Por Johanna Willett
La Estrella De Tucsón
Quienes crecieron en el Barrio Santa Rosa cerca del Centro Pío Décimo recuerdan a las monjas vestidas con largos hábitos blancos entrando y saliendo del convento.
Las llamaban las “White Sisters” o “Hermanas de Blanco”.
Ahora, la hermana Corina Padilla, de 86 años de edad, y la hermana Esther Calderón, de 77, son las últimas que quedan de las Misioneras de la Eucaristía de Santo Domingo en Tucsón. A principios de este mes, ambas celebraron décadas de su vida devota -65 años en el caso de Padilla y 50 de Calderón- en una misa de jubileo en la Catedral San Agustín, ubicada en el 192 Stone Ave.
Sus hermanas, ahora llamadas Hermanas Dominicas de la Paz, han servido en Arizona desde 1939, dando clases de religión, visitando a prisioneros, alimentando a los hambrientos y atendiendo a enfermos. Y eso es sólo el comienzo.
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“Creo que su legado ha sido profundo”, dice Guadalupe Castillo, quien creció en ese barrio al sur del centro alrededor de Pio Décimo, fue voluntaria en el convento y tomó clases de catecismo con las monjas. “Es algo no valorado en muchas formas, puesto que su trabajo tuvo profundas raíces en nuestra comunidad… y nos guiaban en el entendimiento de cómo unirnos en los problemas y en qué es lo que realmente importa. No sólo significaba rezar. Significaba hacer”.
Castillo, de 72 años, trabajó con Padilla a lo largo de su carrera como maestra de historia y de estudios chicanos en el Colegio Comunitario Pima. Las Hermanas de Blanco, especialmente aquellas que compartían el legado mexicoamericano, fueron modelos a seguir.
Ambas crecieron en pequeños pueblos de Arizona, Padilla en Clifton, un pueblo minero 273 kilómetros (170 millas) al noreste de Tucsón, y Calderón en Klondyke, un pueblito cerca de Safford, ahora abandonado. Sus votos las llevaron fuera del estado, a Nueva Orleans y Covington, Kentucky, respectivamente.
La primera misión de Padilla la trajo a Tucsón en 1950 –un alivio después de pasar los tres años de entrenamiento y formación lejos del sur de Arizona. Extrañaba hablar el español, el idioma que su familia hablaba en casa. Dice que lloraba de tanto que extrañaba su casa durante el primer año fuera.
En las décadas desde que ingresaron a la congregación, tanto Padilla como Calderón han vivido por todo el país y viajado. Ambas fueron y vinieron de Tucsón por años, hasta que se instalaron aquí de forma permanente hace 20 o 25 años.
Ambas llegaron a vivir en Pío Décimo. En los años cincuentas y sesentas, unas siete hermanas vivieron ahí, impartiendo clases de religión y siendo ministras en comunidades aisladas de la región. A menudo improvisaban. Padilla recuerda a una hermana dando clases afuera de un camión. Ella una vez dio clase en un gallinero.
En el 2009, las Misioneras de la Eucaristía de Santo Domingo se unieron a otras seis congregaciones dominicas para crear las Hermanas Dominicas de la Paz (Dominican Sisters of Peace). Sus cifras se elevaron de unas 40 hermanas a 655 entre todas, dicen Calderón y la hermana Anne Lythgoe, encargada de relaciones públicas de la congregación.
Ahora son unas 545 hermanas, dice Lythgoe. Calderón y Padilla creen que menos de 20 tienen relación con las Misioneras de la Eucaristía de Santo Domingo.
Cuando Padilla y Calderón se jubilen, también lo hará la labor de las Hermanas de Blanco en Arizona.
“No podías ignorarnos”
Las Hermanas de Blanco, con base en Louisiana, vinieron a Tucsón en 1930 a petición del arzobispo de la zona, Daniel Gercke.
“Él estaba en entrenamiento, y nuestras hermanas estaban allá, y por supuesto no podías no vernos”, dice Padilla sobre las mujeres. “Estábamos vestidas de blanco, todas con hábitos blancos”.
Cuando Gercke descubrió que esa congregación de 12 años había sido fundada para servir a comunidades pobres, deseó eso para Tucsón.
Y así fue que el ministerio se esparció, con hermanas trabajando y visitando ciudades por todo el estado: Phoenix, Globe, Douglas, Nogales, Bisbee, Clifton, Morenci, Duncan, Willcox y Safford, en coordinación con las Diócesis Católica Romana de Tucsón.
En esas comunidades pequeñas, Calderón y Padilla se encontraron con sus hermanas por primeva vez siendo mujeres jóvenes, atraídas por el espíritu misionero que sacó a esas monjas de los hospitales, escuelas y orfanatos –los sitios acostumbrados para las hermanas católicas- y las puso en el corazón de la comunidad.
El Centro Pío Décimo, en el 848 S. Seventh Ave., abrió en 1946 con un convento para las monjas. Padilla y Calderón creen que las hermanas dejaron de vivir en el convento en los años ochentas, cuando sus cifras disminuyeron.
“Solía verlas lavando sus carros”, dice Johnny Durán, cuya mamá aún conserva la casa familiar en ese barrio. Ahora de 50 años, Durán recuerda haber ayudado a las monjas cuando era niño, impactado por la imagen de esas monjas en sus hábitos blancos “ahí afuera lavando los carros”.
Algunas veces le pagaban con 25 centavos. Otras veces lo hacía gratis.
Castillo recuerda a las hermanas, entre ellas a Padilla, organizando clases para después de la escuela, actividades y paseos a lugares como Sabino Canyon.
“No creo que exista una persona que haya crecido en este barrio y que no tenga esos recuerdos”, dice Castillo.
Renunciar a bailar
Antes de ingresar a la congregación, Calderón siempre pensó que ella se casaría.
Dos veces estuvo comprometida, pero las dos veces el compromiso se rompió por razones insignificantes. “Supongo que el Señor me estaba llamando a esta vida”, dice.
Pero le tomó algún tiempo llegar ahí. Viviendo en Klondyke y “lejos de todo, en el fin del mundo”, Calderón recuerda a un sacerdote que visitaba el pueblo cada mes para celebrar la misa, algunas veces utilizando el salón de baile y algunas veces visitando a su familia.
“Él todo el tiempo decía, ‘Esther, ¿por qué no te haces monja?’”, recuerda. “Yo nunca había sabido lo que era una monja”.
Siendo una mujer joven, empezó a trabajar como contadora en Safford. Seguido faltaba a misa, y su ex jefa en el seminario la reprendía fielmente por ello.
Y entonces empezó a ayudar a la gente.
“Empecé a ser voluntaria llevando comida y ropa a los pobres que trabajaban en los campos ahí en Safford”, dice. “Quería hacer labor social, conectarme con la gente”.
Las Hermanas de Blanco pasaron a formar parte de esa área. En 1962, a los 24 años, se incorporó a ellas.
“Mi familia y mis amigos decían, ‘¿cómo vas a dejar de bailar?’”, dice. “Ahí fue cuando realmente empecé a pensar que tenía que estar con gente que tuviera los mismos intereses que yo. …En ese tiempo mis amigos sólo querían divertirse, y yo quería algo más”.
Trabajar con los pobres
El afán misionero de las Hermanas de Blanco también capturó el corazón de Padilla.
Cuando era niña en Clifton, su familia no tenía carro y vivía a unos 5 km de la iglesia.
“Había una mujer que solía reunirnos y enseñarnos, y tuvimos nuestra pequeña iglesia propia en el barrio”, dice. “Rezábamos el rosario, y ella tenía una campanita, la tocaba y todos los niños venían. Ella tuvo mucho que ver con mi fe”.
Padilla dice que su fe realmente empezó a florecer durante una escuela religiosa de verano cuando hermanas de otras congregaciones empezaron a enseñarles la Biblia.
“Estaba fascinada escuchando sobre esto”, dice Padilla. “De hecho, tuve una experiencia religiosa, experimenté una conversación”.
Graduó de la preparatoria y en 1947, a los 18 años, se unió a la comunidad.
“Encontré que eso era exactamente lo que quería, realmente trabajar con los pobres y gente que estaba marginada”, dice Padilla. “Eso fue realmente lo que me hizo seguir”.
“Algo diferente”
Puesto que su trabajo las mantenía en movimiento –visitando pacientes terminales, ayudando en hospitales, animando a los trabajadores inmigrantes- ambas hermanas admitieron que los pantalones facilitaron su ministerio.
Calderón dice que dejaron de usar los hábitos por la misma razón que empezaron a hacerlo: para ser más aceptadas en la comunidad. Cuando Misioneras de la Eucaristía de Santo Domingo se fundó en 1927, las hermanas hacían labores inusuales para las monjas. Los hábitos les daban credibilidad.
En los años que siguieron al Segundo Concilio del Vaticano en los años sesentas, la ropa común tenía más sentido en una era en que se enfatizaba el fortalecimiento del laicismo.
“Ellos nos ubicaban, sin importar si lleváramos hábito o no”.
“Nada de maquillaje”, agrega Calderón, riéndose.
“Quizá eso sea cierto”, continúa Padilla, “pero la gente parece saber que hay algo distinto en nosotras”.
Más allá de mostrar compasión, las hermanas tienen la formación profesional para satisfacer las necesidades prácticas. Padilla tiene grado de licenciatura en trabajo social por la Universidad Estatal de Arizona y Calderón es enfermera registrada y con grado de asociada en enfermería por el Colegio Comunitario Pima. Trabaja en el programa para enfermos terminales de la Red de Salud Corondelet.
Desde la década de los setentas, Margo Cowan, defensora pública del Condado Pima, ha trabajado con Padilla hombro a hombro a través del activismo.
Desde asuntos migratorios hasta el duelo con las familias, “cualquiera que sea la situación, Corina está ahí para hacer sentir bien y ayudar a la persona que sufre a salir de ese sufrimiento y recuperar la esperanza”, dice Cowan, de 65 años de edad.
A inicios de los setentas, Padilla encabezó la primera oficina hispana de la Diócesis de Tucsón. Servir en inglés y en español ha traído mucha alegría a las dos hermanas.
Theresa Russell, de 54 años de edad, conoció a Calderón en una clase de justicia social y asiste a la Iglesia Católica de la Santísima Trinidad (Most Holy Trinity Catholic Church), ubicada en el 1300 N. Greasewood Rd., con las dos mujeres.
Dos veces a la semana, Calderón visita la prisión para ofrecer servicios bilingües y llevar la Santa Comunión a los internos. No hace mucho, Russell la acompañó.
“Cruzamos ese cerco y todo mundo la conoce”, dice Russell. “Los internos, todos le gritan ‘hola’, como que ella es su amiga”.
“Sin trabajo”
Su objetivo siempre ha sido estar sin trabajo.
“Eso nos ha salido muy bien”, bromea Padilla.
Con su casa matriz en Nueva Orleans, las misioneras de la Eucaristía se dispersaron tras el Huracán Katrina. Ahora, como parte de las Hermanas Dominicas de la Paz, la mayoría de las instalaciones de la congregación están en Kentucky, Ohio y Louisiana.
Nadie más está viniendo a Arizona.
“La dura realidad es que nuestra presencia desaparecerá de estos lugares”, dice Lythgoe, la vocera de las Hermanas Dominicas de la Paz. “Creo que esa ha sido nuestra misión todo el tiempo. El objetivo no es la estabilidad laboral de las hermanas. Es hacer lo que se necesita e irnos cuando otras personas están haciendo el trabajo”.
Puesto que el Segundo Concilio Vaticano permite a los laicos servir sin tener que ingresar a la vida consagrada, las cifras han caído en todas partes, dice Calderón. El número de hermanas en Estados Unidos alcanzó su punto máximo en 1965, con 181 mil 421 monjas. Las aproximadamente 50 mil que había en funciones el año pasado indican un descenso del 72.5 por ciento, de acuerdo con un reporte publicado por el Centro de Investigación Aplicada en el Apostolado de la Universidad de Georgetown en el otoño del 2014.
“En nuestra comunidad, ellos solían decirnos que debíamos ir a un lugar y trabajar sin hacer nosotras mismas todo el trabajo, para dejar que la gente haga sus cosas y que nosotras no tengamos que quedarnos por siempre”, dice Calderón. “Y eso fue lo que hicimos”.
Actualmente, las dos hermanas siguen involucradas. Calderón trabaja con prisioneros, mujeres y niños inmigrantes y pacientes terminales. Padilla está parcialmente retirada.
“Eso significa que no me pagan por lo que hago”, dice, riéndose. “Es trabajo voluntario. Es junto con lo que hace la hermana Esther”.
La vida sin el ministerio sería aburrida.
“Esto ha sido muy vivificante para mí”, dice Padilla. “Ya sea que lo haga en inglés o español, yo sé que estoy haciendo algo por la gente”.

