Se acerca veloz la convención republicana este próximo verano y los escenarios no pueden ser peores para el partido del elefante. Nadie sabe bien a bien qué ocurrirá con él, pero los pronósticos no son precisamente positivos en ningún caso.
Una candidatura de Trump sería catastrófica, casi tanto como una “no candidatura” del empresario neoyorquino. Sencillamente, se llegó a un punto en el que el partido no puede ganar, y no nos referimos a la elección de noviembre, sino a que suceda lo necesario para que la institución continúe viva y en una sola pieza, como hasta ahora.
El peso de Trump en las bases republicanas es tal ya, que pareciera no haber comprensión acerca de las reglas básicas del juego. Es decir, que si Trump no tiene mil 237 delegados antes de la convención, sencillamente ésta se convierte en una convención negociada (brokered convention) en donde cualquier cosa puede pasar, comenzando con que el elegido no tiene que ser uno de los actuales candidatos. O bien, puede ser uno de éstos, pero no necesariamente el que llegue con más delegados.
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Ello muy probablemente sería desfavorable a Trump, y provocaría reacciones muy negativas entre sus muchos de sus seguidores. La posibilidad es grande, debido al también enorme ánimo desaprobatorio que existe por su candidatura.
Si bien parece haber un acuerdo en las visiones tanto de numerosos liderazgos republicanos como de un sinfín de expertos y analistas políticos acerca de todo lo que está en juego para el partido de Lincoln, incluyendo su misma supervivencia, hay algo muchísimo más importante que no es necesariamente contemplado por muchos de éstos, algo que va al corazón del asunto y que en realidad debería ser el objeto de la discusión en estos momentos.
Eso si las intenciones fuesen tan nobles y transparentes como nos las cuentan.
Donald Trump está convertido desde ya en el “chivo expiatorio” de todas las desgracias republicanas, las facturas están de hecho emitidas con toda anticipación y en éstas se consignan “todos los daños” que le ha causado al partido. ¡Vaya manera de rehuir la realidad y sobre todo las competencias de los líderes republicanos y de sus más connotados representantes en todos los niveles de gobierno en el país!
Es más que evidente, en parte en forma espontánea, a través del autoengaño, y en parte a través de una gran deshonestidad, que ni el Partido Republicano ni sus liderazgos en lo individual están listos para asumir su responsabilidad por ese deterioro moral y cultural que vino a desembocar en que un mamarracho como Trump lo tenga hoy día secuestrado.
Claro, un personaje que ni era republicano ni jamás se presentó ideológicamente como conservador se presta para iniciar una narrativa que lo señale a él como culpable, como el villano de la historia. Más aun, como un agente externo que hasta tomó por sorpresa al republicanismo y se aprovechó de su inocencia.
La realidad es muy distinta. Trump es sólo un producto, una consecuencia, un tipo listo que se aprovechó del enrarecimiento provocado por la irresponsabilidad de congresistas, senadores, gobernadores, alcaldes, miembros de las legislaturas estatales, etc., que por la búsqueda de votos para su elección o reelección como republicanos no tuvieron empacho en manipular a placer a una buena parte de sus muy maleables bases durante los últimos 10 años, al menos.
Dicha manipulación no sólo se basó en populismos de derecha relativos a lo fiscal o a lo económico, por ejemplo. No sólo tuvo que ver con la repugnante tergiversación de la segunda enmienda para que las matanzas de inocentes continúen en todos los puntos cardinales del país, como lo disponga cualquier desadaptado con total acceso a armas de alto poder.
No sólo se relaciona con la obsesión por derrumbar una reforma de salud, tal vez ineficiente, cierto, pero ante la cual no tienen ni idea de qué alternativas proponer, o con la cantaleta que condena al sector de la población que recibe estampillas para comida.
Como si todo lo anterior no fuera suficiente, ha sido más que claro cómo han jugado con sus actitudes racistas, con sus posturas xenofóbicas, a veces veladamente, otras en forma más franca, subiendo y bajando el volumen de los mensajes que le dicen a la sociedad estadounidense que si las cosas están difíciles, es gracias a los no nacidos en esta nación, aquellos que en la realidad no hacen otra cosa que trabajar por ella.
En ese turbio, tóxico ambiente, lo raro hubiese sido que no surgiera un Trump.
Ahora, encima de todo, y como una muestra más de su cobardía, estos mismos fanáticos y manipuladores que los acompañan se lavan las manos, voltean hacia arriba, se tapan la nariz y apuntan su dedo hacia Trump, el chivo expiatorio perfecto para un partido en ruinas y que no pareciera ya tener una real salvación.

