La primera preocupación que se me vino a la mente cuando iba de camino a ver King Kong (Peter Jackson, 2005), fue el colonón que seguramente iba a tener que hacer para entrar, porque fíjese: pleno fin de semana, mero día de quincena, época navideña, y lo más preocupante: escuelas dejando libres a jaurías rabiosas de alumnos desatados… pero no, hasta eso nos tocó suerte porque, aunque sí se llenó la sala, la entrada no fue tan escandalosa como lo fue el estreno de Harry Potter and the Goblet of Fire (Mike Newell, 2005), donde había que comprar boletos con días de anticipación, hacer colas interminables, y aguantar apretujones, aventones, mordidas y hasta pellizcadas de pompa.
Pues ahí estábamos yo y mis compas (el burro por delante), a la expectativa de este remake tan sonado; la neta sí estábamos emocionados pero con reservas, ya ve cómo a veces lo decepcionan a uno. Déjeme le digo que esta versión no sólo es digna del icono que es este gorila gigante, que no sólo apantallan sus efectos, que no es solamente una película con muchas emociones, sino que le agrega elementos que la hacen la mejor (me vale que me acusen de exagerado), y es que, dejando fuera el mérito que representó filmar la versión original, la verdad es que las demás nunca pasaron de ser puros churritos.
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La cinta repite la célebre fórmula que reúne macho feo con hembra bonita (en este caso Ann y Kong), ya sabe, el amor apache es un tema frecuente y pegador en el cine, pero lo que rodea esta fábula aquí toma grandes dimensiones. Todo en la cinta es grandioso, con decirle que no sabe uno a qué irle: si a la recreación del New York de los 30's, (elemento que por sí solo vale el boleto), o a la de la isla junto con sus horrorosos nativos y los animales prehistóricos; el cast (Naomi Watts, Jack Black, Adrien Brody) es ideal, la animación CGI del mismo gorila a la altura, etc… (¡Déjeme agarro aire!).
Yo sí quiero dedicar un párra-fo completo para comentar los episodios de acción que viven los personajes, y es que nomás no dejan descansar al pobre espectador, quien no para de pegar chicos brincototes a cada rato, todo angustiado. Vaya a verla y verá cómo casi aplaude al final de cada una de estas secuencias, perfectamente diseñadas para el sobresalto, y que en cualquier otra cinta chipocluda, una sola de ellas sería la mera maciza.
Bueno, que sean dos párrafos: imagínense una carambola de dinosaurios, causada por el tropezón de uno de la manada, mientras le pegaban una correteada a los despavoridos personajes, o qué tal una caída de un par de lagartijas descomunales y Kong a un precipicio, amortiguada con lianas, al mismo tiempo que el changote éste les parte su mami para salvar a su güera, es más, imagínense el des…orden que causó luego al verse libre en plena ciudad de New York. La verdad que con este trabajo, la torcida imaginación de Jackson demostró que no se le acabó para nada la cuerda con su trilogía The Lord of the Rings.
La historia ya la conoce usted: un director en pleno declive y a punto de que le cancelen su película, recluta a una actriz primeriza, a su guionista y a algunos de la producción, para embarcase sin permiso hacia una misteriosa isla de la que sólo unos pocos han oído, con la idea de filmar ahí su historia. Después de un desembarque accidentado, son atacados por unos aborígenes retefeos (cheque su sonrisa Colgate) quienes secuestran a la chava para ofrecerla como sacrificio. Obviamente King Kong aparece, le entra cariño por la susodicha, se la quitan, la persigue y lo demás se lo dejo ahí nomás, al cabo que ya sabe que el clímax ocurre en el Empire State.
Antes le comenté que el tirito en la taquilla de fin de año se lo iban a dar The Chonicles of Narnia y King Kong, pero nada, Kong esta vez le hará honor a su título de rey, dejando muy atrás a la mencionada y a otras películas sobre monstruos gigantes como Godzilla (Rolland Emme-rich, 1998), y es que esta lagartija gigante carece del carisma de Kong, porque a ver: ¿qué cosa puede igualar el intercambio de miradas entre el gorila enamo-rado y su cautiva? PALOMEANDO RECOMIENDA: Pos King Kong nomás, y es que si aún con lo anterior no va a verla, me cae que ahora sí le aplico la ley del hielo. ¡Ya dije!

