Este viernes 20 de enero inicia una nueva era política y económica no sólo para Estados Unidos, sino para el mundo entero. Será una inédita, accidentada, basada en la mentira, la afrenta gratuita, el cinismo y el abuso.
Una cuyos actores principales gustan de presentar expresa o implícitamente como revolucionaria, como punto de quiebre, pero que, al no tener un rumbo lógico, vaya, ni siquiera definido, plantea riesgos de consecuencias funestas. Riesgos que únicamente no le ponen los pelos de punta a aquellos que carecen de los referentes necesarios para comprenderlos. En honor a la verdad, ciertamente éstos abundan, y es ahí en donde se origina, después de todo, el problema.
El contraste, brutal, por decir lo menos, no sólo se observa entre Barack Obama y Donald Trump. En realidad, podemos tomar a cualquier presidente de Estados Unidos el día de su inauguración y, sean cuales sean sus posturas políticas y el nivel de respaldo con que cuenten, el aura de la voluntad popular que lo eligió está siempre presente. No es necesaria ninguna discusión acerca de si legalidad y legitimidad es lo mismo o no.
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La legalidad, por lo pronto, está ahí, y en ella descansa Donald Trump. La legitimidad, cuando está presente, es algo sobre lo que no se discute, no viene al caso. Usted dirá.
Se puede criticar a Barack Obama y algunas de sus políticas todo lo que se quiera, de hecho, en este modesto espacio tengo ocho años haciéndolo. El haber sacrificado una reforma migratoria integral en aras de impulsar otros aspectos de su agenda encabezaría una serie de cuestionamientos a su gobierno que en resumidas cuentas lo muestran como aquello que irónicamente sus seguidores tanto negaban que fuese: un político tradicional.
Obama no sólo es un político tradicional, es un político consumado, excelso en el arte de lo posible y conocedor de sus costos. Hillary Clinton jamás llegó a ese punto, compararlo con Trump es una torpe broma. En ese marco, se tiene que entender que el ejercicio de gobierno siempre produce alternativamente ganadores y perdedores.
Aunado a ello, la dignidad con la que llevó la Presidencia es innegable, tan notoria y real como la ordinariez de su sucesor. Familiarmente, ni hablar, la ausencia de escándalos, malos entendidos y vulgaridades en su ámbito personal es la envidia del partido “de los valores familiares”, de la decencia y de la moral cristiana, que es como se ven a ellos mismos los republicanos.
Pronto, muy pronto, y al margen de sus políticas, se le extrañará, y mucho.
La administración Trump será indecente, escandalosa, contradictoria y, probablemente, abreviada por un impeachment o juicio político. Resulta sumamente difícil de concebir que llegue a buen término, cuando desde ya se encuentra constreñida por esas dos enormes vertientes de desvergüenza pura: el enorme, grotesco, conflicto de intereses en el que se encontrara desde su primer minuto al negarse Trump a liquidar sus negocios y la más que probable participación rusa para darle el “empujoncito” que necesitaba en la elección.
Si los rusos en verdad tienen la pila de lodo acerca de Trump que se supone tienen, será el acabose. Hace seis meses, en una discusión hipotética acerca de esto, podríamos, a pesar de todo, haber pensado aún que el Partido Republicano mostraría un mínimo de vergüenza, de dignidad y de conciencia, poniendo al país antes que nada. ¡Cuánta inocencia!
Está visto que Trump es un producto, una consecuencia, más que en realidad, una causa. Las mayorías republicanas en ambas cámaras lo sostendrán por cierto tiempo; sin embargo, es muy posible que la presión sea tanta que el nuevo ocupante de la Casa Blanca simplemente no la resista.
En cualquier caso, es importante entender que sea como sea, las cosas se pondrán peor antes de mejorar. No vale la pena siquiera comenzar a traficar con el miedo en relación a determinadas posturas, o mejor habría que llamarles amenazas, de Trump, de las cuales, claro, tampoco podemos olvidarnos por completo. El punto es que los propios problemas de Trump y su gobierno, y que potencialmente pueden resultar en el escándalo político de todos los tiempos, estarán antes que nada, no se extinguirán solos, y robarán todo el oxígeno del ambiente político, así como la energía del nuevo gobierno.
No es exagerado decir que las instituciones americanas están desde ya ante su verdadera prueba de fuego.
Ya se escuchan opiniones acerca de que, si todo esto no se ha desbordado todavía más, es precisamente por la cautela de no pocos en ambos partidos acerca de la real fuerza de estas instituciones ante un riesgo existencial al que no han sido anteriormente expuestas. No, Watergate no se acercaría siquiera a lo que podría venir si esta crisis política se convierte en una crisis constitucional.
América, la hermosa, se ha comprometido con un patán, narcisista, ignorante extremo de su propia ignorancia. Que Dios la acompañe, y que nos acompañe a todos.

