Recién se cumplieron dos décadas del asesinato en México de Luis Donaldo Colosio, candidato presidencial del PRI en 1994. Lo sucedido entonces es algo para lamentar hasta el día de hoy.
En primer lugar, la violencia nunca es el camino, y cuando algo así sucede no sólo se elimina al político y al líder sino también al padre, al esposo y al hijo. No necesitamos elaborar mucho para establecer este punto. Además, este crimen, particularmente, contribuyó en gran medida, entre otros eventos políticos de ese fatídico año, a empujar a México a una de sus más devastadoras crisis económicas, sólo comparable con las ocurridas en 1976 y en 1982.
Habiendo dicho lo anterior, sin embargo, qué absurdo resulta el mito que algunos sectores políticos, periodísticos e incluso no pocos ciudadanos han comenzado a promover en el sentido de que la pérdida de Colosio “cambió la historia de México”, que Colosio era el hombre que acabaría de una vez por todas con los vicios del hipercorrupto régimen mexicano. ¡Por favor!
People are also reading…
La realidad es que Colosio fue un producto tan típico del régimen como el que más. Un prototipo del “iluminado”, del “elegido” por el dedo imperial del Presidente de la República, en este caso Carlos Salinas de Gortari. Lo más curioso de todo es que el mismo Salinas, padre político de Colosio, continúa siendo el villano favorito de media nación mexicana. He ahí el pequeño gran detalle.
Ciertamente, la corrupción fue desmedida en la administración salinista, en la cual Colosio fue figura prominente como Secretario de Desarrollo Social y anteriormente como Presidente del PRI, posición que en términos prácticos había sido siempre equivalente a un puesto del gabinete en México.
Sin embargo, mal se ha hecho en negarle a Salinas su papel histórico como el último gran reformador de la economía mexicana, nos guste o no.
Salinas no fue el diablo, fue sencillamente un líder visionario y un gran ladrón simultáneamente. Nuestro maniqueísmo no nos permite ver las cosas así.
Lo raro de todo esto es que si bien Salinas ha sido ya duramente juzgado a nivel popular en México, su delfín -al menos en principio-, Colosio, es hoy día visto por muchos como si en realidad hubieran sido sus logros políticos y administrativos los que lo ubicaron a un paso de la Presidencia. En realidad esto fue obra de una de las prácticas más deleznables del régimen priísta del que fue fulgurante estrella, “el dedazo”.
En todo caso, Colosio pudo haber sido un presidente de regular a bueno, en primer lugar porque difícilmente hubiera cambiado las políticas de apertura económica en las que el PRI y el PAN, principales partidos en ese momento en México, estaban ya embarcados.
Algunos -por razones ideológicas- quieren creer que Colosio daría reversa a todo eso, pero la realidad no iba a ser así.
Si además de ello Colosio hubiese reducido aunque sea un poco la flagrante corrupción y tráfico de influencias de la administración salinista, podríamos habernos dado por bien servidos, pero aun esto iba a ser muy difícil para él, precisamente por la misma deuda personalísima que tenía con el “sistema”.
No nos engañemos nosotros mismos con lo del “discurso del 6 de marzo”. Esa pieza de oratoria, basada por cierto en el “I have a Dream…”, de Martin Luther King, no significa gran cosa en el mundo de los políticos.
No podemos hacernos tontos, Colosio no iba a “revertir” nada en realidad.
Es importante seguir condenando su artero asesinato y entender que pagó un precio demasiado alto por todo lo que el régimen priísta le había dado, que no fue poco. Pero de ahí a hablar de que con los disparos que acabaron con su vida acabaron también las esperanzas de un México más justo y con menos latrocinios por parte de sus gobernantes, hay una gran distancia.
Colosio no hubiera logrado esto ni queriendo. Yo no creo, tan siquiera, que en realidad lo haya querido.

