MÉXICO, DF.- Besaba a sus compañeras del Colegio Torreón, a las hermanas de sus amigos y a sus vecinas. ¡Y todas se dejaban!
Pablo Montero era un líder natural. Alto, guapo. Todas las chicas le hablaban. Ni les pedía permiso, las abrazaba y las besaba. Y ellas, encantadas, dice el director del colegio, José Luis Milán.
Mientras las chicas la pasaban bien con Óscar Daniel Hernández, su nombre verdadero, los novios de ellas, molestos, buscaban la manera de quitarle lo querendón al enamoradizo joven.
Un día, un alumno despechado ingresó al plantel con un revólver. Quería "despacharse" a quien le había bajado a la novia.
"Buscaba a Óscar por un asunto de faldas", cuenta el profesor, "pero no pasó nada porque un prefecto se dio cuenta de que el chico iba armado y a tiempo evitó una tragedia".
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Tras ese hecho ocurrido en 1982, la directiva del Colegio Torreón contrató un servicio de seguridad privada, que mantienen hasta la fecha. Pero ni con la presencia de policías, Óscar dejó atrás los romances.
"Había una maestra muy guapa que vino de Ciudad Juárez y Óscar le gustó. Él estaba chiquillo para ella, le llevaba 10 años, pero se dio cuenta de que la maestra quería con él, y lo aprovechó. Llegaba, la besaba y ella quedaba fascinada", recuerda Milán.
Con alma de trovador
Óscar no sólo era el más noviero de su escuela, también tenía la fama de ser el primero en apuntarse en las actividades extraescolares como festivales, obras de teatro o conciertos.
La música, en especial, era lo suyo. No había rincón de la escuela donde alguien no lo escuchara cantar los temas de su ídolo Javier Solís.
Su papá, el empresario Javier Hernández Machado, los interpretaba también en casa, en fiestas familiares y parrandas de cantina.
Óscar, cuando lo veía, se estremecía, pero no se conformaría con imitar a quien le enseñó a nadar, a cabalgar y a un sinnúmero de suertes charras. Aquel que le enseñó, con el ejemplo, el amor por el trabajo, la familia y la tierra.
Incluso, recuerda su hermano Oliver, tres años menor que Óscar, las clases de música eran el "tiempo de fuga" de aquel chico.
Ni 9 años tenía cuando había llegado a la conclusión de que quería ser cantante.
"Siempre nos decía: 'quiero cantar y ser famoso'", asegura Oliver.
En ese entonces, reconoce Óscar, jamás pensó que su camino al estrellato, con el nombre de Pablo Montero, sería una prolongada pendiente.
En los 15 años que lleva caminándola, se ha fortalecido. Además, sin tener mucha experiencia como actor, recibió la oportunidad de estelarizar la exitosa telenovela "Fuego en la Sangre".
También ha tenido que hacer escalas para tomar aire y retomar las energías que le han quitado algunas crisis personales, y que lo han puesto al borde del abismo.
La más reciente la ha enfrentado desde hace 10 meses a la justicia estadounidense por el consumo de drogas y alcohol.
En su proceso de rehabilitación, Óscar resultó positivo en su primer antidoping, pero logró salir negativo en el siguiente.
Y aunque el juez de la corte de Miami le recomendó hace unos días, tras dar negativo de drogas en su tercera prueba, que tenga cuidado con "los amigos" para no recaer, le anunció que si no reincide puede ser dado de alta en agosto próximo.
Este episodio, admite Óscar, ha sido el estallido de una serie de conflictos originados en su afán de ser cantante.
Inicia en Trébol
El encanto que Óscar tenía con las mujeres también funcionó con su mamá, Mercedes Rodríguez, pues el pequeño supo hacerla su cómplice en la que fue su primera aventura musical: El grupo Trébol.
Doña Mercedes, emocionada de la convicción de su hijo por ser artista, lo apoyó como mánager y directora creativa de la novel banda.
Pese a la inconformidad de sus primos Fernando y Jaime, y de sus amigos Raúl y Martín, quienes también creían tener facultades vocales, en 1983 nació el quinteto con Óscar como vocalista.
"Yo voy a ser el cantante principal porque a mí me gusta", les dijo Óscar a sus compañeros.
Inspirados en los trajes vistosos de la banda Timbiriche, los chicos explicaron a doña Mercedes cómo querían lucir en escena para su primer concierto.
Se trataba de un concurso de 170 bandas en el Auditorio de Torreón, a celebrarse en no más de cuatro semanas. El ganador tendría la oportunidad tan anhelada por Óscar de grabar un disco.
Como su esposo tenía tiendas de telas, doña Mercedes tomó de ella algunas blancas, de vinil y bordadas con lentejuela, para confeccionarles coloridos atuendos.
Óscar vocalizaba a todas horas: en el baño, la ducha, su cuarto, la sala, la escuela... quería grabar el disco a toda costa.
El gran día llegó y el Auditorio de Torreón estaba abarrotado desde antes de que pasara al escenario la primera banda. Trébol era de los últimos de la lista.
Ante el nerviosismo de doña Mercedes, su hijo proyectaba una inusual tranquilidad y la misma confianza de siempre.
Cuando llegó su turno, el grupo, para su sorpresa, despertó a la cansada audiencia, que llevaba más de 10 horas viendo jovencitos.
De entrada, gustó su aspecto. Las chicas les gritaban piropos. Hubo muchos aplausos, mucha emoción, pero no se consiguió el objetivo, pues quedó en tercer lugar.
Sin embargo, el quinteto no tenía ninguna duda de que le había gustado al público.
"Participamos en otro concierto en Torreón, y tuvieron que venir los bomberos porque las niñas se habían alocado y los querían besar. Me dejaron a Óscar en calzones", cuenta entre risas doña Mercedes.
En busca del sueño
Don Javier, el papá de Óscar, concentraba sus energías en el manejo de sus cuatro tiendas de telas, dos en Torreón, una en León y otra en Irapuato, pero ante el crecimiento de Trébol se sintió con la responsabilidad de ayudarle a buscar una gran oportunidad.
En 1985 viajó al Distrito Federal acompañado de los chicos con la esperanza de conseguirles una audición con Raúl Velasco, y si le gustaban, debutar en Siempre en Domingo.
Lidiar, en una ciudad que no conocía, con cinco adolescentes deseosos de triunfo fue difícil para el papá de Óscar. Los gastos de alimentación y hospedaje para seis personas comenzaron a hacerse pesados después de una semana.
En Televisa le habían dicho primero que lo llamarían pronto, pero a la tercera semana ya sólo le daban largas.
"Mi esposo no aguantó. Ya les iban a dar la cita, pero él decidió regresar al mes y no obtuvieron nada", dice doña Mercedes.
El viaje del DF a Torreón fue muy duro para todos, pero más para Óscar, quien al llegar a su casa aceptó, sin resignación, que la vida del grupo Trébol se acababa.

