"Lo que se ve no se juzga", es un refrán muy común en México cuando se quiere decir que las cosas hablan por sí mismas, que no hace falta mucho análisis cuando la verdad es evidente.
Expresiones similares vienen totalmente al caso cuando se discute hoy por hoy la contribución de la Revolución de 1910 al nivel de vida de los mexicanos.
En independencia de su riqueza histórica en lo político y en lo social, la Revolución Mexicana nunca logro a cabalidad su principal objetivo: una sociedad igualitaria en donde las oportunidades fueran más o menos parejas para todos. Que conste que no hablamos ya de garantías en, por ejemplo, educación de calidad, salud o empleo para los mexicanos, tan sólo hablamos de oportunidades.
El ser "banquete" para académicos e investigadores, tanto por su fascinante complejidad como por la enormidad de sus personalidades principales, no otorga a la gesta armada de inicios del siglo pasado el sello de aprobación de quien debiera tener la última palabra: el pueblo de México.
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Los principios auténticamente liberales de la constitución de 1857 fueron desechados por la de 1917 y esto, aunque hasta hace unos cuanto lustros era tema tabú en México, es ya ahora reconocido por muchos como un lastre que ha frenado el desarrollo económico del País al obstaculizar a más no poder la inversión productiva nacional y extranjera, la cual es, pésele a quien le pese, el único y verdadero motor de crecimiento y desarrollo de las naciones.
El fracaso de "los bienes del pueblo" como beneficio para los mexicanos "de a pie" es más que evidente con el petróleo y la energía eléctrica como ejemplos mayores. Por otro lado (¡Oh contradicción!) existen enormes monopolios privados exprimiendo a la gente por obra y gracia de los "políticos revolucionarios", ahí está Tel-Mex sin ir muy lejos.
En lo político la cosa obviamente no tendría por qué ser distinta, la "dictadura perfecta" en palabras de Mario Vargas Llosa, se baso en el partido de estado para hacer y deshacer. Pero, ojo, no nos sigamos "yendo con la finta".
El problema, aunque así lo parecía, no era el PRI, sino el régimen. Figura está más amplia que ha demostrado su eficiencia para que, a pesar de los cambios de colores y membretes, el botín político (y por ende económico) continúe en manos de una infame partidocracia que desprecia al ciudadano y al individuo a más no poder, y sigue usándolo sólo como estribo para acceder a fines poco nobles.
Lo peor es que ni la misma constitución del 17 ha sido respetada por un régimen que no sólo la ha interpretado y reinterpretado como le ha venido en gana, sino que además la ha formalmente reformado para servir a sus muy coyunturales propósitos en docenas de ocasiones.
La revolución condenó y extinguió a un régimen represor y poco equitativo para dar origen a otro diferente en muchas cosas, pero muy similar en lo fundamental. A la sombra de la revolución se amasaron y se continúan amasando grandes fortunas. Desde aquellas iniciadas por algunos de sus caudillos hasta las formadas por aquellos "empresarios" cuyo principal talento es su cercanía al gobierno (Carlos Slim o Emilio Azcárraga sólo por citar escandalosos ejemplos), desde aquellas erigidas por legendarios lideres sindicalistas ("La Quina" Hernández, Chava Barragán, Elba Esther Gordillo, etc.) hasta las de los mismos políticos afamados por su corrupción. Ya bien lo decía "El Profe" Hank González: "político pobre es un pobre político".
El régimen es generoso con quien sabe esperar su oportunidad, hay que reconocerlo. Sólo que esa oportunidad es para los que tienen suficiente "estomago y disciplina", no para los que se matan trabajando toda una vida para tan sólo subsistir. ¡Viva la Revolución!
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