Para la gente como un servidor, con buena memoria y, por lo mismo, un tanto cuanto “atrapado en el pasado”, al menos en el criterio de algunos, las olimpiadas son una ocasión más para recordar lo bueno que ha sido la vida conmigo. Al menos en la primera parte de ésta, en donde cuenta, en la infancia y adolescencia.
Los olímpicos invariablemente me echan a andar muchas imágenes –deportivas y no- en la cabeza y corazón, tantas como las que están pasando en este momento en el televisor mostrándonos las hazañas de los atletas de hoy día en tierras brasileiras.
Para mí, las olimpiadas del ahora son un poco como las navidades, las semanas santas (en México), o los mismos veranos en que ocurren, o sea, momentos para idealizarse, para la evocación melancólica, y que, obviamente, como todo en la edad adulta, no siempre terminan cumpliendo con expectativas tan altas. Pero así es todo en la vida, eso es otro boleto.
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Por ello, Río me lleva a Montreal, Londres a Moscú, Beijing, a Los Ángeles, por la misma razón que a Barcelona, Atlanta o Sídney me remitieron a México, aunque de éste no recuerde ni las imágenes en pantalla, pues tan sólo contaba un año de edad. Sin embargo, las majestuosas fotografías, los espléndidos textos, y lo platicado por mi papá años después, generalmente a razón de posteriores juegos olímpicos, no se desvanecerán fácilmente de mis recuerdos.
Es así que Queta Basilio encendiendo el pebetero, Bob Beamon en el salto largo, así como Tommie Smith y John Carlos con su saludo a la Black Power en el pódium en la premiación de los 200 metros son remembranzas que quizá permanezcan en mí por siempre.
Y es que si las Olimpiadas no son eso, ¿entonces qué son? ¿Qué deben ser?
Después de que los máximos atletas del mundo exhiben su talento dejándonos boquiabiertos, obteniendo así el reconocimiento que merecen, ¿qué queda? ¿Qué debe quedarnos?
Después de esa convivencia e intercambio cultural que en mayor o menor grado ocurre entre las delegaciones representantes de todos los países del mundo y que en teoría contribuye a facilitar el entendimiento entre hombres y mujeres del mundo, aportando unos granitos de arena a la paz mundial, ¿qué sigue?
Una vez que el turismo olímpico ha regresado a sus países de origen, dejando en la ciudad y país sede algún nivel de supuesta derrama económica, ¿con qué podemos contar aquellos que tuvimos y hemos tenido siempre que conformarnos con “la tele”, y que en algunos casos “no salimos ni a la esquina”?
¿Es que no hay nada, además de algunas horas de emociones deportivas?
Absurdo pensarlo de esa manera, egoísta amargura expresarlo así.
Nos queda, como ejemplo sólo de entrada, la historia de Jesse Owens sintiendo más la discriminación en su regreso a Estados Unidos en 1936, que en la misma olimpiada presidida por Hitler en Berlín, o el terrorismo en Múnich 72, en donde la matanza de atletas judíos nos presentaba desde entonces y con toda claridad lo que hoy parece ya nuestra forma de vida.
Los boicots americano a Moscú 80 y soviético a Los Ángeles 84 como muestras precisas de lo que fue la guerra fría, o los días previos a México 68 en aquel infame octubre azteca “que no se olvida”, tan malentendido como “manoseado” hasta ahora, son tan sólo otros dos temas olímpicos.
Lo son incluso más, si nos atenemos al verdadero espíritu olímpico, que lo que ocurre en el ring, la piscina o el óvalo donde se dan las competencias.
En el colmo de la ironía, la mismísima corrupción actual del Comité Olímpico Internacional y los infames contubernios con los gobiernos sede, sobretodo de varias de las últimas olimpiadas, como la actual en Río, la de Beijing o la invernal en Sochi, ¡es un tema olímpico también!
Las olimpiadas nos presentan una oportunidad, nos convocan como familias, grupos o sociedad, a conocer y a entender mejor este mundo nuestro, nos ayudan a que niños y jóvenes den significancia a tantos temas con que a diario nos bombardean los medios de comunicación.
Cierto que hoy día ese tipo de oportunidades están más al alcance de la mano que digamos en mi adolescencia, precisamente por ello, por el vertiginoso avance tecnológico y comercial de las últimas décadas en comunicaciones. Sin embargo, con frecuencia un “pretexto” para aprender juntos nos viene bien y hasta es necesario sobre todo en términos de, repito, significancia.
Eso es lo que creo deben ser las olimpiadas, eso es lo que fueron siempre para mí. Pero no espero que todo mundo comparta esta opinión, el cinismo, el materialismo y el inmediatismo nos ahogan.
Aun así, queremos juventudes que se formen como “hombres y mujeres de bien” y, claro, “un mundo más pacífico y mejor”.
Creo que queremos demasiado.

