No tener novia un 14 de febrero puede resultar hasta conveniente en términos económicos, pero también puede complicar la logística de ciertas actividades, como por ejemplo ir al cine a ver una cinta totalmente femenina como “Fifty Shades of Grey” (Sam Taylor-Johnson, 2015).
Y es que no fue nada cómodo sentarse en medio de todas esas mujeres que habían leído (algunas varias veces, según escuché) y amado el libro, especímenes de todas las edades que suspiraban y babeaban cada que Mr. Grey se descamisaba o le daba de nalgadas a la cándida Anastasia.
Previendo eso fue que traté de asegurarme la compañía de alguna amiga que me ayudara a cumplir con el difícil encargo de mi editor, pero como Marce andaba en la playa, Mariana (como siempre) canceló, Ana tenía compromiso con el novio, Ivette sólo se agrega si son de terror y Vianney no va si no hay más quórum, no me quedó de otra que verla solo.
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Quienes leyeron el libro aseguran que es la misma cosa cursi que Twilight pero sin vampiros y con clasificación XXX: una chica común y corriente que es seducida por un chico malo (y muy adinerado) que la busca con frecuencia para decirle que se aleje de él porque es peligroso para ella.
La cinta arranca con la entrevista que, como una tarea universitaria, le hace una dulce chica (Dakota Johnson) al poderoso Christian Grey (Jamie Dornan), cabeza de un emporio comercial impresionante (aunque nunca sabemos qué vende o qué hace).
El encuentro resulta significativo para ambos: mientras ella se siente intimidada por la galanura y la ostentosidad del magnate, él, por su parte, se relame los bigotes sólo de imaginarse a la joven en el interior de su cuarto rojo, satisfaciendo cada una de sus torcidas perversiones.
El grueso de la trama es de dominio público y consiste en la seducción y posterior propuesta de Christian hacia Anastasia sobre convertirse en su esclava sexual (sumisa y pasiva), para lo cual ha redactado un meticuloso contrato en donde se estipulan los límites de sus encuentros.
Advierto que sólo vi la cinta (y que no pienso leer el libro), pero llamó mi atención la evidente incongruencia en los personajes creados por E. L. James, la autora; por ejemplo, a pesar de que Mr. Grey le dice a Anastasia que no espere gestos románticos de su parte, se la pasa brindándole todo tipo de detalles: coche último modelo, compu nueva, paseos en helicóptero y planeador, una recámara propia en su casa, cenas, joyas, lencería fina, vestidos, piojito a la hora de dormir, besitos en la frente y hasta apretones de cachete, además de que todo el tiempo se la pasa diciéndole lo hermosa que se ve, eventos que, obviamente, la deslumbran y enamoran sin remedio.
En realidad nunca entendí en dónde estaba el torcido, oscuro y depravado lado del protagonista (aparte del mentado cuarto rojo, pues); digo, tal vez en el libro sí quede claro, pero la verdad es que Mr. Grey se la pasa haciendo todo lo contrario de lo que pregona, como cuando le advierte a Anastasia que él jamás duerme con nadie en la misma cama y hace exactamente eso con ella una y otra vez.
¡Ah!, y cuando afirma que él nunca se ha fotografiado con ninguna chica y es él mismo quien la jala para que les tomen una foto juntos (¿entonces?); o qué tal cuando, acabando de decir que no quiere líos de noviecitos, se presenta como su novio oficial en todos lados e incluso la lleva a una cena familiar para que su hermana y sus padres la conozcan.
Ahora entiendo a qué se refieren algunos cuando afirman que el libro parece haber sido escrito por una adolescente calenturienta (o en este caso, por E. L. James, una adulta desfasada que piensa como tal); y es que ambos aspectos están presentes ahí: las fantasías sexuales propias de una mujer ya madurita (ella tiene 51 años) y los entusiasmos románticos de una quinceañera.
Finalmente, lo mejor de todo fue la frescura y belleza de Dakota Johnson y que la directora (Taylor-Johnson) hizo lo mejor que pudo con el material disponible para entregar un producto más o menos decente.
Hasta la próxima.

