Desde que Ryan Reynolds apareció en The Amityville Horror (Andrew Douglas, 2005) se veía venir que el actor no tardaría en ponerse de moda y que muy pronto lo veríamos protagonizando cintas más ambiciosas.
Lo anterior, por cierto, no se debió a que se reconocieran en él grandes dotes histriónicas, honestamente, sino por tener toda la finta y el empuje necesarios; eventualmente, fue eso lo que ocurrió.
Pero no todo ha sido éxito para Reynolds, quien ha ido de buenas decisiones (The Nines, Smoking’ Aces, Buried…) a muy malas (The Proposal, Just Friends, The Change-Up…), siendo su fracaso más sonado el que vivió al encarnar a Green Lantern (Martin Campbell, 2011), el popular superhéroe de DC Comics, una de las decepciones más sonadas de los últimos años, al nivel de la reciente The Fantastic Four de Josh Trank.
Deadpool (Tim Miller, 2016) es el segundo intento de Reynolds por encajar en el mundo de los superhéroes, tentativa que se ha apoyado en una campaña publicitaria sin precedentes que ha vendido muy bien la imagen del personaje, presentándolo como un cínico, insolente y súper dotado sinvergüenza.
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Por si esto no fuera suficiente, tanto el lenguaje soez como la violencia explícita de la cinta le han ganado un “Para mayores de 15 años” que pinta su raya con respecto al estándar de los filmes con justicieros enmascarados.
En realidad, la idea del superhéroe desfachatado que no se muere por hacer el bien no es nada nueva, pues el Hancock (Peter Berg, 2008) de Will Smith era así. Lo mismo ocurre en eso de presentar a estos personajes muy malhablados, en medio de secuencias de violencia gráfica y luciendo su humor negro, ahí está la excelente Kick-Ass (Matthew Vaughn, 2010) y su pasable secuela de 2013 como ejemplo.
Eso sí, lo que ya es un hecho es que el Deadpool de Reynolds no va a fracasar como lo hizo su Green Lantern. Lejos de eso, es fácil vaticinar desde ahora el nacimiento de una nueva franquicia, incluso asegurar, por más aventurado que suene, que el éxito de la misma se deberá al carisma del actor, el cual dejó entrever en la buenísima y torcidísima The Voices (Marjane Satrapi, 2014).
La cinta cuenta la historia de Wade Winston Wilson, un ex soldado de Fuerzas Especiales convertido en mercenario que, luego de ser diagnosticado con una enfermedad terminal, recibe una atractiva oferta: servir de conejillo de indias en un experimento que, supuestamente, le otorgará facultades excepcionales, siendo una de ellas la capacidad de su cuerpo para sanar sus heridas de manera rápida.
El experimento es todo un éxito y, aunque deja al protagonista lleno de terribles cicatrices (que cubre con un llamativo traje diseñado para él), se siente feliz de su nueva identidad. Transformado ya en Deadpool, Wade comienza a divertirse de lo lindo con sus nuevos poderes, mismos que no planea utilizar en absoluto para proteger al prójimo.
Sin embargo, cuando un villano peligroso (junto a sus malvados aliados), amenazan su vida y la de su esposa (la ciudad le tiene sin cuidado), el locuaz superhéroe utilizará todos sus recursos (y el de otros personajes con los que hace equipo) para hacerle frente, al mismo tiempo que, a diestra y siniestra, derrochará chistes subidos de color, humor negro y referencias constantes a la cultura popular y al órgano reproductor masculino.
Habrá que comprobar en las próximas semanas qué tan bien le va a Reynolds luego de haberse mudado de DC Comics a Marvel.
Completan el elenco Morena Baccarin como la esposa de Wade y Gina Carano encarnando a Angel Dust.
Haspa la próxima semana.

