Por Perla Trevizo
La Estrella de Tucsón
NOGALES, SONORA.— Abren los sillones en busca de metal, queman las luces navideñas para sacar cobre y rescatan los juguetes de plástico viejos.
Trabajan rápido para evitar a las excavadoras que vierten la basura en camiones que van al relleno sanitario.
A duras penas, con en el fango hasta las rodillas, recogen todo lo que pueden: botellas, cajas, ropa. Lo más valioso es el cobre, el cual pueden vender por unos 4 dólares el kilo –casi 10 veces más que el papel.
Clasifican lo que recogieron y esperan a que el siguiente pickup o camión recogedor de basura del ayuntamiento entre por el polvoriento camino al basurero.
Si corren con suerte y tienen un buen día, o si alguno de los conductores les da algo de carne, encienden el fuego y la cocinan.
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Cuando no tienen nada que hacer, se sientan en muebles que han sido tirados o utilizan cajas viejas para protegerse del sol y la lluvia.
Los pepenadores pueden pasar toda su vida en el Tirabichi, como lo llaman los lugareños.
Algunos viven en casas que grupos de caridad o religiosos les ayudan a construir en la colina arriba del basurero. Algunos viven en pequeñas casas, prácticamente desamuebladas, hechas de cartón, madera y lona, materiales que hallan tirados mientras trabajan. Si no encuentran colchones, hacen camas con ropa vieja.
El Tirabichi está previsto a ser cerrado a finales de junio, a raíz de un incendio que ocurrió en marzo y donde un hombre murió. El ayuntamiento contratará a una empresa privada para el manejo de desechos y la mayoría de los camiones de basura irán a una nueva estación de transferencia y al relleno sanitario al otro lado de la ciudad.
Pero algunos camiones de la ciudad y carros privados siguen yendo ahí para descargar sus desechos. Y los pepenadores siguen haciendo sus pilas.
No ven otra opción.
Mucho de ellos llegaron aquí después de haber sido deportados, dejados en la frontera sin un peso en su bolsillo. Algunos son drogadictos con la esperanza de vender lo suficiente para comprar su siguiente dosis. Algunos son padres de familia hurgando para alimentar a sus hijos.
El Tirabichi es un refugio para los desesperados.
El Tirabichi se abrió en la década de los noventas en el barrio Pueblo Nuevo, a unos 8 km de la frontera.
Conforme la basura empieza a apilarse, también lo hacen las estructuras hechizas que los pepenadores llaman casa. En su apogeo, hubo unas 60 casas aquí. Ahora hay unas 10, algunas quemadas en el incendio reciente.
El basurero quedaba lejos de la ciudad, pero Nogales ha crecido tanto que ya está en medio de la ciudad. Un hospital abrirá próximamente a menos de 1 km, otra de las razones por las que el gobierno afirma que el Tirabichi tiene que desaparecer.
“La estación de transferencia no es oficialmente un relleno sanitario, pero se ha convertido en un vertedero abierto”, dice Claudia Gil, quien encabeza el instituto de investigación y planeación del ayuntamiento.
No es un sitio seguro ni para los pepenadores ni para la gente que vive cerca, dice.
Una forma de vida
La mayoría de los pepenadores trabajan largas jornadas, iniciando antes de las 6 a.m. Utilizan sus propias manos, beben de un gran recipiente con agua muchas veces sucia y de vez en cuando comen lo que pepenan.
Los niños corren alrededor con una tos implacable.
Pero a los pepenadores no les importa. Sin el Tirabichi se quedarán sin trabajo, y algunos sin casa. Muchos carecen de certificado de nacimiento o de cualquier otra forma de identificación. La mayoría sólo terminó la primaria.
Sus opciones de empleo son limitadas. Pero como en otras partes del mundo, han empezado a organizarse.
En lugar de cerrar el basurero, dicen, el gobierno debería darles equipo de protección y guantes, y hacerlo más seguro.
En Brasil, por ejemplo, la recolección de residuos es reconocida como profesión, y las organizaciones pueden ser contratadas para trabajar. En Colombia, el gobierno provee de infraestructura y equipo, mientras los pepenadores ponen la mano de obra.
Nogales podría tener un área designada en el relleno sanitario donde los pepenadores trabajaran directamente para el ayuntamiento y para la empresa de manejador residual, dice Gil, del ayuntamiento de Nogales. Quizá podrían reciclar directamente de la fuente.
Funcionarios locales están trabajando con unos 50 pepenadores para ayudarlos a formar una cooperativa o una microempresa, dice Gil. Pero hay mucha desconfianza hacia el gobierno.
“¡Queremos trabajar, queremos justicia!”, gritaban los pepenadores mientras marchaban por el centro de la ciudad el pasado 1 de mayo, Día del Trabajo, sosteniendo una manta y un ataúd que representaba al pepenador que murió en el incendio de marzo, tan sólo unos meses después de haber sido deportado de Phoenix.
Hugo Díaz, de 30 años de edad y originario de Chiapas, se levanta de una siesta vespertina por el alboroto. Un camión está llegando, y un grupo en su mayoría de hombres jóvenes lo llevan al basurero mientras otros corren a alcanzarlo.
Se trepan a la parte trasera del camión aún en movimiento y empiezan a sacar papel y botellas de plástico antes de que se detenga.
Después de que Díaz saca botellas y cartón del camión, usa su viejo edredón color rosa para llevar lo que encontró a su pila.
Hay reglas no escritas en el Tirabichi.
Regla No. 1: Lo que tú agarras del camión es tuyo.
Regla No. 2: Cuando un camión recolector de basura retrocede y arroja cientos de kilos de basura, todos se reúnen alrededor antes de abrir las bolsas de plásticos para ver qué es rescatable.
Pero las reglas no siempre se respetan. Los pepenadores no pueden dejar nada descuidado, principalmente de noche.
Díaz, quien llegó hace más o menos un año, perdió su casa en el incendio de marzo y ahora duerme junto a su pila de cosas, donde tiene un colchón y una silla que alguien desechó.
Por ahí cerca, en un viejo sofá bajo uno de los pocos árboles que hay en el basurero, está Martín Lizárraga, de 47 años de edad, quien en un tiempo pasó tres meses trabajando en los campos de cebolla en Chandler.
“Allá la gente separa todo, no como aquí”, le dijo a Díaz.
El basurero de Nogales debería ser más como los de Estados Unidos, dice.
Lizárraga ha seguido el basurero de Nogales de una ubicación a otra por más de 30 años. Pero está cansado de estar siempre sucio y de los perros muertos que de vez en cuando encuentran entre la basura.
La mayoría de los pepenadores del Tirabichi no es de Nogales, vienen de Sinaloa o del sur de México. Algunos iban a Estados Unidos, pero no lo lograron. Otros fueron deportados.
Perpetuo Corredor camina con un par de binoculares rotos colgando de su cuello y con su perro, Canela, atado a una soga. Los binoculares, dice, le ayudan a ver del otro lado de la frontera y a pensar en la hija que no ha visto desde que fue deportado hace ocho años, después de una condena en prisión por vender cocaína.
Óscar Gálvez trabajó en los campos de Kern County, California, por casi una década cuando fue arrestado en una redada en su trabajo y deportado.
Se sienta cerca del fuego, donde su amigo Juan Carlos Ramos fríe chicharrón de puerco y alitas de pollo que un conductor de camión les dio.
Todos toman turnos para cocinar, pero todos coinciden en que Ramos es el mejor.
La cena de este día se sirvió después de que se metió el sol, pero no siempre es así. Comen cuando pueden.
Mina de oro
Para los que trabajan duro, el Tirabichi puede ser una mina de oro.
Heidi Figueroa llegó a Nogales a sus 15 años, cuando desertó de la escuela por estar embarazada. Al principio vivió con su hermano, pero no funcionó. Hasta hace unos tres años trabajó en maquiladoras, y entonces escuchó que se podía ganar muy buen dinero como pepenadora.
Ella y su ex pareja, quien vive en el basurero, empezaron a vender materiales a pequeñas empresas de reciclaje. Las empresas iban ahí a diario a comprarles el cartón a 5 centavos de dólar por kilo, o 10 centavos por las botellas de plástico, las cuales revendían a fábricas más grandes.
Figueroa, ahora de 31 años, ahorró el dinero suficiente para comprar balanzas y ahora ella les compra el material a los pepenadores.
En sus mejores días, podía ganarse 200 dólares por semana. El salario mínimo en México es de menos de 5 dólares diarios.
Ella maneja su negocio ahora, y aunque gana menos de la mitad de lo que solía ganar, le alcanza para alimentar a sus siete hijos. Recientemente fue nombrada como una de los tres líderes que representan a los pepenadores en las negociaciones con el ayuntamiento.
Figueroa vive en una casa de dos cuartos, hecha de madera y bloques de cemento, con piso de tierra, que un grupo de una iglesia de Estados Unidos construyó para ella y sus hijos. Está a unos cuantos minutos del basurero, en un terreno por el que está pagando.
Y tiene planes.
“Quiero tener tres recámaras –una para las niñas, una para los niños y otra para mí; una cocina, sala y baño adentro”, dice. “No voy a vivir así toda la vida”.
Tampoco sus hijos.
Luis Figueroa es un niño callado, de complexión delgada, que quiere ser abogado cuando crezca.
Pero algunos días, prefiere estar en el Tirabichi que en la escuela.
Cuando no está ayudando a su mamá a seleccionar de los desperdicios, espera a que lleguen los carros a descargar basura y les ayuda a cambio de una propina.
Su mamá quiere que él sea alguien. Para eso, dice, tiene que ir a la escuela.
Un carro llega en la tarde y una mujer y su hija lo llaman. Llevan juguetes nuevos y zapatos para los niños.
Luis agarra unas pantunflas negras para su hermanito Domingo. Si no le quedan, quizá las pueda usar su hermana Daniela.
Cuando no están hurgando, los niños juegan con los estragados perros, patean balones de futbol ponchados o hacen pastelitos de tierra con las tapaderas de las botellas.
Pero no todos los juguetes pueden usarse. Dentro de la casa de los Figueroa, cuelgan de la pared un juego de doctor, una Barbie y una muñeca –aún en sus paquetes. Son regalos de visitantes de Estados Unidos, muy valiosos como para jugar con ellos.
El cierre del Tirabichi
El Tirabichi está llegando a su fin.
Incluso Petra López, quien ha sido la que más tiempo ha vivido en el basurero, se fue después del incendio de marzo.
Doña Petra, de 73 años, pepenó por más de cinco décadas. Dondequiera que se reubicara el basurero, ella lo seguía y construía un cuarto para ella y su familia.
Es la única forma de vida que conoció desde que llegó de Agua Prieta siendo adolescente.
Sus siete hijos –e incluso algunos de sus nietos- fueron criados en esos basureros.
“Cuando ellos nacieron, les hacía una cama con pequeñas cajas de cartón y un vecino los cuidaba mientras yo trabajaba”, recuerda.
Pero las décadas estando expuesta a los gases de metano de la basura en descomposición le hicieron daño. Estuvo en coma por ocho días, dice, y los médicos le dijeron que no regresara.
Aun así, se reusaba a dejar el Tirabichi, su casa por 20 años.
La suya fue una de las primeras casas que se construyó ahí. Tenía varios cuartos y un patio. Ella estaba a cargo, los demás la buscaban para orientación.
Ahora vive cerca, en una pequeña casa de renta que un grupo evangélico del barrio le ayudó a encontrar. La iglesia le va a pagar los dos primeros meses de renta.
Pero ella extraña la vida que dejó atrás.
“Ahí, todo el tiempo estaba afuera, hablando con todo el mundo”, dice. “Lo que más extraño son las amistades”.
Son las 8 p.m. y mientras Doña Petra se sienta en su casa, algunos de sus ex vecinos hacen la cena mientras otros siguen trabajando. Una tenue luz del farol de la calle y una luna casi llena hacen que sus sombras dancen entre los montones de basura. El sonido de los metales llena el aire.
En el basurero, uno no quiere quedarse dormido. Podría perderse el siguiente camión.

