Cuando Dolores Badilla Olivares tenía 19 años, fue al centro de la ciudad a inscribirse en una academia de belleza. Ser estilista es algo que siempre quiso ser cuando era niña.
Pero alguien en esa escuela le dijo que no. No era apta para ser estilista, fue la respuesta de la escuela. Le dijeron que mejor aprendiera mecanografía.
No podría pasar todo el día de pie porque su pierna derecha era más corta que la izquierda, le dijeron.
Olivares ya había oído eso antes, de una forma u otra. Cojeaba. Era “discapacitada”.
En la primaria, los niños se burlaban. Cuando entró a Tucson High School recibió un trato diferente al de los demás.
No quiso aguantar cuatro años de lástimas, así que dejó la preparatoria y volvió a tocar la puerta de la academia de belleza. Finalmente la escuela la aceptó y Olivares se convirtió en la estilista que había añorado ser.
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Eso fue hace 57 años, y ahora Olivares, de 78 años de edad, sigue arreglando el cabello de mujeres. Es un trabajo que adora.
“La gente creía que yo tenía una incapacidad”, dijo mientras una mujer que ha sido su clienta por muchos años estaba sentada bajo la secadora de pelo leyendo un libro de misterio del escritor tucsonense J.A. Jance. “Pero eso nunca me preocupó”.
Nacida con ganas, su determinación se extendió más allá de lo que la mayoría de la gente podría imaginar. Varios años después de salir de la academia de belleza, Olivares abrió el primero de sus dos salones.
La pequeñita que había sido humillada en el área de juegos y tratada diferente en la preparatoria se convirtió en empresaria en una época en la que pocas mujeres, y aun menos chicanas, podían llamarse de esa forma a sí mismas.
Ella les da crédito a su mamá y a su papá, Julia y Manuel Badilla, por impulsarla a perseguir su deseo de ser estilista. También le da crédito a Ricardo Manzo, quien era director de su escuela primaria, que en ese tiempo se llamaba El Rio. Él le enseñó a ignorar a los niños malosos que se burlaban de ella.
“Mr. Manzo me hizo darme cuenta de que podía hacer lo que quisiera ”, dijo.
Después de los primeros años trabajando como peinadora, en 1961 su familia le ayudó a abrir su propia estética en West Speedway y North Riverview Boulevard, entre El Rio Golf Course y las oficinas de Escuelas del Estado de Arizona para Sordos y Ciegos.
Dolores Beauty Shop se volvió un punto de reunión de mujeres, no sólo para las del oeste de la ciudad sino también para quienes trabajaban en negocios, bancos y oficinas de gobierno en el centro.
“Estábamos ocupadas, todo el tiempo ocupadas”, dijo Olivares, conocida entre sus familiares y amigas como Lola. “Éramos las otras chicas y yo. Esa era mi vida”, dijo.
Las mujeres platicaban en inglés y español o en ambos idiomas. Olivares llegó a conocer a todas y cada una de sus clientas. Las mujeres regresaban a arreglarse el cabello cada semana, dijo Olivares. Cortes, rizos, permanentes. También arreglaba muchas pelucas, que eran muy comunes en aquel tiempo.
“Nos eran muy fieles”, dijo sobre sus clientas.
Y aún lo son.
“Ella me hace sentir bien”, dijo Dolly Ketchem, quien ha sido clienta de Olivares por casi 30 años. Cada jueves, Ketchem religiosamente acude a Monte Carlo Hair Studio, en las calles West Prince y North Fairview, donde Olivares renta una silla y trabaja cuatro días a la semana.
Otra clienta de mucho tiempo, Lenore Porter, contó que Olivares era la estilista de su mamá. Porter la considera alguien especial.
“Prácticamente no tengo pelo, y ella me hace ver muy bien”, dijo Porter.
Pero en más de una mujer, Olivares ha dejado una huella que va más allá del cabello. Ella apoyaba a futuras empresarias.
“Me dio la oportunidad cuando nadie más habría contratado a alguien con tan poca experiencia”, dijo Mary Lou Quihuis, propietaria de Lulu’s Express Your Hair, salón de belleza ubicado en North Grande Avenue en el Barrio Hollywood, a la vuelta de donde trabajó con Olivares durante ocho años a partir de 1978.
“Me enseñó a ser paciente con los clientes y a trabajar duro, 24-7”, dijo Quihuis, quien tiene su propio salón desde hace 27 años.
Tras 24 años en West Speedway, Olivares abrió su segundo salón en West Prince Road. Lo mantuvo por 20 años. Se tomó un descanso de más de un año para cuidar a su papá enfermo, pero no pudo mantenerse alejada de la estética. Hace 10 años, con el apoyo de su papá, se instaló en Monte Carlo, un salón de belleza que es a la vez tienda de piñatas.
“Es muy trabajadora, dijo Sylvia Gastélum, la dueña de Monte Carlo y fabricante de piñatas.
Mujer diminuta -no pasa de 1.52 m (5 pies)-, Olivares tiene una sonrisa enorme.
¿Y qué hay de todos estos años de pie atendiendo a sus clientas?
“En serio, de verdad no he tenido mayor problema. Ha sido natural”, dijo, y añadió: “Yo tenía que hacer esto. Y esto hice”.
Ernesto “Neto” Portillo Jr. es editor de La Estrella de Tucsón. Contáctalo en netopjr@tucson.com o al 573-4187. En Twitter: @netopjr.

