio.
¡Las cosas que tiene que ver y oír uno! Luego dicen que todo este tipo de farsas nada tiene que ver con política. Sí, claro.
Entonces qué: ¿corrupción, incompetencia, o ambas?

